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DERRIBADO

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Sobrevuelo los tejados, los ríos, los campos y lugares que enseguida reconozco. Con el gesto desencajado, planeo por encima de mi pueblo. En mi retina se repiten, a la vez, las escenas imborrables de aquellas misiones imposibles, los fogonazos de las bombas de artillería, los recuerdos de noches infernales de metralla, desolación y muerte. Interminables meses de sangre y destrucción nos han deteriorado y nos han hecho envejecer a la avioneta que me prestó mi padre y a mí. La guerra ha terminado y los soldados supervivientes, después de cientos de incursiones sobre la zona aérea enemiga, regresamos a nuestras casas.
Finalmente logro aterrizar sobre el jardín de mi casa y mi padre me esta esperando allí, con el pelo alborotado y encanecido y dos brillantes lagrimas cayéndole por las mejillas cansadas.
Al verle, después de tanto tiempo, me emociono y corro a abrazarlo, sin embargo, mi padre me para con un:

-¿Sabes?, casualmente esta noche tuve un sueño muy extraño. Yo estaba en casa y preparaba un estofado en la cocina cuando, entonces, llamaban a la puerta. Un hombre de mirada turbia, disfrazado de cartero y sin pronunciar palabra, me entregó un paquete. Al abrirlo, encontré algo envuelto en papel de regalo. Dentro, descubrí una estatuilla de yeso con la forma de una virgen. Al principio, entretenido en buscar algún nombre o alguna dirección de procedencia, no me percaté pero, instantes después, no pude evitar soltar un grito de espanto al descubrir que el rostro de aquella estatuilla era el rostro de tu mismísima madre.
Hijo mío, desde su muerte sufro de pesadillas y alucinaciones y es por esto que, durante mi sueño, pensé que aquello se trataba tan solo de una alucinación más. Me entró rabia y miedo, la derribé de un manotazo y esta se partió en mil pedazos. Resulta que la estatuilla estaba hueca por dentro y en su interior encontré algo. Entre los trozos del suelo encontré una llave que no se que es lo que abre.

-Papá, ese es, sin duda, un extraño regalo para un extraño sueño. ¿Pero no vas a darme un abrazo?

Mi padre, señalando una pequeña y roñosa caja de madera que hay junto a sus pies, contesta:

-¿Sabes?, lo verdaderamente extraño de todo esto es que, esta mañana, al despertar, buscando esa llave por todos los sitios, encontré esta pequeña caja de madera cerrada con llave, enterrada aquí, en el jardín, al lado del ciruelo.

Ahora le podía observar mejor. Mi padre estaba notablemente envejecido y su mirada había perdido el brillo y la vitalidad de años atrás. Sus músculos, cansados, mostraban a un hombre más encorvado y achacoso.

-Papa, tengo que decirte algo. En todo este penoso tiempo de guerra tu avioneta se ha estropeado un poco.

Mi padre echa entonces un vistazo rápido a la avioneta.

-!Maldita sea, hijo!, ¿es que no vas a aprender nunca a cuidar las cosas?

Con los brazos en forma de jarra, mi padre se acerca unos pasos más hasta la avioneta, y tras examinarla por unos breves instantes, vuelve a echar de nuevo el grito en el cielo:

-!Oh! ¡Pero, dios mío!, si a mi avioneta le falta media ala derecha y, además, está repleta de balazos y metralla… Por cierto, hijo, ¿cómo es que a ti te falta una pierna?

-Papá, la pierna la perdí junto con el trozo de ala hace ya casi dos años en una de las misiones.

-¿Lo ves? Siempre te he dicho que eres un desastre, un inmaduro y un verdadero despistado. Supongo que al menos habrás soñado historias interesantes durante todo este tiempo con las que poder entretener al viejo de tu padre.

-Pues sí, papá, precisamente esta noche tuve un sueño muy curioso: Llamaban a la puerta de casa y mamá recibía a un hombre del ejército que le entregaba una pequeña caja de madera. Después mamá lloraba desconsolada al ver las cenizas grises del interior, mientras tú, con una pala, cavabas un agujero en el jardín junto al ciruelo.

Mi padre se agacha a coger la caja de madera, se da la vuelta, marcha y abre la puerta de casa.

-Vamos hijo, estarás muy cansado y seguro que querrás darte una ducha y cenar algo.

Al pasar por delante de mi padre, este me agarra cariñosamente por el hombro.

-Hijo, estoy muy contento de que al fin estés en casa de nuevo. Como puedes ver, tu padre se ha convertido en un misero anciano, pero, ¿sabes? me he cuidado de reservar la suficiente fuerza y el tiempo necesario para que podamos reparar juntos nuestra avioneta y poder escuchar, mientras tanto, con detenimiento y uno a uno, el resto de tus sueños.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

MERLIN

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Cuando yo era pequeño, mis padres eran dueños de un par de bares en Valladolid. Recuerdo pasar las horas muertas jugando con mi hermana Ainoa en el almacén de uno de aquellos. En aquel sótano, imitábamos a los adultos, éramos padres, éramos camareros; atendíamos la barra, servíamos, cocinábamos, comprábamos y vendíamos.
Para nuestros juegos, utilizábamos los botellines de cerveza, los refrescos, las servilletas, las copas, los palillos y todo lo que había a nuestra disposición en aquel formidable escondite.
Sin embargo, también había días en los que solo me apetecía sentarme arriba en una de las mesas del bar para observar a mis padres trabajar detrás de la barra, o simplemente a la gente que iba entrando.
Uno de eso días, me encontraba yo entretenido rompiendo palillos en combates simulados en los que intrépidos caballeros defendían a muerte el honor de sus damas, cuando un señor mayor se sentó en mi mesa. De inmediato busque con la mirada a mi padre, y este, me devolvió un gesto tranquilizador por el que entendí que aquel hombre, era un amigo suyo o algún conocido, un cliente habitual posiblemente.
A pesar de todo, estando aquel hombre allí a mi lado, no me atrevía a continuar con mi aventura de espadachines.
Me miraba atento, con cierto descaro. Sus ojos eran profundos y algo turbios, como si en otros tiempos hubieran sido ojos valientes y emprendedores, y ahora estuviesen perdidos entre los límites de una oscura mazmorra.
La mesa estaba repleta de palillos rotos y astillas y a un lado había también, un vaso de tubo vacío con un limón dentro mordisqueado y un platito. Cuando yo era pequeño, mi padre siempre me sentaba en una de las mesas del bar con una Coca-Cola y una banderilla de pepinillo.
Aquellos ojos me llamaban realmente la atención y ambos nos observábamos con interés. El llevaba un extraño sombrero, una gabardina oscura y un bastón con el puño en forma de bola de cristal.
Únicamente limpio el espacio necesario de la mesa para poder apoyar su copa, y sujetando dos palillos por sus extremos, comenzó a enfrentarlos. Simulaba con la voz el choque de las espadas y el jadeo de los luchadores, tal y como lo solía hacer yo.

--“!Aquel osado que desee cruzar su espada con la de “Perceval” el caballero del Grial, el bien hallado, cometerá su más desafortunado ultraje, la traición a la vida misma. Pues a de saber, que morirá bajo el filo de mi espada sagrada!”

--¿Quien es Perceval? Le pregunte extrañado.

--“Perceval es el héroe y es el hombre. Perceval es el caballero que consiguió hacer sonreír a la princesa sin sonrisa. Es un valiente guerrero de la mesa redonda y es un poeta solitario.”

--Y es el más fuerte ¿verdad?

