Caída la venda roja y amarilla de los ojos, apaciguado el estruendo de la euforia, aparecen las sirenas, el grito perenne de ecos alquilados, el trabajo mal pagado, las hipotecas, la voz del jefe y el café amargo con leche desnatada. Sentados en un parque, saboreando el hurto, el divorcio, el sobrepeso, la calamidad de las deudas pendientes, la resaca de haber enterrado la cabeza cual avestruz con cada A por ellos. Ese nudo en la boca del estomago, esa respiración pesada de aire que no alivia. Y delante nuestro, dos pasos atrás, rodeándonos, los cobradores y los fantasmas. A nuestro lado, descubrimos de repente la meada del perro en el suelo, las plantas mustias, gente a la que apreciamos y gente a la que no. La ropa sucia, las camisas sin planchar, los libros cerrados, los plazos de la tele con TDT, los platos sin fregar, el ego roto, la fractura, la agenda repleta de obstáculos, la vida en obras, estancada en la M-30.
Y algunos buscarán descendencia en Brasil o en Alemania, para prolongar la mentira:
-¿Francisco donde vas con esa camisa amarilla?
-¿Mari, tu tío Eulalio, el de la tienda de frutas, no era Brasileño?
-No, Francisco, tío Eulalio no era brasileño.
-¿Portugués?
-No, Francisco, tío Eulalio era gitano, de Las Delicias.