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LA PARADA DEL ARBOL SIN SOMBRA (Rescatado)![]() Fuego, tierra y universos de madera dentro de mí… -¡Vete al infierno y no me esperes, permaneceré un poco más en todo lo que soy y en todo lo que nos separa. Es demasiado tarde, ya quemamos todas nuestras naves. El árbol sin sombra nos espera a todos en algún sitio, entre el rumor de la felicidad y el constante llanto del dolor. Sus raíces son como el manantial de nuestra existencia: nos retiene y es leche; nos aísla y es vino; nos sustenta y es sangre. Y mientras, paso mi vida besando instantes, transformando circunstancias, tentando destinos. Ya en el autobús, beso con inusitada ternura a dos jóvenes que no conozco. Su respiración, cercana, acaricia mi pecho en un escalofrío turbio y extraño. Acaricio sus mejillas suaves y me empapo de su fragancia, aroma aterciopelado y femenino que, gratamente, me acompaña hasta uno de los asientos traseros. El suspiro con el que me dejo caer, al estrellarse contra el cristal de la ventana, se trasforma en un vaho grisáceo, en un mar de esmeraldas y de vaporosos guiños. -!Qué dulce eres!, exclama la muchacha más rubia, a la vez que se sienta junto con su amiga muy cerca de mi. -!Odio ser dulce!, odio ser más para los demás que para mí mismo, la replico. Odio ser lo que soy más veces de las que puedo sentirme ser yo mismo, porque los días mientras tanto, vienen y se van vacíos… Y la amiga, me mira y añade: -¿Sabes?, no te marcharás sin darnos otro beso. El autobús va haciendo paradas de vez en cuando, al tun tun, sin ningun orden ni sentido. Quisiera saber a donde nos conduce este maldito autobús, preguntarles a ellas, pero mi mirada errante lleva ya demasiados minutos en otro mundo, así que permanezco abstraído, dejándome llevar únicamente por ese manantial de luces y sombras al otro lado de la ventanilla... En el escaparate de mi vida, echo de menos los consejos que fueron faros de luz perfecta en mi oscuridad infantil. Echo de menos la camaradería de aquellas amistades puras e inmaduras, amistades unidas por el quebrar sordo e intemporal de los días de colegio. Y finalmente dirijo mi mirada a ellas de nuevo, que siguen allí, calladas, a mi lado, y las digo: -Vosotras dos no os marchareis sin antes escuchar el cuento de “El herrero enamorado”: “Érase una vez, un herrero muy trabajador que vivía en un pueblo precioso lleno de gente feliz. Trabajaba durante todo el día y también durante parte de la noche. Su misión era la de fabricar armas suficientes como para poder defenderse del otro pueblo vecino, también precioso y lleno de gente feliz. Las dos jóvenes escuchan con atención como con mis palabras voy dando forma y vida al cuento. Mientras, con cada parada, la gente va abandonando paulatinamente el autobús. Se bajan a puñados para tumbarse delante de las ruedas y esperar de esa forma su muerte. Arrancamos de nuevo para atropellarles y continuar con nuestro disparatado viaje. “Pero un ángel apoyó la cabeza en el yunque del herrero y todos sus destinos se desvanecieron en los límites de un horizonte embriagador y desconocido; lejos de su ámbito humano, imperfecto y limitado. Una tarde un campesino llego a la tierra de los lagos, arrastrado por motivos no demasiados concretos y por el viento racheado del Otoño. Finalizo mi cuento a la vez que el conductor nos hace una señal. Ya solo quedamos nosotros y ésta es sin duda la última parada. Nos bajamos, y para cumplir con lo acordado, las beso con ternura. Iván Sáinz-Pardo 04/07/2006 00:18 Comentarios » Ir a formulario
qué bonito volver a pasar por aqui y ver que todo va funcionando correctamente.
Fecha: 04/07/2006 18:55. |
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