--“Su fuerza se encuentra en la demencia de sus virtudes y en su búsqueda imperecedera de la verdad”.
Me contesto susurrante.

--Si claro, pero seguro que “Mazinger Z” es mucho más grande y mas fuerte.
Le dije yo entonces desafiante, a la vez que me rascaba la pierna por debajo de la mesa.

--“Los héroes no son grandes ni fuertes por su apariencia física, sino por el ímpetu con que los hombres los exaltamos y los necesitamos.”

--Pero seguro que no puede volar como “Superman”, ¿no? y además, no tendrá superpoderes…

Me acercó un dedo a la cara y apuntándome con el añadió:

--“Los superpoderes, chico, son sólo producto de nuestro anhelo por realizar completamente nuestro subconsciente. Son solo el reflejo inverso de nuestra auto limitación como humanos parcialmente desarrollados, como hombres faltos de esa perfección innata.
Solo somos animales enloquecidos, sólo somos bestias ciegas y arrogantes.
En realidad únicamente somos un chip estropeado, una batería cargada a medias, somos ríos muertos de perdido cauce y sin un manantial para nacer, somos una respuesta sin pregunta y una verdad a medias.”

Yo no era capaz de entenderle del todo, pero me gustaba como hablaba, así que, trataba de no perderme y de dar un sentido a nuestra conversación:

--Pues yo de mayor quiero ser “la Masa”, ¿sabe señor quien le digo?
Es muy grande, es verde y tiene muchos músculos. !Es un super héroe!

Aquel hombre se puso a reír a carcajadas, sorbió con felicidad un buen trago de su copa y dijo:

--“Amigo, se a quien te refieres y la verdad es que, aunque cada persona debiera de buscar y escoger sus propios héroes, no te aconsejo a la Masa como un buen héroe.”

--¿Por que no?, a mi me gustaría poder destrozarlo todo como el, me gustaría que cada vez que me enfadara, todo el mundo me tuviese miedo.

--“Te voy a revelar un secreto, pero no debes decírselo a nadie ¿vale?
A veces yo puedo transformarme en todos los héroes que desee, y te aseguro que la Masa no es el más aconsejable. Alguna vez, cuando me transformo en la Masa, chillo, me enfurezco y lo destrozo todo, pero después siempre viene esa inyección que me envenena y me arroja al pozo negro, al reino de las pesadillas…”

--!Yo también odio las inyecciones y a los hombres vestidos de blanco! Exclamé excitado.

Él continúo preguntándome:

--“¿Y de mayor sólo te gustaría ser la Masa?.”

--No, también quiero ser un explorador intergaláctico, porque yo se que el cielo y las estrellas no son infinitas cómo la gente y mi profesora cree.
Quiero hacer una nave y buscar el final del espacio… me gustaría saber como es.

--“Ya, bien, pero necesitaras muchos víveres, agua potable y mucho combustible para ir y volver.
Tendrá que ser una nave espacial gigantesca y te costara muchísimo encontrar una energía que sea capaz de propulsarte hasta el final del universo.”

Le mire extrañado,

--¿Volver?, ¿quien habla de volver?, supongo que después de conocer los limites del universo, a uno ya no le quedaran demasiadas ganas de volver a este mundo.

Los siguientes tres cuartos de hora los pasamos maquinando y buscando la solución a mi futuro intergaláctico.
Mi padre de vez en cuando se acercaba a nosotros, sonriente, para servirnos o preguntarnos que tal nos iba.
Yo me tome otra Coca-Cola y otra banderilla mientras aquel señor se dedicaba a apurar el cuarto cubata.

--“¿Sabes amigo?”

Me dijo entonces, con los ojos notablemente rojizos y alterados por el alcohol.

--“Esta noche tuve un sueño y te lo voy a contar:
Estaba tranquilamente en mi casa sentado en un sillón viendo la televisión.
Mi perro estaba conmigo y en esos momentos se hallaba tumbado cerca del televisor, cuando noté algo extraño. Fije la vista en mi perro y le descubrí como si estuviera en frente de mi, pero a la vez, dentro de otra habitación.
En la pared había una puerta chiquitita y mi perro estaba como en una habitación interior. Me extrañe mucho al descubrir una pequeña habitación, donde antes nunca la hubo, así que me levante con la intención de explorarla.
Me puse de cuclillas y a gatas me introduje a través de un pasillo diminuto, apenas de mi tamaño.
Al llegar a dentro, descubrí que aquel cuartito era como una segunda casa para mi perro. Había una camita, pequeños armarios, más habitaciones al lado y toda una verdadera familia de perros en el interior de estas otras.
En cada pequeña habitación, fui encontrando todos aquellos objetos antiguos que fueron desapareciendo de mi casa con el tiempo y yo ya los tenía prácticamente olvidados.
Pero en un flash todo aquello desapareció y me encontré delante de una cama inmensa con dos mujeres desnudas esperándome. Me hicieron el amor un buen rato y después aparecí inmerso en mitad de una verbena, delante de un puesto de tiro al blanco...”

--¿Que es eso de hacer el amor?, le pregunte interrumpiéndole.

Carraspeó un poco y me dijo:

--“Hacer el amor, significa jugar a ser sinceros con nuestra naturaleza y consumar un secreto reprimido entre un hombre y una mujer. Hacer el amor es un acto de comunicación tan sencillo como el hablar, pero menos interesante aun a pesar de todo. Hacer el amor en definitiva es como romper una severa dieta y pegarte una comilona de espanto.”

Yo no llegué a entenderlo muy bien, pero le deje continuar con su extraño sueño.

--“Agarré entonces una escopeta, pero no fui capaz de encontrar por allí ni perdigones ni nada que derribar. De modo que decidí ir a reclamar a la encargada, que era una señora gorda de expresión desagradable y vestida de enfermera.
Tras soportar sus insolentes gruñidos conseguí que me diera unos perdigones y tres monigotes como diana.
Pero resulta que uno de los monigotes era yo, el otro era el yo que los demás imaginan al pensar en mi o al escuchar mi nombre, y el tercero era el yo que yo mismo creo que soy.

--!Dispara cerdo!, !dispara de una vez!

Me berreaba aquella señora.
Aterrorizado, escapé corriendo por la calle abajo, hasta que dos policías me arrestaron acusándome de haber asesinado a Kennedy.”

--¿Quien es Kennedy?

--“Fue un presidente de los Estados Unidos”.

Me contestó frotándose la cara; e inmediatamente me preguntó:

--“¿Y tu, no tienes sueños raros?”

Claro que tenia sueños raros, así que le conté todos los que me acordaba, incluso ese en el que estando jugando en la terraza de un ático, el edificio se iba poco a poco inclinando hacia un lado y sin nada a lo que agarrarme, me resbalaba por el suelo hasta caer por el edificio abajo.
Así, pasamos la tarde, hablando y bebiendo lo que mi padre nos iba trayendo. Aproveche la sabiduría de aquel hombre de rostro cansado y enfermizo para satisfacer mi curiosidad infantil, aquella ansiedad por averiguar, descubrir, saber y aprender. Pacientemente respondía a mis preguntas, algunas tales como:

--¿Por qué los Reyes Magos no se mueren de viejos nunca?

--¿Que es el fuego y por que quema?, ¿como es capaz el Papa Noel de repartir tantos regalos en una sola noche?

--¿Por qué no nos caemos si la tierra da vueltas?, ¿por que el Ratoncito Perez no colecciona cromos como todos?, ¿para que quiere el nuestros dientes?

