Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes al tema DIEUWKE.

DIEUWKE (VI Final)

dieuwke.jpgLlegó la noche, y como las anteriores, se presentó calurosa y llena de magia. El cielo estaba abierto y repleto de estrellas. Encendimos el fuego y al poco rato ya estábamos todos cenando en la playa. Teníamos un aparato de música y también, como suele ser habitual, alguien se arrancó a tocar y a cantar algo con una guitarra. Sentados alrededor del fuego, bebimos limonada, hicimos muchas fotos, jugamos a algunos juegos bastante estúpidos y nos reímos chapurreando sobre un montón de tonterías. El valenciano, una vez más, se arrancó a contar sus chistes en inglés, y Dieuwke y yo, decidimos entonces irnos a dar un paseo por la orilla.
Nos sentamos y rodeé a Dieuwke por los hombros. La luna se mostraba inmensa, como una gran panza preñada, tiñendo con su palidez la costa de una tonalidad lechosa y azulada. Permanecimos allí sentados, acompañados por el rumor de las olas, besándonos, susurrándonos cosas al oído. Después nos quedamos allí callados y los minutos volvieron a transcurrir con un grado de inquietante y extraña irrealidad. Un rato más tarde, Dieuwke me contó que estaba algo destemplada y que tenía el estomago un poco revuelto. La ofrecí mi jersey y decidimos volver con el grupo.

-Jack se ha puesto malo, y Janet y los demás tampoco se encontraban demasiado bien. Así que han vuelto todos al cámping. Estos holandeses no tienen sentido del humor.
Nos informó el valenciano con una de esas sonrisas idiotas que provocan la sangría.
Dieuwke tenía frío y se sentía mareada. Recogimos todo, apagamos el fuego y marchamos hacia el cámping. Pero fue justo antes de abandonar la playa, cuando se soltó de mi brazo para salir corriendo en dirección opuesta. Recorrió a penas diez metros, tambaleante, y comenzó a vomitar. Las piernas le temblequearon y cayó de rodillas a la arena. Corrí hacia ella y la incorporé.

-No es nada, tranquila, no es nada...

-No, déjame sola... estoy bien... oh Dios mío tu jersey.

La ayudé a terminar de vomitar y la apoyé en mi hombro.

Al día siguiente, fui a visitarla y descubrí a todos los holandeses, padres e hijos, tirados sobre hamacas o colchones. Los más valientes, permanecían sentados en una silla. Encontré a Dieuwke tumbada sobre un colchón, a la sombra. Se sentía bastante mejor, pero algo avergonzada por haber vomitado en mi jersey. Yo le resté importancia y me senté a su lado. Sonreimos, miramos a los lados y a escondidas nos besamos fugazmente. Su madre apareció como por inercia en ese preciso momento, me saludó y me ofreció algo de beber.

-Hola Iván, somos todo uno poco intoxicados. ¿Beber?

Los días siguientes permanecí al lado de Dieuwke y de su familia. Memoricé alguna palabra suelta en holandés y aprendí a hacer tortitas. Dieuwke aprendió a comer pipas y a chapurrear el español a una velocidad asombrosa. Me contó sobre sus amigos, algunas cosas sobre Holanda. Compartimos nuestras cintas de música y especulamos sobre lo que nos gustaría hacer de mayores. Se recuperó y pronto volvimos a visitar la piscina, después la playa y volvimos incluso a visitar el puertecito de San Vicente de la Barquera. Los días y las noches se atropellaron como una traición y casi sin esperarlo nos alcanzó la ultima noche.

Después de estar un rato con los demás en la plaza del camping, nos volvimos a escapar del grupo y caminamos hasta la playa. En silencio, volvimos a atravesar de la mano aquella carretera rodeada de árboles donde nos besamos por primera vez. Llegamos a la playa. La noche era oscura, no había rastro de la luna y casi no nos veíamos. Únicamente se advertían algunas hogueras en otros puntos de la playa.
Nos sentamos y nos besamos, nos desnudamos en silencio y nos acariciamos en la oscuridad, en secreto, sobre a arena. Aquellos besos sabían dulces, a bienvenida. Aquellos besos sabían salados, a despedida. Y la distancia mesurada del encuentro, de todos aquellos días, se perdían irremediablemente en un nervioso tiritar, evaporándose con el sudor, con la saliva, con las lagrimas, con la llegada de la luz, abandonando nuestros cuerpos para siempre.

