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NAUFRAGIO

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Odiabas cuando cortaba los trozos de tomate demasiado grandes. Podría ser un agujerito insignificante en la proa o un agujero negro dispuesto a engullirlo todo en un bulímico Apocalipsis. Vomitar después contra las nubes, llorarle al agujero de ozono, chapotear las olas, escuchar la sinfonía de las gaviotas esperando nuestro final.

Yo siempre estuve dispuesto a asesinar mis mejores planes, a menospreciar las referencias, a flirtear con la improvisación, a no seguir pautas ni reglas. Siempre estuve dispuesto a destruir mis ciudades deshabitadas, a construir sueños de neón en el desierto y a veranear los largos inviernos sin pasar a recoger de facturación mis maletas. 

Tú amabas los detalles que a mi se me escapaban, porque pocas veces motivaban mi inteligencia emocional, eran colores para la cubierta, cubertería para el restaurante en el que la comida se nos pudría sin servir. Y a mi me estallaba la cabeza entre sueños rotos e ilusiones desangrándose en nuestras bodegas. 
Achicábamos agua salada apenas ya sin mirarnos el uno al otro. 
Algunos aún tenían Paris, nosotros aún teníamos Berlín. Solo habíamos compartido un par de frías noches y una de aquellas palmaditas al ego que a mi siempre me importaron una mierda, pero Berlín era nuestro faro, nuestra isla donde empezar de cero. 

Odiabas verme fumar tanta hierba, confundido y solo, porque sabías que colocado pensaba demasiado, viajando sin ti como polizón de todas mis profecías. Los colores iban desapareciendo, nuestras voces iban perdiendo su eco y nuestro reinado seguía degradándose sin remedio.

El sol abrasaba la piel, la sed nos estrujaba el estómago, nuestras piernas pesaban toneladas de contrabando en controles fronterizos que siempre aparecían de la nada. Dejamos de creer, dejamos de buscar las estrellas, tú agarrada a la vida, yo preocupado por quemar todos los puentes.

El barco se hundía desgarrado por un iceberg que nunca quisimos ver hasta que estuvo demasiado cerca. No podía más, pero seguía insensatamente enamorado de tu risa, me agarraba a ella como a una tabla en un naufragio.

Justo antes del colapso, juntos en el vacío, nos miramos con lágrimas en los ojos. ¿Qué estamos haciendo? Es hora de salir corriendo, de decirnos adiós y salvarnos cada uno por su lado o seguir esperando para hundirnos los dos juntos. 

Me dejarías marchar, con ello salvaríamos nuestras vidas. Yo mientras cortaba para nosotros los pedazos de tomate demasiado grandes, como icebergs gigantes para cada una de nuestras tormentas, sin saber aún que, el tiempo perfecto para nosotros, nunca llegaría.

Iván Sáinz-Pardo "En la avioneta sobró un sitio" ©2014

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