Y todo ese tipo de preguntas comprometidas que los padres se cansan de buscarle respuestas.

Pero ya anochecía y pude ver a mi madre recogiendo mi cazadora, lo que significaba que llegaba el momento de volver a casa.
Nosotros aún continuábamos entre risas y carcajadas, jugando como al principio de conocernos a los Caballeros de la Tabla Redonda con los palillos.

Una vez en el coche, vi salir del bar a aquel hombre, con su gabardina oscura, su extraño sombrero y su bastón. Se alejaba tambaleante por ese malestar que los adultos padecen cuando se exceden con sus bebidas de adultos.
Quise despedirme de el por última vez, pero descubrí que aún desconocía su nombre.
Abrí la puerta cuando mi madre encendía ya el motor del coche y salí corriendo detrás de el. Pude escuchar los gritos de mi madre llamándome, pero no me detuve hasta alcanzarlo.

--!Perdone señor, pero he olvidado preguntarle su nombre!

--“Ah si, querido amigo, yo soy Merlin, Merlin el Mago.”

Me dijo arrastrando las palabras y señalándome con el puño de su bastón.

--“¿Y quien sois vos?”

--Yo, yo… yo soy… yo soy Perceval el ultimo caballero. El héroe emprende… emprendedor de las más altas y bellas empresas. El que hizo sonreír a la princesa sin sonrisa…

Le contesté con orgullo y tremendamente excitado.
Ofreciéndome una reverencia y estrechándome la mano, termino diciéndome:

--“Ha sido un verdadero placer conocerle distinguido caballero”

Pasaron los años, mi padre dejo el negocio y nos fuimos a vivir fuera de la ciudad.
Nunca le volví a ver.

Un día mucho mas adelante, recordé todo esto y gracias a mi padre llegue a averiguar que, aquel por el que le preguntaba, sólo era un alcohólico enfermo, un viejo demente, al que por aquel entonces, solo le estaba permitido salir del psiquiátrico, una o dos veces al mes.
Mi padre tampoco lo había vuelto a ver después de aquel día.
Me sentí un poco decepcionado, pero comprendí al fin, que los extraños ojos de aquel hombre sabio, eran en realidad los de un héroe verdadero. Un héroe posiblemente ya de otra época y sin misión alguna.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

BAJO LA NOCHE ABIERTA

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Hoy busqué sobrevivir a mi destrucción y sin pretenderlo, me vendí a la necesidad de volverte a encontrar.

Esta noche perseguiré las huellas intactas de nuestras caricias, retomaré el recuerdo de aquellas mentiras oportunas y consentidas.
No te olvidaré nunca. Decías. Pero ya no estas aquí, y únicamente queda la mirada atrás, arrastrándose a gatas por el pasado. Por nuestro pasado juntos, cuando jugábamos a la autodestrucción, al derroche, regocijándonos felices en el letargo de nuestro propio fin, cuando nos amamos sin pensar demasiado. Y recuerdo aquel silencio antes del adiós, como pálida catarata de extraños murmullos, y cada una de tus palabras exactas, calculadas, desangrándose por mi cuello inclinado.

Buscándote, bajo la noche abierta, sonrío una vez más al recordar instantes como aquellos, en los que, para bien o para mal, compartí felicidad y agonía, los últimos momentos verdaderos de un ángel caído.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

LA BICICLETA NARANJA

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A veces, mi suerte parece torcida.
Recuerdo que una vez tuve una bicicleta naranja. Su manillar también había nacido torcido, así que rodaba siempre en direcciones tan torcidas e inesperadas como mi vida.
Los niños no lloran, decía el abuelo, pero yo necesitaba llorar bastante a menudo.
Antes todo era diferente, mi bicicleta naranja era la más rápida del mundo. Yo pedaleaba deprisa, muy deprisa, buscando y burlando la velocidad. Mi bicicleta naranja era como un regalo divino y montado en ella, yo me sentía invencible y valiente como un héroe con superpoderes al que las caídas no le dolían.
Ahora ya no soy un niño, no lloro casi nunca y tampoco tengo ya mi bicicleta naranja. Sigo adelante y, a pesar de los moratones acumulados de todas las caídas, sigo siendo feliz. Ahora vivo como un héroe retirado y sin superpoderes. La vida, poco a poco se endereza, pero lo cierto es que ahora, aunque hay menos curvas, la velocidad de algunas cosas sí que consigue asustarme.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

LA CUENTA ATRÁS

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Que nadie te llame ahora, el cielo pesa demasiado.
Nada resulta extraño, aunque el espejo te salude hoy, una vez más, con desgana.
Volverás a coger el autobús por los pelos y gracias a ello, encontrarás el trabajo de tu vida. Pensarás que nada ha cambiado, que sigues siendo el mismo en esta cuenta atrás, pero ni ese será tu trabajo ideal, ni esta tu vida perfecta.

Seguirás robándole trocitos a la noche infinita, para hacerte con ellos una máscara.

-¡Voy a gritar!, ¡Voy a gritar! ¡Voy a gritar!… ¡Voy a salir volando y todos gritareis conmigo!

Esta es la cuenta atrás, un cuento de Navidad para los refugiados del Zaire, un manual de hipnosis para esos terroristas de traje y corbata, una esperanza moribunda para los secuestrados por las hipotecas y el precio del barril, una muñeca hinchable para los separados, los solteros y solitarios. Una ración de anabolizantes para las maltratadas, manzanas con gusano para Eva y costillas con patatas y Ribera avinagrado para Adan, un remedio fallido más a precio abusivo contra el puto cáncer, un iceberg traicionero para el Arca de Noé…
Pero tendremos fe gratuita, mil dioses de distintos nombres dispuestos a vomitar supuestas verdades absolutas y a responder a todas las preguntas del millón que les pidamos. Buda, Ala, Jesucristo, Jehová, tele predicadores, sectas… Fe gratuita para el hombre occidental y las culturas ricas. Yo adoro al mismo bastardo que experimenta con las almas de los niños que mueren de hambre en el resto de mundo.

-¿A quién estáis adorando vosotros?

Es la cuenta atrás.

-¡Voy a gritar!, ¡Voy a gritar! ¡Voy a gritar!… ¡Voy a salir volando y todos gritareis conmigo!