La luz era la de dos faros que nos sorprendieron. Aquel camión que cada noche limpiaba y alisaba la arena se nos echaba encima. Corrimos desnudos, riendo, gritando, con la ropa de la mano, hacia el mar, y ya con el agua por las rodillas, nos abrazamos muertos de la risa. Y nos miramos a los ojos, y de alguna forma, aquellas risas se fueron extinguiendo hasta quedar de nuevo en silencio. Dieuwke respiró hondo:

-Te quiero.
Dijo ella en español.

-Ik hou van jou.
Dije yo en holandés.

A la mañana siguiente, serios y muy tristes, esperábamos mi marcha sentamos en la plaza del camping. Recuerdo aquel tremendo nudo en la garganta.

-Nos escribiremos.

-Sí, nos escribiremos.

-Te llamaré por teléfono.

-Sí, yo también a ti.

-Quizá en Navidades...

-O el próximo verano...

-Sí, el próximo verano seguro que...

El claxon del coche de mi padre me hirió como una sentencia de muerte y traté de concentrarme en contener a toda costa las lágrimas.
Los holandeses se quedarían todavía dos días más en el cámping, y después, pasarían una semana en Francia antes de volver definitivamente a su casa. Mi madre y mis hermanas también se quedaban algunos días más en el cámping. Yo, sin embargo, tenía un examen de matemáticas por recuperar, y mi padre, tenía que volver al trabajo, así que mis padres habían decidido que los dos nos marcharíamos juntos ese mismo día.
Me despedí de todo el mundo y, delante de las miradas de nuestras familias, terriblemente afectado, besé a Dieuwke fugazmente y en la mejilla. Aún no me podía creer que aquello estaba ocurriendo realmente. En varios minutos, posiblemente Dieuwke y aquel camping desaparecerían para siempre.
Ya en el coche, todos nos decían adiós con la mano.

-¿Te has despedido bien de Dieuwke?
Preguntó mi padre.

-Sí.
Contesté yo.
Pero mi padre, observando desde el coche el entristecido rostro de Dieuwke, añadió:

-Anda, mira como te esta mirando. ¡Sal y dale un beso!

Yo ya no podía más, aquel nudo en la garganta se hinchaba como un globo y me aplastaba el pecho.

-¡Ya le he dado un beso! ¡Venga por favor, arranca de una vez!
Contesté en un grito.

Mi padre arrancó el motor del coche pero entonces, vimos como Dieuwke echó a correr hacia nosotros. Mi padre detuvo el coche y ella, introduciendo su cabeza por la ventanilla, me besó tiernamente en los labios, envuelta en lágrimas. Entonces regresó corriendo y mi padre continuó la marcha. Yo me quedé paralizado, como si con aquel beso me hubieran petrificado para siempre. Todos continuaron diciéndonos adiós con la mano hasta que abandonamos la entrada al camping.
Recuerdo que transcurrieron bastantes minutos de completo silencio en el coche de mi padre en los que, por unos momentos, pensé que realmente me iba a terminar ahogando con aquel nudo en la garganta. Mientras, mi padre conducía muy callado y de vez en cuando me miraba de reojo.

-Será mejor que llores un poco si no quieres morir asfixiado.

Dijo mi padre, rompiendo el silencio y sin dejar de mirar a la carretera. Y así, casi cuarenta kilómetros después, yo miré hacia atrás por primera vez. Aquel verano había terminado.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00
23/06/2005 03:48. Enlazarme. DIEUWKE Hay 3 comentarios.

DIEUWKE (V)