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

MI ELFA

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Con el descanso interrumpido abro los ojos a la presencia que me visita y titubea, al duende de los sueños paralelos, a mi ninfa deseada, la de sedosas alas multicolores de papel cebolla.
Ella va y viene por las horas nocturnas, me visita siempre con la intención de regalarme complicidad, murmullos íntimos y pequeños secretos.
Sus pies son alargados y retorcidos, juguetean siempre en mil posturas, en mil posiciones imposibles y extrañas. Su rostro juega siempre a despistar, con continuas gesticulaciones, dislocadas y grotescas, escondiendo siempre la bendición y el aleluya de una pequeña diosa. Ella abre mucho sus ojos y la boca. Mueve en un tic sus orejas puntiagudas, para de pronto, cambiar a una expresión fría y seria. Continúa con un guiño, me lanza un beso y cruzando los ojos, termina por burlarse del todo de mí sacándome la lengua. Después, en su boca se desborda una sonrisa exagerada.
Ella pronuncia mi nombre con voz inaudible. No puede hablar, quizá tampoco sepa, pero su cuerpo no deja de expresarse sin parar. Me cuenta viejas historias, leyendas sagradas, fábulas increíbles, refranes olvidados y trabalenguas para sordos.
Muchas veces se expresa nerviosa y sin sentido, entre mímica, gestos y bailes. De pié cruza las piernas, con su cara apuntando al cielo. Se estira, aprieta los puños y llora con todas sus fuerzas, parece invocarse al poder de la noche y las estrellas.
Yo también la hablo en bajito y la cuento mis cosas. Otras veces únicamente nos observamos en silencio y ella permanece conmigo, sonriente, suspendida a metro y medio del suelo.
Yo a veces intento convencerla de que haga vida normal, pretendo que entre en razón, hacerla entender que la vida no es solo jugar y volar inquieta de un sitio para otro. Mi elfa inclina su cabeza, agita lentamente sus alas, se aproxima a mí y me acaricia la cara como a un niño; abre bien sus ojos verdes como prestándome mucha atención, y por unos momentos, permanece tumbada en mi cama, a mi lado, tranquila.
Es entonces cuando suele relajarse un poco, cuando puedo aprovechar para observarla mejor. Ella acerca su carita y me mira muy de cerca, derrochando dulzura, con esos ojos infinitos que me mantienen sedado y dócil en cada una de sus tiernas intenciones. Su rostro es de una belleza distinta, sus facciones son de una perfección diferente; sus formas son finas y alargadas, sus extremidades puntas de estrella… La comisura de sus finos labios, la suavidad de su piel aceitunada, su tez pecosa y su nariz chata y respingona. Toda su belleza, toda su perfección, se encuentra más allá, lejos de lo que conocemos, como si ciertamente no fuese fruto de una creación humana.

Muchas veces advierte en mi esa pasión incierta, entonces me sonríe con ojos pícaros, como prometiéndome. Pero vuelve a escaparse de mí y sus labios vuelven a dar forma a un beso que ella manda de lejos al aire y yo nuevamente recojo; después se sonroja y se da la vuelta, juguetea con sus alas y se esconde tras ellas. Al plegarlas y recogerse, puedo observar su vestidito, transparencias de colores pálidos, formas de mujer semiocultas en seda suave.
Yo la incito a volver a mí y ella se protege entre sus alas, recelosa y sugerente, inadvertida de que con su ingenua postura, ha hecho subir un poco su faldita descubriendo parcialmente el dibujo y la tierna desnudez de sus nalguitas redondeadas.
Al percatarse, me sonríe abiertamente y se escapa volando entre círculos y piruetas, atraviesa la ventana abierta de mi cuarto y huye, como un meteorito a la deriva, como estrella fugaz para el rabillo de mis ojos.
Sin embargo, otras veces, cuando la miro en silencio con ardiente deseo, cuando la ruego, excitado, ella toma las formas que yo más deseo y sus senos florecen solo con la intención de mi mirada, toman forma al tacto de mis pensamientos. Cierra sus ojos y yo la transformo, la creo y la destruyo, la enriquezco con mis fantasías, la amo de verdad, en silencio. Su cabello es una llama de vivos colores, ardiendo a mi gusto. Voy dando forma a sus caderas y a su cuello. Con cada una de mis intenciones alargo sus muslos, la atraigo hacia mí y beso su humedad, su vientre templado. Mi elfa sonríe y suda con su cuerpo cambiante, disfruta y se estremece en un éxtasis compartido.

Pero hay otras veces en que la noche se abre y nos invita a pasear en su herida. Entonces nos escapamos por la ventana y ella me lleva a los bosques. Yo allí la hablo de esa soledad que no escogemos y que nos hace más fuertes, de la naturaleza contradictoria de los sentimientos humanos; hablo sin parar, sabiendo que, a pesar de sus visitas, a pesar de sus ausencias, de sus juegos, disimulos y piruetas, ella siempre me escucha y disfruta con mi presencia.
Paseamos en la noche, mientras ella se transforma en hoja otoñal o en gato de pelo negro y erizado que salta por los tejados; ahora es una niña que recoge flores de colores y poco después, se transforma en una anciana de paso aletargado y cuenta las estrellas. Mi elfa es una loba solitaria, aullándole a la luna o es rana verde para croar en saltitos estúpidos. Es brisa inesperada meciendo mi cabello y al instante gota de lluvia para caer a mi paso desde la rama de un árbol y recorrer mi frente.
Sus transformaciones y mis palabras se funden como almas gemelas, como polos distintos atrayéndose sin remedio. Como palabras escapadas de un libro, en busca de las imágenes que describen su alma de tinta y papel.
Pero cada mañana, sin embargo, vuelve la pesadumbre de un nuevo día sin ella, el retorno a una vida real. Cada amanecer, mi elfa desaparece como si fuera para siempre, y yo, no la espero. No la espero porque solo estoy convencido de que volverá, cuando en mitad de la noche, un susurro me despierta.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

DAVID

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En esa época en el que los complejos amenazan con gobernar con tiranía la vida de uno, el miedo a lo desconocido se aparece siempre como un fantasma sin rostro, acechando nuestros primeros pasos hacia la adolescencia.
Eran tiempos de colegio en los que, entre curso y curso, libros, multiplos y divisiones, se dibujaba, inmortalizándose en mi recuerdo, aquel pueblo del norte, Puente Viesgo. Fue allí donde, año tras año, fueron transcurriendo la mayoría de las vacaciones escolares. Donde lentamente descubrí, con inocencia y naturalidad, el sabor de los primeros sentimientos. Allí, cada mañana de verano, entre montañas y verdes pastos, se escondían algunos de los versos que con el tiempo me iría memorizando. El amor, el miedo, la fantasía, la felicidad, la magia, la amistad…

En aquel pueblo hice muchos amigos y de cada uno de ellos recuerdo cosas diferentes. Sin embargo, hubo uno que fue durante años como un hermano mayor para mí, como el verdadero inspirador de la gran mayoria de mis sueños, un héroe de carne y hueso.
David era mi mejor amigo. David era algunos años mayor que yo y recuerdo que me fascinaba la idea de poder llegar a ser algún día como él. Podía pasar una tarde entera solo escuchándole hablar. Disfrutaba con cada uno de nuestros juegos, con sus iniciativas y con sus ideas.
Su familia pasaba las vacaciones en la casa vecina a la de mi abuela. Cada verano esperaba de nuevo, con gran anhelo, la llegada del coche de sus padres. Aún puedo recordar la emocionante impaciencia de mi espera y la enorme tristeza que sentía después con cada final de verano.
David y yo nos reíamos y nos divertíamos mucho juntos y fuimos descubriendo con nuestros juegos mil sitios llenos de magia y aventura. Hacíamos batallas de soldaditos, cabañas, arcos y flechas, carreras de coches y guerras de pistoleros. Recuerdo también hacer excursiones con las bicicletas o recoger caracoles para vendérselos después al pescadero a cambio de una propina. En otras ocasiones, sus hermanas, Ainoa, mi primo Ruben, las mellizas, todos juntos recogíamos flores y después las machacábamos con piedras para hacer perfumes y regalárselos posteriormente a nuestros padres.
Con David a mi lado, descubrí el respeto hacia la naturaleza, aprendí a saber explotar la imaginación, la creatividad, la importancia de la amistad y del trato con los demás. La gente en el pueblo y todos los demás niños lo respetaban mucho y recuerdo que mi abuelo lo quería un montón. A veces, David se levantaba de madrugada y quedaba con el abuelo para ir a ordeñar las vacas o para ir al prado a segar. Yo que era más pequeño, les acompañaba solo cuando me lo permitían. Una de aquellas veces, David nos hizo una foto a mi abuelo y a mi. Yo iba subido a la burra. Aún conservo la foto, y aunque no tengo ninguna con David, al menos me gusta recordar que en aquella el estaba allí delante nuestro.
Uno de esos veranos, especiales e inolvidables, David me volvió a decir adiós. Sin embargo, esta vez fue para siempre. Sus padres vendían la casa y ya no volverían a veranear más en Puente Viesgo.
Yo, desde el patio de la casa de abuelita, atónito y cabizbajo, observaba cómo recogían sus cosas.
De repente, los padres de David y sus hermanas ya le esperaban en el coche, pero entonces el me llamó, y yo me acerqué conteniendo las lágrimas.

-Toma, esto es para ti. Es un regalo.
Exclamó, extendiendo los brazos mientras, al mismo tiempo, se dibujaba una tierna y emocionada sonrisa en sus labios.

Al siguiente verano mis abuelos murieron en un accidente de tráfico y ya nunca nada volvió a ser igual. Con su repentina muerte, descubrí que mi padre también tenía un papá y una mamá. Recuerdo que sufrí más por él que por mis abuelos y, por primera vez, pensé que la vida no era eterna, nada de eso, ya ni siquiera me parecía tan larga.
Nosotros dejamos de visitar el pueblo con tanta frecuencia, y cuando lo hacíamos, ya nadie parecía disfrutar realmente pasando los días allí. Sentado en el patio de la casa de abuelita, me sentía tan vacío y abandonado cómo la casa de David.

Nunca más he vuelto a verlo, y ahora que ya no soy un niño, comprendo que todas aquellas lágrimas que derramé en mi cuarto, añorándole, eran las mismas que bautizaban mi actual carácter. Que aquella cajita de madera que aquel verano me regaló mi amigo David no contenía nada, pero se iría llenando lentamente con el tiempo…

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

PERCEVAL

MAMA.jpgPerceval, os estoy perdiendo, como las olas se pierden en el mar.
Os estoy destruyendo, como las guerras destruyen las ciudades.
Mi pequeña barca va a la deriva de una forma cada vez más peligrosa, pero porque os quiero con toda el alma, os pido con humildad perdón y otra oportunidad.
Siento tanto haberte hecho daño… pero la vida, a veces, te juega estas malas pasadas.
Sigue escribiendo, que lo haces muy bien y puedes ayudar a otras personas.

Merche. 3-11-93

"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

SUERTE

Suerte.jpgHoy soy una jodida ulcera en el estomago de mi propio destino. Hoy soy el único sendero, la silla mas incomoda, soy el despertador que menos madruga. Hoy soy comida para peces, pero vosotros ni siquiera sabéis nadar. Hoy mi suerte es como un puñado de burbujas de jabón escapándose por la ventana del despropósito, aunque no por ello, voy a malvenderos mi buena estrella.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

DÍA DE LA MADRE

MamaconIvan.jpgLa magia de cada una de tus mejores intenciones, la lucidez de tus palabras cuando fueron sabias. El valor de tu mano cuando dirigió firme y segura.
La ternura de tu regazo en aquellos momentos en los que, en la tarea de ser madre, luchaste por ser mejor que ninguna.
La esencia de tu carcajada inolvidable, de tu sonrisa generosa y sentida. La virtud de todo tu amor, cuando quiso ser inagotable, romántico en desmesura.

Todo esto madre, seguirá por siempre en nosotros, porque el resto, se lo llevo tu repentina muerte y la mar revuelta de una tarde de diciembre. Tarde embravecida en tormenta de agua, sal, viento e ira; en el silencio anclado de reunir nuestras fuerzas para asumir con templanza y dignidad tu despedida. Y con la tarde quejándose, resacosa, bajo un cielo gris plomizo, nuestro padre se enfrenta al mar y a la hosquedad, cruel y amenazante, de este enorme vacío que dejas. Tratando de sobreponerse, de guardar la compostura, entra con decisión en las aguas. Solitario y erguido en un febril desamparo, que es a la vez también el nuestro, es consciente de estar perdiendo mil batallas con cada ola que va siendo teñida con el gris de tus cenizas.
Los segundos se atropellan, los unos con los otros, y su corazón, desbocado, le agita la respiración. Trata de preservar consigo y para siempre esos instantes, a la vez que las aguas del Cantábrico congelan de frío sus piernas.
Y poco después, vuelve a nosotros, simulando un halo de esforzada entereza, arrastrando espuma con sus pasos descompasados, con el semblante marcado y la mirada perdida. Y nos encuentra sujetos a un abrazo, asomados a la orfandaz infinita de una ensoñación brutalmente extraña y surrealista, juntos y unidos en un llanto silencioso, esperándole allí quietos, en la orilla.

En silencio nos alejamos de una playa cómplice de nuestro secreto, nos alejamos del mar, de la arena, los susurros, los quejidos y el viento; nos alejamos despacio, para dejar morir así la tarde. Tarde en la que de nuevo y por última vez, nos hablaron de ti los elementos; tarde toda poderosa en la que estabas, madre, más presente que nunca. Para no olvidar tu gran coraje, tu amor generoso, tu magia, y el significado final de tu eterno mensaje. La dulzura, la dulzura, la dulzura.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

Y PASEÉ EN MI LLANTO

llanto.jpgY paseé en mi llanto, cuando el cielo estaba tristemente cubierto y las montañas parecían más verdes.

Y paseé en mi llanto, cuando subía la marea, aciaga y rotunda, cuando la brisa, transformada en huracán, arrojaba mil gotas de lluvia sobre mi cara.

Y paseé en mi llanto, con espuma y sal en mis labios, con el recuerdo dulce de los tuyos y el corazón de arrecifes desgarrado; y paseé sin importar el tiempo y sin tener a nadie a mi lado.

Y paseé a lo largo de la orilla, mientras en la arena se hundían mis pies descalzos; mientras mi camisa bailaba con el viento, empapada como mi alma, de mar, sal, lagrimas… y de dolor amargo.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

EL SOTANO DE MI ABUELA

abuela.jpgLa casa de mi abuela tenía una cocina y mi familia entera comía en ella.
La cocina tenía grietas por la humedad y los años y estaba inclinada hacia un lado porque era vieja.
-Algún día el suelo se abrirá y caeremos todos al sótano.
Decía mi abuela, pero al final todos comíamos la fruta en la cocina inclinada y terminábamos la limonada.
Un día, el vaticinio de mi abuela se santiguó en la iglesia de la realidad, el suelo se abrió bajo nuestros pies y las grietas se hicieron por fin adultas. Creo recordar que conseguimos salir todos a tiempo, aunque siempre se habló de la posibilidad de que, en aquel fatídico día de verano, alguien cayera al sótano.
La gente corría y gritaba, mientras la mesa, las sillas y los platos se hundían para desaparecer junto con el suelo desquebrajado. Yo, mientras, sentado en el jardín, lo observaba todo atentamente.
-Esto no pasa todos los días, así que hoy debe ser un día muy especial.
Pensé, sintiéndome con suerte de poder presenciar algo semejante. Sin embargo, creo que mi abuela no pensaba ni sentía lo mismo, porque pude ver como ella, en silencio, lloraba sin cesar, a moco tendido. A mi abuela le llamamos siempre abuela pero es en realidad mi bisabuela, la llamamos así, porque sin querer, nació en el mil novecientos y ya está un poco vieja la pobre.
A pesar de las lagrimas de mi abuela, todos seguíamos observando aquel fabuloso espectáculo. Aquel enorme agujero estaba hambriento y se tragaba en su estruendo los muebles, los cuadros y hasta aquel calendario que cambiaba de Virgen cada mes.
Primero comenzaron a llegar las vecinas y luego los turistas del hotel, al final, prácticamente era media Cantabria quien aplaudía y vitoreaba disfrutando del espectáculo. Mientras, yo me comía un bocadillo de atún y mi abuela continuaba llorando lagrimas de cocodrilo. Nunca he sabido realmente cuando mi abuela lloraba de tristeza o de felicidad.
El ruido se detuvo con el sonar de las campanas de la iglesia y todo terminó. La gente marchó satisfecha a misa y yo también me fui, pero a comprar un helado donde Petri y a jugar con Ainoa y las mellizas. De esta forma fue como pude presenciar personalmente la manera en la que la casa de mi abuela se quedó irremediablemente sin cocina y también, muy probablemente, sin algún invitado despistado, que creyendo que terminaría cayendo en el sótano, acabó, ni más ni menos, que en el puto infierno. Pobre desdichado, no saber como todos nosotros que en la casa de mi abuela nunca existió ningún sótano.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