Un-beso.jpgLas holandesas y yo teníamos algo más en común, o mejor dicho, algo menos, la piel de la nariz y la de los hombros.
Recuerdo que aquél fue el verano de la Lambada, del calor y de las vacas muertas por la sequía. Saturados de sol y playa, algunas tardes decidíamos quedarnos en el camping. Se formaban grupos muy variopintos para jugar al bádminton en la plaza, para jugar a la pelota en la piscina o al baloncesto en aquella pequeña cancha. Nos juntábamos al final casi siempre con otros chicos más mayores que se sentían aún más mayores de lo que eran. Con padres que se sentían mucho más jovenes de lo que también en realidad eran y con muchos otros niños españoles, franceses, alemanes, holandeses y hasta un inglés pelirrojo con un aparato enorme en la boca y cara de colibrí.
Recuerdo que, casualmente, una de esas tardes de baloncesto coincidí con Israel, a quien realmente conocí al año siguiente, y quien actualmente es uno de mis mejores amigos y curiosamente un magnifico entrenador de baloncesto.
Recuerdo que aquel partido fue un desastre, pero a nadie parecía importarle lo más mínimo. Dieuwke me sonreía y me cubría siempre muy de cerca. No dejábamos de buscarnos, con la mirada, con las manos, mientras yo me sentía el hombre más feliz del mundo. El partido no importaba, yo me olvidaba a cada momento del equipo en el que jugaba, del otro equipo y también de la pelota.
Y las noches eran estupendas y nunca nadie parecía tener sueño. Las noches las pasábamos en grupo, cerca de la plaza.
Recuerdo a un valenciano tratando siempre de traducir sin suerte unos chistes terribles al inglés, mientras Dieuwke y yo, nos contábamos miles de cosas con la mirada, furtivamente, y nuestros padres, muy sonrientes, gesticulaban entre ellos y bebían en la terraza.
Aquel chaval no paraba de forzar su repertorio y yo solo quería levantarme y besar a Dieuwke. Decirle allí mismo, delante de todos, que me había vuelto loco por ella. Pensaba únicamente en sus labios, en su cuello, en agarrarla de la mano y llevármela sin decir nada, lejos de allí. Ella me devolvía los pensamientos, con sonrisas perfectas y miradas cómplices, pero todas aquellas noches de deseo terminaban siempre mucho antes de donde comenzaban a volar nuestras fantasías.
Una mañana, al volver de los servicios públicos de vuelta a mi tienda, Janet y Dieuwke ya me esperaban apoyadas en el coche de mi padre.

-¿Vamas alaplalla?

-Veo que ya les estás enseñando algo de español. ¿No vas a desayunar? Preguntó mi madre con una sonrisa cómplice.

-No, gracias mamá, no tengo hambre.

Y así fue como levantamos el veto a las mañanas de playa, y esta vez si que compartimos románticos paseos y divertidos baños entre las olas del Cantábrico.
Por las noches, también cambiamos la plaza del camping por las fiestas de Comillas, donde recorríamos, cada vez, de aquí para allá un pueblo atestado de gente, agarrados de la mano. En compañía de los demás, visitábamos los bares y bailamos en la verbena.
Y fue una de esas noches de fiestas, de vuelta al camping, cuando nos escapamos del grupo y nos besamos por primera vez, al borde de la carretera. ¿Recordaís el embriagador mareo de uno de esos primeros besos?
Abrí mis ojos y vi como Dieuwke se dio la vuelta y se sentó al borde de la calzada.

-¿Qué té pasa?, pregunté, sentándome a su lado. Entonces descubrí algunas lagrimas en su rostro.

-Oye mira, perdóname, no debí besarte. Yo...

-No, no es eso Iván. Yo también lo quería, pero... Lo que pasa es que... es que tengo un problema.
Tengo un novio en Holanda.

Hubo un silencio, mientras ella se secaba las lágrimas. Después nos miramos por unos segundos y dije:

-¿Sabes?, entonces tenemos dos problemas.

Dieuwke me miró algo extrañada:

-¿Tienes una novia?

-Sí, desde hace un año.

Un coche pasó entonces, alumbrándonos con el fogonazo de sus faros, y nos pitó al vernos allí tan peligrosamente ubicados.
Mientras regresábamos de nuevo al camping, hablamos de nuestras respectivas relaciones. Nos preguntamos, sin desearlo siquiera, por sus nombres, como si aquello fuera a solucionar algo, y tratamos torpemente de quitarle importancia a aquel maravilloso beso y también a todos esos otros besos anteriores, hasta entonces tan solo deseados. Al final, poco antes de reunirnos con los demás, prometimos que aquello no debería volver a ocurrir. Los dos estábamos de acuerdo.
Caminabamos mudos, como tratando de entender, sintiendonos testigos directos, protagonistas del imperecedero recorrido de un beso.