ESCRITO PERDIDO

surreal4.jpg

Recuerdo que un día de Agosto, recién llegado a Alemania, escribí un pequeño relato sobre un sueño que tuve, pero sin saber muy bien ni como ni donde lo perdí.
Se han precipitado los días y los meses tan deprisa como una fila de fichas de domino, empujándose unas con otras. Puedo notar como dos bellas mujeres unen dos momentos distintos con un largo y hermoso lazo de seda. Uno me hablaba de empezar, descubrir, aprender, enfrentarse. Y el otro, meses después, de olvidar, superar, añorar, emprender, luchar… terminar.
Recuerdo que aquel era un escrito en el que yo hablaba de alguien que se transformaba en muchos animales distintos. Era un escrito estupendo, con un buen mensaje al final que tampoco consigo recordar.
Ahora sale el sol, mi cabeza parece ser una mandarina pelada y el resto del mundo son solo una bandada de pajarracos acechando mis jugosos gajos. El temor sigue siendo una sombra desnuda para mis veintitrés heridas mortales, pero nunca más desperdiciaré mi tiempo pidiéndome perdón a mi mismo. Por esto continuo bebiendo sangre robada de vuestro templo, cuando las noches son mugrientas y nos separan…
Perdí aquel relato y en su lugar escribí otros muchos, y también conocí lugares y gentes nuevas. Encontré un sendero en la piel de un Dios de alquiler, alejado de vuestra prisión de nubes sangrientas. Y me aferré, desesperado, a mi soledad para no doblegar mi paso esperanzado. Y aquel devaneo que pensé duraría solo algunas semanas, se transformó en un inesperado noviazgo de casi un año.
Llegaría el final de mi historia en Alemania, sin saber que volvería, entendiéndo que la felicidad ni se busca ni se alcanza, la felicidad se desarrolla y eso conlleva tiempo… El tiempo necesario para descubrir que aquellas dos hermosas mujeres solo eran dos ratas muertas pudriéndose lentamente en mi ventana.
Me siento en mi cama, saco un papel, un boli y sonrío. Voy recordando mi sueño, mientras comprendo que aquel lazo de seda une un principio con su final y que, en realidad, nada y a la vez todo se puede resumir en algo tan simple como eso.

Iván Sáinz-Pardo
"El Sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

AMOR DE VERDAD

Amor-verdad.jpgNada me indicó el camino a seguir, pisaba en falso.
El mundo estaba formado por montañas de sal y morfina; subir, subir, tenía que seguir escalando…
Pero yo siempre volvía a lo mismo, mientras la soledad y el hastío de verme estúpidamente ensimismado en mis propios pecados, convertía en ruinas mi vida. Adormilado en mi lago de frustración, sintiéndome como el monstruo del Lago Ness, invisible ante mi propia existencia, conocí a la chica rubia. Después entendería que ella solía relacionarse únicamente con tipos asiduos de la “Beauty”, pero esa noche fue el Jaco quién se presentó en mi apartamento con una sonrisa millonaria y con la chica rubia y una amiga suya colgadas del brazo.
Como era de esperar, aquella noche se escapó por la puerta habitual, la de atras: Alcohol, farlopa, whisky, unos porros y al final terminé bajandome en la parada equivocada y follandome a la amiga.

Pasaron dos años y las cosas parecían haber tomado un insólito rumbo. El Jaco había aparecido muerto meses atrás en Carabanchel de treinta y siete puñaladas. Treinta y siete días antes, le habían metido en la cárcel por degollar a un gitano en una reyerta. Del Jaco me quedaron muy pocas cosas. Entre ellas mi regalo de cumpleaños. Una pistola Taurus PT-100 de calibre 40.
Mientras, llevaba ya casi trescientos setenta días viviendo con la chica rubia. Su amiga follaba estupendamente, pero yo estaba idiotamente enamorado de aquella mujer rubia tan bella y perfectamente imperfecta. Su cariño, sus atenciones, su compañia, de alguna extraña forma que nunca llegaré a entender, conseguía mantenerme en una especie de paz negociada conmigo mismo. Ella era la protagonista de una Era floreciente en la historia de una civilización tan muerta como la mía.
Ya se sabe que quien se casa con la heroína no tiene amantes, pero yo la amaba de verdad, o al menos eso pensé siempre. Ella era una puta, una ramera, aunque eso sí, de las caras; esas putas de diseño a las que, primero, hay que emborracharlas de champán francés y llevarlas a un buen restaurante, para que, después, te hagan en un hotel de cuatro estrellas exactamente lo mismo que una vulgar fulana en un misero motel. Pero lo que también es cierto es que, de todas las putas, esta era la más hermosa, y lo que es aún mucho más importante, tenia estilo. Y claro, todo el mundo sabe que no hay nada más arrebatadoramente irresistible que una puta con mucho estilo.

Los meses a su lado transcurrían deprisa y los días se deslizaban entre el sabor salado y placentero del sexo, entre las conversaciones perezosas del hachís y el vértigo de la aguja. Pero aquellos meses de autodestrucción acumulaban montañas de sal, sal y soledad compartida supurando nuestras heridas. Cada noche discutíamos de nuevo. La droga deja de ser tu compañera cuando no la veneras. La droga te traiciona cuando dejas de creer en tus propias mentiras. La droga sabe a insatisfacción cuando te recuerdan quién eres realmente. La droga dirigia con rigidez impecable la orquesta de nuestros días y de nuestras noches y nuestras discusiones bailaban siempre al ritmo de una composición maldita.
Aquella noche, ella me llamó yonky de mierda, me dijo que era un muerto de hambre, escoria. La pateé en la cara y en el cuerpo, le fracturé dos costillas. Después me presenté en el hospital, la quería.
Sin embargo, una vez más, prometimos no volver a discutir, mientras ella olisqueaba esas flores que había traído conmigo. La besé despacio y ella me dijo que era un maldito cabrón, pero que me amaba y no podía evitarlo. Mientras encendía un cigarro, le pregunté si creía realmente que mi mundo era de verdad. Ella, con su cara morada me hizo abrir los ojos:

-Toda tu vida es una farsa, yo soy también de mentira, tu vida es únicamente un depósito de agua contaminada con enormes peces multicolores.

Pasamos otros seis meses juntos, chapoteando en nuestro charco de conformismo y mentiras.
Ella decía haber dejado la prostitución, pero yo sabía que se lo seguía haciendo con algunos de sus antiguos amiguitos de la “Beauty”. Mi polla de proletariado le sabía a poco, mi apartamento de alquiler, mis trabajillos temporales, mis manías, mis costumbres simples y primitivas, hasta mi droga era para ella la droga de los pobres. Yo lo dejaba pasar todo como si en realidad no supiera nada, pero cada vez que ella volvía a repetirlo, yo sentía un desgarro mayor, una mediocridad amarga y visceral, un extenso vacío.
Ella no podía renunciar al placer del lujo y del dinero, pero me amaba y por ello regresaba a casa cada una de las veces, transformándose para mi, fingiendo ser feliz con las cosas que a mi me hacían feliz. No sabía que nuestro amor nos destruía más que el veneno diario de la dosis.
Ella la coca y el éxtasis y yo el costo y la heroína, ella el champán y yo la cerveza, ella la televisión y yo los libros, ella el marisco y yo la carne… Prefería discutir a diario, los insultos, los puñetazos a aquel silencio en la cama, aquella mortal indiferencia.

Una mañana, al despertar, me la volví a encontrar una vez más sentada en el water, desnuda, con el cañón de mi regalo de cumpleaños metido en su boca; ella solía hacer cosas así a veces, para llamar mi atención y recibir mi consuelo. Estaba despeinada, ahogada en lágrimas, con el rímel corrido, fruto de toda una noche sin dormir, y me volvió a repetir que si me seguía acercando a ella, apretaría el gatillo.
Los años, las drogas y nuestra relación la habían deteriorado notablemente, pero seguía siendo una mujer increíblemente hermosa, una puta con estilo, la mujer que yo quería, aún así, en aquellas circunstancias.
Me acerqué a ella muy lentamente, como solía hacer otras veces.

-Tranquila, shsss… tranquila.

La miré a los ojos mientras ella, dócil e indefensa como una chiquilla, me devolvía una mirada destruida.

-¿Me quieres? Me preguntó entre sollozos.

-Sabes que sí, pero ahora devuélveme la pistola ¿vale?…

Agarré despacio la pistola con una mano, ella la sujetaba todavía con las dos manos y mantenía el cañón apuntando a su boca.

-Me quieres, lo sé, pero te pregunto si me quieres de verdad.

Y nos acorralaron los minutos de silencio y miseria más largos de nuestras vidas. De rodillas, en frente de ella, finalmente respondí:

-No llores más mi niña. Nuestro cielo es un vientre oscuro de estrellas rotas. Nuestros días y nuestras noches son sonrisas de seda tejiendo el velo que encubre la cara del gran impostor. Ese impostor, mi vida, soy yo, ese es mi jodido destino. Ese cabrón vacío de alma soy yo mismo. Pero te quiero, te quiero de verdad.

Me di una ducha para quitarme de encima aquel amasijo de vísceras sangrientas. Me metí un pico, y al tumbarme de nuevo sobre la cama, cerré los ojos y llorando en silencio, prometí no volver a preguntarme nunca más sobre lo ocurrido.

El mundo estaba formado por montañas de sal y morfina. Subir, subir, tenía que seguir escalando…

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

LA PARADA DEL ARBOL SIN SOMBRA

arbol3.jpgFuego, tierra y universos de madera dentro de mí…
Despierto entre astillas y estrellas rotas, tumbado sobre el polvo rojizo.
La luna, esta noche, es una canción de Jazz en mi cabeza, derritiéndose lentamente en mi vendetta interna. La luna, esta noche, es un corazón de leche, cómplice y testigo de como mis amigos continúan escondidos en casas lejanas que no conozco… bajo las alfombras.
Mi país es un susurro de hojalata, es una sombra que respira extrañamente y me espera acurrucada. Mi hogar no bebe de mi mismo vaso y nunca se refleja en mi espejo.

-¡Vete al infierno y no me esperes, permaneceré un poco más en todo lo que soy y en todo lo que nos separa. Es demasiado tarde, ya quemamos todas nuestras naves.

El árbol sin sombra nos espera a todos en algún sitio, entre el rumor de la felicidad y el constante llanto del dolor. Sus raíces son como el manantial de nuestra existencia: nos retiene y es leche; nos aísla y es vino; nos sustenta y es sangre. Y mientras, paso mi vida besando instantes, transformando circunstancias, tentando destinos.

Ya en el autobús, beso con inusitada ternura a dos jóvenes que no conozco. Su respiración, cercana, acaricia mi pecho en un escalofrío turbio y extraño. Acaricio sus mejillas suaves y me empapo de su fragancia, aroma aterciopelado y femenino que, gratamente, me acompaña hasta uno de los asientos traseros. El suspiro con el que me dejo caer, al estrellarse contra el cristal de la ventana, se trasforma en un vaho grisáceo, en un mar de esmeraldas y de vaporosos guiños.

-!Qué dulce eres!, exclama la muchacha más rubia, a la vez que se sienta junto con su amiga muy cerca de mi.

-!Odio ser dulce!, odio ser más para los demás que para mí mismo, la replico. Odio ser lo que soy más veces de las que puedo sentirme ser yo mismo, porque los días mientras tanto, vienen y se van vacíos…

Y la amiga, me mira y añade:

-¿Sabes?, no te marcharás sin darnos otro beso.

El autobús va haciendo paradas de vez en cuando, al tun tun, sin ningun orden ni sentido. Quisiera saber a donde nos conduce este maldito autobús, preguntarles a ellas, pero mi mirada errante lleva ya demasiados minutos en otro mundo, así que permanezco abstraído, dejándome llevar únicamente por ese manantial de luces y sombras al otro lado de la ventanilla...

En el escaparate de mi vida, echo de menos los consejos que fueron faros de luz perfecta en mi oscuridad infantil. Echo de menos la camaradería de aquellas amistades puras e inmaduras, amistades unidas por el quebrar sordo e intemporal de los días de colegio.

Y finalmente dirijo mi mirada a ellas de nuevo, que siguen allí, calladas, a mi lado, y las digo:

-Vosotras dos no os marchareis sin antes escuchar el cuento de “El herrero enamorado”:

“Érase una vez, un herrero muy trabajador que vivía en un pueblo precioso lleno de gente feliz. Trabajaba durante todo el día y también durante parte de la noche. Su misión era la de fabricar armas suficientes como para poder defenderse del otro pueblo vecino, también precioso y lleno de gente feliz.
Debido a la importancia de su misión y a la gran responsabilidad que suponía, el herrero siempre aprovechaba cualquier momento para seguir con su trabajo. Sin embargo, aquel día de verano se presentaba inundado por una especie de ira ciega e inaudita, y el herrero se sentía inquieto y algo excitado. Las notas del trovador sonaban por primera vez extrañas en el tintinear caprichoso de la tarde.”

Las dos jóvenes escuchan con atención como con mis palabras voy dando forma y vida al cuento. Mientras, con cada parada, la gente va abandonando paulatinamente el autobús. Se bajan a puñados para tumbarse delante de las ruedas y esperar de esa forma su muerte. Arrancamos de nuevo para atropellarles y continuar con nuestro disparatado viaje.
De esta forma, tan absurda como inamovible, y de forma progresiva, vamos quedando menos.