Posiblemente hubiéramos podido evitar aquella nueva avalancha de besos y caricias en la oscuridad, entre aquellos árboles en frente de la entrada al camping. Posiblemente hubiéramos podido respetar aquella estúpida promesa por más tiempo, si no hubiéramos cometido el delicioso error de detenernos y proponer, por mayoría absoluta, sellarla definitivamente con un último beso.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00
29/04/2005 03:37. Enlazarme. DIEUWKE Hay 12 comentarios.
ivansainzpardo

DIEUWKE (IV)

bandera-roja.jpgEn Oyambre las tardes se retrasan lánguidas y sin ningún pudor, anunciando las noches que regresan de sus viajes cíclicos. Noches que se desnudan para morir en la arena y emanar, a borbotones, la sangre azul que ha de teñir la mañana.
Oyambre es una fuente de cultura cántabra, una fiesta española de milagros y naturaleza, donde las mañanas se despiertan con los pies fríos y el constipado celeste que produce el roció.
Y esas marismas templadas, que se prestan como escenario para la tenacidad de los corredores, testigos del pasear de los enamorados y el silencio invisible de todos los ahogados en otras vidas. En Oyambre hay montañas verdes que mueren en brazos del mar, bajo el clamor de las gaviotas y la soledad de los puestos de vigilancia en la playa vacía. Pero el sol aparece muchas veces sin dar los buenos días, y sorteando algunas nubes, comienza a transformarlo todo en un nuevo capitulo en el diario de las vacaciones.

Recuerdo la crema para el sol. Tres días de playa más tarde, los holandeses ya habían mudado todos casi cuatro veces la piel pecosa de sus narices. Recuerdo sobre todo la crema. Crema blanca, resistente al agua, factores, filtros, crema para los hombros, para las mejillas y para las narices de todos los niños del mundo. Las madres, en la playa, da igual si son madres holandesas, españolas o de dónde quieran que sean, siempre corretean detrás de sus hijos con esos botes de crema pringosa. Da igual la edad que tengas. Simplemente aparecen, te colocan un pegote en la nariz y otro tanto más en la espalda, te lijan con los granitos de arena, te sueltan algún comentario demasiado humillante para tu edad y se van tan satisfechas.

Es por esto de lo de las madres alborotadas y sus cremas, que solíamos huir una y otra vez con la disculpa de querer irnos a bañar. A los diecisiete, y delante de las chicas, esa conjunción diabólica resulta simplemente embarazoso.
Y así, al día siguiente, decidimos lógicamente volver solos, por nuestra cuenta y sin padres.
El día era radiante y especialmente caluroso. Las aguas estaban tranquilas y la bandera verde ondeaba a nuestro lado. Miraba la bandera verde y miraba a Dieuwke, preciosa con su bañador. Aquella bandera parecía querer simbolizar y estimular de alguna forma mis, hasta ese momento, temerosas incursivas en ingles. Aquel día estaba transcurriendo estupendamente, ella parecía seguirme un poco el juego, mi ingles salía solo, estaba inspirado, hablábamos y nos reíamos juntos. Era muy feliz. Hasta que mi hermana entró en la conversación y entre medias de no se qué en ingles entendí algo parecido a "topless". Entonces, de un carpetazo, toda aquella compleja escala estratégica de intencionadas miraditas entre Dieuwke y yo, de segundas intenciones, de sonrisas cómplices, se vio truncada por una inesperada situación. Ambas se habían despojado en un santiamén de sus bikinis, y yo sentí de golpe, como dos pechos perfectos me apuntaban a mí, directamente a los ojos, como si aquellos pezones sonrosados me mirasen profundamente.
Al recuperar el aire, y sin saber porque, comencé a disimular. Mal. Muy mal. Rematadamente mal. Como un completo idiota. Solté dos frases practicamente inteligibles mientras, una y otra vez, mi vista rehuía por si sola hacia puntos perdidos en el horizonte.

-¿Buscas a alguien?

Se me ocurrió entonces que lo mejor sería dejar de hacer el ridículo, cerrar los ojos y tomar el sol. Sabía que no podía levantarme e irme a bañar, ella insistiría en venir. Tendríamos que hablar, mirarnos a los ojos. El sol picaba como un castigo y yo no tenía escapatoria.
Tres horas más tarde, pensé que aquel sol intenso y abrasador ya me había dejado como un bistec a la parrilla, sin embargo, me resultaba imposible evitar no ponerme nerviosísimo cada vez que pensaba en volver a abrir los ojos y decirla algo. ¿El que? Sería incapaz de concentrarme, hablar ingles, decir alguna cosa coherente y no desviar la mirada con aquellos dos maravillosos pechos bajo su sonrisa.