“Pero un ángel apoyó la cabeza en el yunque del herrero y todos sus destinos se desvanecieron en los límites de un horizonte embriagador y desconocido; lejos de su ámbito humano, imperfecto y limitado.
El herrero se había prometido a si mismo continuar para siempre con su trabajo para salvar así a su querido pueblo. Ellos contaban con él. Y él únicamente deseaba convivir con su destino y su misión, acompañado de tal responsabilidad. Sin embargo, aquella tarde, su propósito se había envenenado por una repentina demencia de amor. La atractiva hija del gran poeta de su pueblo, le rondaba en las cálidas tardes de aquel verano y él, indefenso, preso por su belleza, no podía evitar dejarse arrastrar por una pasión desmesurada y todopoderosa. El herrero, enamorado, desatendió por primera vez en toda su vida su importante labor para escaparse con la hija del poeta a la tierra de los lagos. Su vida, también por primera vez, tendría una finalidad y una dedicación distinta. Y fue así como juraron amarse para siempre y formaron una familia.
Y pasaron los años y aunque eran felices, la idea de haber sacrificado de aquella forma a su pueblo, seguía atormentando la cabeza del herrero, y cada mañana, observando a sus hijos y a su querida y bella esposa, se preguntaba si todo aquello realmente había merecido la pena.

Una tarde un campesino llego a la tierra de los lagos, arrastrado por motivos no demasiados concretos y por el viento racheado del Otoño.
Encontró la casa del herrero y fue recibido, como era costumbre, con gran hospitalidad, pues además las visitas por allí no eran demasiado frecuentes. Y fue gracias a la visita de aquel extraño por lo que lograron enterarse de que su antiguo pueblo seguía intacto; tan bonito, prospero y lleno de gente feliz como antaño.
Había ocurrido que, el herrero del otro pueblo precioso de otras gentes felices, se había enamorado igualmente de la hija del otro gran poeta del pueblo, y en esos momentos, vivían felices y formaban ya una familia en la tierra de las flores.
De esa forma, los dos pueblos vecinos, sin las armas suficientes como para poder guerrear, habían decidido continuar con la dichosa tarea de ser tan solo humanos a medias.”

Finalizo mi cuento a la vez que el conductor nos hace una señal. Ya solo quedamos nosotros y ésta es sin duda la última parada. Nos bajamos, y para cumplir con lo acordado, las beso con ternura.
Los tres nos tumbamos juntos en el suelo. Nos estiramos delante de las enormes ruedas de aquel autobús negro. Cerrando los ojos, saboreo sin ninguna tristeza este agradable y embriagador conformismo. Medio ensordecido por el ruido del motor, que ya arranca, puedo oír aun las voces de las dos muchachas, riendo felices, a carcajadas. Agarro entonces sus manos y río con ellas. Sé que llega el final, cuando vuelvo a abrir por última vez los ojos y descubro, ante nosotros, el árbol sin sombra. Entre las risas y el crujir de nuestros huesos, catapulto mi voz en busca de los limites de algún otro infinito… hacia algún lugar muy lejano, a años luz de la inaceptable realidad de estar muerto.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329
07/03/2005 23:17. Enlazarme. EL SENDERO DE LA OVEJA NEGRA No hay comentarios. Comentar.

PINCELADA

vaca.jpgUna vaca de madera atravesada por una servilleta de papel. Una casa de chocolate y gente de juguete. Candelabros, plantas por todas partes y cuadros robados del museo del terror… abnegación camuflada en paredes de diseño.
Tejados afilados como los niñatos que escuchan “Rave”. Madres atolondradas con pies de plomo y maridos con su cordón umbilical conectado a la cortadora de césped.
Críos que ya nacen con un casco fosforito soldado a la cabeza y una bicicleta bajo del culo. Señoras mayores con gafas, sombrero y bicicleta; bicicletas con señora mayor, sombrero y gafas; sombreros con gafas, bicicleta y señora mayor.
Hoy paseo bajo un cielo gris perenne, y me pregunto, antojadizo, si de verdad toda esta gente de rostros arrugados y sandalias con calcetines blancos, fueron jóvenes alguna vez. A mi no me engañan, sé que siempre fueron así, infinitamente aletargados en el tiempo que no transcurre para ellos en Alemania.
La ansiedad como un virus sin catalogar, molinillos de viento en el jardín y alfombras repartidas por el suelo como islotes en un verdoso pantano. Cerveza, cocodrilos y enanos insensatos. Lluvia de agua con gas, pan negro con mantequilla y una vaca que me mira siempre complaciente… una vaca de madera atravesada por una servilleta de papel

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329
05/03/2005 23:17. Enlazarme. EL SENDERO DE LA OVEJA NEGRA No hay comentarios. Comentar.

EL NIÑO DE LAS CUATRO LUNAS

utero.gifEn el mundo de las cuatro lunas hay una canción que habla del mar y se repite hasta transformarse en lágrimas, corazones y colores desteñidos.

Un niño con corazón, un niño desteñido por las lágrimas, vive aferrado a una canción que habla sobre el mar y escribe, solitario, dentro de un vientre de alquiler.
Sus ojos son irresponsables y evitan siempre guiarse por el sendero sabio de sus venas. En él hay caminos, hay sueños y aspiraciones, pero todo parecen ser falsas promesas, porque sus venas son únicamente tuberías de plomo intoxicando el licor de su sangre enferma.

Despierta envuelto en el mismo olor rancio y húmedo de cada mañana, y a veces, pueblan en su alma los tentáculos del miedo, como raíces y nervios que crecen precipitadamente.
El niño escribe dentro de un vientre muerto y no quiere salir fuera por si la vida solo fuese la extensa soledad de una madre muerta. Quiere evitar ese vacío que le acompaña cada vez que trata de emprender de nuevo la huida, esa devastadora soledad que el tiempo va incrustando en sus labios.
El niño tiene un corazón grande y el alma de un color desteñido. Su canción se repite, como eco imposible en sus entrañas, y se multiplica en lunas huérfanas de noche y en cascadas de tiempo.
Y hay un jardín de sombras allí afuera, donde la lluvia es pegajosa como la miel, y también un pequeño puente de hierro, manchado por la herrumbre, que da cobijo a las palomas.
Pero esta vez el niño es adulto y mama leche de un pezón rosado. Esta vez el niño es un bebé y mira extraño a través del espejo... Esta vez, el niño naufraga en misteriosas derrotas personales; llora, grita y se alimenta únicamente del eco de su propio llanto, trata de dormir secuestrado por el eclipse de sus cuatro lunas.

Alguien salta al vacío, alguien corre las calles, alguien regresa a casa, alguien sobrevuela nuestros paraísos astrales, alguien mendiga lo que nunca tuvimos, alguien muere sin demasiada prisa… y ... !Shhhh... el niño duerme!

Y es cuando despierta, cuando decide lanzarse a la calle y, por unos instantes, tiene miedo. Tiene miedo mientras atraviesa el puente oscuro y el jardín de las sombras. Las palomas, aún adormecidas, menstrúan su furia, sangre que llueve sobre su cabeza en tardes grises de ceniza.
Apretando los dientes, escribe con la sangre sobre el pergamino de los días, y camina sin descanso en busca de un mar que aún no conoce. Y aún sabiendo que no llegará más allá de donde alcance el sonido de su propia canción, en silencio, se promete así mismo no detener su paso hasta llegar a la costa.
Deja atrás el puente, y la oscuridad, y el jardín, y las sombras, y el miedo, y anda con decisión, estirando mucho el cuello, para mirar, desde lo más cerca posible, cara a cara al cielo, y retarlo una vez más.
De nuevo intentará huir muy lejos…

Quizá únicamente allí donde comience el mar, pueda vivir feliz, sin el triste influjo de sus cuatro lunas.

Iván Sáinz-Pardo (”El sendero de la oveja negra” P.A.L.M.@)




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