-¿No te bañas?, pregunta mi hermana.

-Ya te he dicho que no me apetece.

-Te estas quemando.

-Mentira.

-Estas más rojo como el culo de un mandril.
Vaya, mira quienes nos han encontrado...

Ya nada podía ir peor. ¿Verdad?
Al abrir los ojos sentí una especie de extraño mareo. Tarde unos segundos en recuperar la vista. Lo veía todo azul. A lo lejos, poco a poco fui descubriendo a mis padres y a mis dos hermanas pequeñas que se acercaban a nosotros. Mi madre, aun de lejos, no más verme, comenzó a realizar aspavientos y pude ver como sacaba de su bolsa un bote azul.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00
22/04/2005 03:38. Enlazarme. DIEUWKE Hay 5 comentarios.

DIEUWKE (III)

fabrica1.jpgLas dos familias de holandeses compartían sus parcelas: un toldo unía sus dos grandes caravanas. Allí nos encontramos con toda una tropa de holandeses sonrientes sentados a lo largo de una mesa. Esta vez, Janet venía acompañada de sus primos y de sus tíos.
Mis padres desconocían otro idioma que no fuese el español, así que se limitaban a estirar sus carrillos hacia atrás en una especie de sonrisa forzada y perenne. Mi hermana y yo traducíamos como buenamente podíamos y nos fuimos sentando según nos fueron indicando todos al mismo tiempo y con cientos de gestos.
Ya una vez sin los chubasqueros y con la luz de los alógenos, pude observarles a todos mejor. Descubrí a Janet aún bastante más alta que el pasado año. Estaba muy guapa, su pelo rubísimo, antes liso, caía ahora sobre sus hombros en tirabuzones dorados. A su lado, se sentó otra chica tan alta y tan rubia como ella. Sorbió de su vaso y me miró sonriendo con cierto descaro. Mi hermana me dio una patadita debajo de la mesa y yo no pude disimular mi nerviosismo. Tenía los ojos muy azules y la nariz chata y pecosa. Pensé de inmediato que era la chica más bonita que jamás había visto.
Nos sirvieron café, infusiones y toda una gran variedad de pastas holandesas. Nos presentamos tranquilamente unos a otros, mientras mis padres seguían estirando los carrillos y asintiendo como japoneses. Allí estaban todos: Janet y su hermana Ester, sus padres y al lado sus primos, Dieuwke, Sofie y Jack, acompañados también, y a su vez, de sus padres.
Al verles a todos juntos, sentados y sonrientes, una imagen me vino inconscientemente a la cabeza, una fabrica enorme, la producción en cadena. Holanda, un país entero repleto de molinos, tulipanes y de coches rubios, ojos azules, nariz chata y pecas.
La conversación fue más precaria que el desayuno de un vagabundo, y como estábamos cansados por el viaje, no tardamos en dar las gracias y despedirnos.
El camping entero parecía dormitar en silencio. La lluvia había amainado, la noche estaba despejada y las estrellas vaticinaban un día espléndido y caluroso para la mañana siguiente. Sería por fin nuestro primer día de vacaciones, y mi hermana y yo, antes de dormirnos, no pudimos dejar de bromear durante un buen rato sobre aquella peculiar velada.
En mi saco, arropado por el entusiasmo y una inesperada y turbadora excitación, me dormí pensando en Dieuwke, el coche holandés más bonito del mundo.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00
07/04/2005 07:35. Enlazarme. DIEUWKE Hay 2 comentarios.

DIEUWKE (II)

noche.jpgLos árboles se abrazaban por encima de nosotros, en la oscuridad.
Caminábamos demasiado deprisa, como fustigados por la tensión y los nervios.
Recuerdo aquel calor en las sienes, el temblor en las piernas, el hormigueo de la excitación. Por un momento cerré mis ojos y los volví a abrir con el fin de comprobar y demostrarme que aquello no se trataba únicamente de un sueño. Me hubiera pellizcado, hubiera gritado de entusiasmo. Deseaba congelar aquella sensación de algún modo, pero sin entorpecer la magia del momento.
Ya llevaba un año saliéndo con Esther, estrechando sus pequeñas manos, descubriendo su voz, sus gestos, mirando a través de sus ojos, jugueteando con su rizado pelo. Ahora, sin embargo, me dejaba arrastrar por una mirada distinta. Me dejaba camelar por la curiosidad, el deseo, la naturaleza de aquellos nuevos gestos, me dejaba guiar por una voz extranjera.
Nada parecía estar ocurriendo sin ningún motivo concreto. Me estaba engañando a mí mismo al pensar que sería capaz de controlar todo aquello. Me sentía como el protagonista de una película que aún no había visto. Paseábamos en silencio, como dos personajes impotentemente abocados a un destino común, a un rumbo inamovible y concreto. Todo ocurría como ya estaba escrito, como tenía que ocurrir. La miré de reojo, ella estaba tan nerviosa como yo, preciosa con su chubasquero rojo. Y entonces lo entendí todo. Ahora yo debía frenar nuestra marcha, situarme delante de ella, mirarla a los ojos y besarla por primera vez.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00
04/04/2005 23:01. Enlazarme. DIEUWKE Hay 3 comentarios.

DIEUWKE (I)

20060901041602-dieuwke2.jpg

La noche estaba parcialmente cubierta. Desde la oscuridad, desde su escondite, la luna y las estrellas parecían querer espiarlo todo. Al salir del camping, nos agarramos de la mano para caminar en silencio por la carretera estrecha que lo bordea. Caminábamos con la respiración algo entrecortada y en silencio. A veces sobran las palabras, siempre y cuando, cómplice de los suspiros y de ese lenguaje de gestos nerviosos, es el amor el que habla.
En los comienzos, es así, nada importa más que la ceguera, la explosión de sentimientos, el ahora.
Ella era casi tan alta como yo, con su larga melena rubia y sus dieciséis años. Yo tenía tan solo un año más y el corazón abierto de par en par, como un gran ventanal, para recibir del exterior leves brisas o violentas tormentas.
Fue en una noche de intensa lluvia, curiosamente la única en todo aquel verano abrasador, cuando llegamos al camping.
Ése era el segundo verano en que mi familia y yo íbamos de vacaciones a Oyambre. El primer año conocimos a una familia de holandeses, y durante todo el curso, mi hermana y yo estuvimos carteándonos con ellos. Janet era de mi edad, una holandesa alta y muy guapa con una hermana, Ester, algo mayor que nosotros. Así es que quedamos en volver a veranear juntos en el mismo sitio, y allí estábamos, montando nuestras tiendas de campaña bajo la lluvia, con las luces del coche como único faro en el temporal. Las gotas me caían de la gorra a la nariz, mientras obedecía junto a los demás las ordenes de mi padre, que se revolvía entre más de una veintena de varillas metálicas. En semejantes condiciones, parecía un milagro llegar a hacer nada.
Observé entonces cómo unas sombras, murmurando alguna cosa en inglés, se acercaban a nosotros. Mi padre, algo perplejo, nos miró a mi hermana y a mí, como esperando algún tipo de reacción por nuestra parte. Me subí un poco la gorra y descubrí, delante de nosotros, a un señor alto y gordo, embutido en un chubasquero azul, gesticulando y haciendo ademán de querernos ayudar. Detrás venían tres chicas, también ocultas bajo sus chubasqueros. Una de ellas parecía saludarme con la mano, y cuando se acercó un poco más a nosotros, pude reconocerla. Era Janet que, acompañada de otras dos chicas, nos sonreía abiertamente mientras cuchicheaban en su idioma.
Ahora, mi padre nos dirigía a todos de nuevo, enérgico, con optimismo, ya tenía nuevos aliados para su guerra personal contra las varillas.
Terminamos de montar las tiendas, y los holandeses, muy gentilmente, nos invitaron a tomar algo en su parcela en son de bienvenida

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

25/03/2005 03:39. Enlazarme. DIEUWKE Hay 1 comentario.




EL ESCONDITE DE IVÁN

BIENVENIDO AL BLOG OFICIAL DE IVÁN SAINZ-PARDO.
Contacto: Sevenrain7(arroba)hotmail.com

Temas

Archivos

Enlaces

Google

Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris