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AMARILLO IMPOSIBLE

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Amarillo, y hoy la tierra tiene miedo de nosotros y de nuestra brutal locura. La tierra nos teme. El aire esta lleno de almas. Almas descoloridas, pálidas, sin olor, ni tacto. El cielo está lleno de almas, lo sé. Tres mil almas al menos, flotando sobre el cielo estrellado de Afganistán.
Pasean las almas sus gemidos de alambre. Los hijos aniquilan a su madre, cegados por la dictadura de sus propias mentes asfixiadas y corruptas. La muerte febril se balancea, siempre inoportuna, porque nunca hay un buen momento para morir cuando sólo se conoce la vida. Morirse es como borrar el dibujo de nuestro nombre de un encerado. Sangre, fuego, agua y almas sobrevolando nuestras cabezas dibujadas con tiza.

Amarillo imposible. Hoy el aire está lleno de almas, almas como ratas sin esperanza, atrapadas en el fondo de una piscina vacía. Miles de hijos aplastados contra la tierra madre. Liberadas las almas de sus cuerpos y los sueños de sus realidades, sólo cabe esperar a que cada cosa vuelva a su lugar, sea éste cual sea.

Hoy el aire está lleno de almas, pululando en acechantes bailoteos y no sé si descenderán hacia nosotros, o si por el contrario, marcharán, titubeantes, por el agujero del ozono. Me estremezco al pensar en esos cuerpos sin vida. Tres mil o cuatro mil, ni más ni menos. Mil, dos mil, tres mil, cuatro mil, que sencillo es nombrarlo, enumerarlo.

¿Cómo serán mil cuerpos callados, inertes, desnudos de vida? ¿Cómo serán cuatro mil cuerpos desarticulados? ¿Cuatro mil madres muertas? ¿Cuatro mil padres sin aliento? ¿Cuatro mil niños sin alma?

Miles de almas golpean esta noche la ventana de mi cuarto y parece que ya nunca vaya a dejar de llover. Las almas son, sin duda alguna, más inteligentes y libres sin la dictadura orgánica de nuestras necesidades físicas, pero la vida, para bien o para mal, sólo se crea a partir del conjunto de las dos cosas. Mi cuerpo se enfría, la piel se transforma en marmol y el susurro incesante enmudece. Sin embargo, hay un eco que perdura en lo que aún soy y me recuerda, una y otra vez, que nuestras pobres almas no son mucho más que mera comida para peces en el jodido y deshabitado estanque de la vida.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

LA MIRADA CIRCULAR

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-¡Joder tío, no te estás enterando de nada!
No entiendo como puede haber gente que se lea de pe a pa el periódico. Con todas esas desgracias. Yo sólo lo hojeo durante cinco minutos y acabo harto de tanta mala noticia.

Sebastián le da una calada a su cigarrillo y continua hablando. Ánthony le escucha sin demasiado entusiasmo, a la vez que pasa las hojas del Bild en busca de la sección de deportes.

-Lo cojonudo sería tener cada uno su periódico particular, con cabida solo para las buenas noticias que uno quiere leer, con el horóscopo siempre a favor y el parte meteorológico anunciando un tiempo de puta madre. ¿No crees? Así, al menos, la felicidad nos duraría cinco minutos al día.

-¡Basler se ha lesionado para todo un mes!
Exclama Ánthony sin prestar demasiada atención a las palabras de Sebastián.

-¡Que le den por el culo, al Bayer lo que le sobran son jugadores!

Ambos quedan en silencio. Ánthony arroja el periódico a un lado del banco en el que se encuentran los dos sentados. Saca un cigarrillo y lo enciende. Ambos observan la fuente de piedra que hay delante de ellos. Allí dos hombres hacen fotos a una señora de melena rubia y nariz afilada. Ella sonríe y posa, masajeándose el pelo, parece divertirse mientras los dos hombres, van buscando distintos planos y posturas y le van indicando.

Sebastián mira por un momento a Ánthony.

-¿Alguna vez?...

Y la frase se queda ahí, interrumpida en el aire. Esta vez es Anthony quien mira a Sebastián.

-¿Qué?... ¿Alguna vez qué?

-No sé, se me ha olvidado lo que te quería preguntar.

El despacho se queda en silencio unos segundos.

-Bueno, no está mal, pero no me jodas que acaba ahí.

-Sí, acaba exactamente ahí. ¡Es genial!, ¿verdad?

Jonás sonríe, excitado por la expectativa del momento, algo acalorado después de la lectura de su guión.

-Es una jodida mierda Jonás, es una jodida mierda y no me digas que has estado siete meses perdiendo el tiempo con esta patraña.

Federico había sido durante diecisiete años su editor y se puede decir que técnicamente su amigo, pero lo cierto es que su rendimiento como escritor había disminuido de forma alarmante desde lo de su divorcio y la reacción de su jefe no era de extrañar.

-Mira Jonás, vamos a hacer una cosa, hoy tengo mucho que hacer. Márchate a casa, deja aquí el guión y vuelve pasado mañana.
Yo, mientras, voy a tratar de pensar en algo. Ya hablaremos entonces.

Jonas abandona el despacho sin hacer ruido, conoce bien a Federico.
Ya una vez dentro del metro, una anciana que va sentada a su lado le da unos golpecitos en el codo. Jonás, dando un pequeño bote, regresa de sus divagaciones.

-Perdone señor, ¿puedo hacerle una pregunta?

La señora continúa hablando sin que a Jonás le dé tiempo a reaccionar.

-Le voy a poner un ejemplo, si yo fuese su tía y usted mi sobrino y quisiera hacerme un regalo, ¿qué me regalaría?

Jonas vacila, algo aturdido, sonríe sin saber qué decir.
La mujer le devuelve amablemente la sonrisa y espera unos instantes la respuesta de Jonás. Una vez más, cuando éste ya se dispone a decir algo, la señora continúa diciendo:

-¿Sabe? Nunca me han gustado las plantas, pero todo el mundo me regala plantas.
Todo empezó hace casi cuarenta años. De recién casada, muchos de nuestros familiares y amigos, por alguna extraña razón, coincidieron en regalarnos una planta. Los regalos de boda suelen ser regalos caros así que aquellas plantas eran plantas enormes, muy caras o incluso exóticas. De esa forma, nuestra nueva casa en vez de un hogar como el de los demás, fue pareciéndose más bien a un jardín botánico o a un invernadero.
Al principio, traté de descuidarlas y olvidarme de ellas a propósito. No me hubiera importado que se hubiesen muerto todas, pero claro, la gente venía con frecuencia a visitarnos y ellos siempre preguntaban por su planta.
Poco a poco, para cuidar tantos tipos de plantas distintas, tuve que ir comprando algunos libros especializados. Los vecinos y todo el resto de la gente que fui conociendo desde entonces pensaban que yo era una apasionada de la botánica, de las plantas y las flores. Lo cierto es que, como digo, siempre las he odiado y sin embargo, he tenido que regarlas, cuidarlas y hasta hablar con ellas. Imagínese que mi marido, que en paz descanse, y yo, nunca pudimos irnos de vacaciones y verano tras verano, nos tocó quedarnos encerrados en nuestro piso, en la ciudad.
A partir de aquel momento hasta ahora no he recibido un solo regalo en mi vida que no sea tierra, fertilizantes, tijeras de podar, regaderas, libros de jardinería o alguna más de esas malditas plantas. Las vecinas, todavía, cada año, me siguen dejando sus plantas en mi casa cuando se van de vacaciones. Al contrario de lo que todo el mundo cree, aborrezco las plantas con toda mi alma, y no me importaría que todas las plantas del mundo fuesen de plástico.

En ese momento, cinco personas vestidas de paisano entran en el vagón y comienzan a pedir los billetes.

-Deutsche Bahn, inspección, ¿puede enseñarme su billete por favor?

Tobías se quita los cascos y revuelve sus bolsillos de mala gana sin decir una sola palabra. Finalmente, encuentra un carnet de color verde y se lo entrega a una señora de gafas que lo examina con aburrimiento.

-¿Monatskarte...? Ummm... Está bien, gracias.

Tobías vuelve a ponerse los cascos y continua observando a la señora del asiento de al lado que aún habla sin parar, y al señor de barbas, que la escucha, visiblemente aturdido, y sin decir una sola palabra. Al quitarse los cascos para buscar su Monatskarte, ha escuchado un poco de la conversación. La señora, según parece, lleva un buen rato dándole el coñazo sobre no sé que asunto de regalos, plantas y botánica. Pero el hombre aprovecha la interrupción de los controladores, se levanta y se despide, la siguiente parece ser su parada.
La señora se queda sentada con una media sonrisa en la cara, parece haber quedado satisfecha después de la conversación.
Frankfurter Ring queda atrás, la próxima parada es Milbertshofen y Tobías, a la vez que sube el volumen de su walkman, bosteza abriendo mucho la boca. Una joven de mirada lánguida y aburrida ocupa ahora el asiento de aquel señor de barbas.
Al lado de Tobías hay otra señora, esta parece bastante mayor, de mirada solemne y porte distinguido y arrogante. Parece una figurita de cera, pegada al Ibertren con una gota de Loctite en el culo. Está ahí, colocada como una pieza de museo, con sus ricitos blancos asomándose por debajo del sombrero y su bolso color café con leche. Viste una camisa con motivos dorados, a juego con el bolso, y desprende ese olor a sudor y a perfume de vieja.
Tobías apoya la cabeza al respaldo y comienza a relajarse con el traqueteo de la máquina. La luz, sesgada, a través de las ventanillas, va moldeando lentamente las formas a la vez que, con su tintineo, se crea la magia de un baile infinito de luces y sombras. Alrededor de la cabina, al ir atravesando la oscuridad de los túneles, el aire parece hervir y cobrar vida propia, transformándose en un mar de cálidas corrientes y hedores intestinales.
Al fondo, la figura de una joven con un bonito vestido de flores y el murmullo sordo de una pareja. Estos discuten afanosamente. Él medio calvo y con los cuatro pelos de detrás de las orejas recogidos en una ridícula coleta. Ella menuda, fea y tetuda, baboseando sin ganas la vainilla de un helado de cucurucho. Ambos permanecen de pie, agarrados a una de esas barras metálicas que siempre se llenan de huellas dactilares y de sudor de manos.
Ya únicamente faltan dos paradas para Hauptbahnhof, cuando por fin la chica del vestido de flores parece fijarse en él. Jörg ha estado durante casi todo el trayecto mandándole miraditas cargadas de intención sin ningún resultado visible hasta este preciso momento en el que ella lo descubre sin demasiada ilusión.
La joven es realmente bonita, labios carnosos, dentadura perfecta, es sumamente atractiva, como un anuncio de neón. Sus caderas venden moda de pasarela, su pelo champú con acondicionador, el escote de su vestido, cigarrillos americanos. Es un anuncio andante y parece también vender cara su atención.
Ésta es su parada así que se levanta con elegancia y abandona el vagón sin mirar a nadie. Con una de esas miradas perdidas y llenas de misticismo que se quedan vagando en la mente de uno durante minutos.
Jörg la observa desde el cristal de la ventana en busca de alguna buena oferta, pensando que sería capaz de ahorrar durante toda su vida, para poder comprar todo lo que ella ofrece.
Ella se agacha y se quita un zapato, así de forma natural y elegante, como lo haría una estrella de cine. Jörg queda hipnotizado, a la vez que siente como un escalofrío le recorre la espalda. Por un momento, le vienen a la memoria algunas imagenes de antiguas películas de Sofía Loren.
La joven se apoya sobre el suelo con el pie descalzo y se deshace del otro zapato. Las puertas dan un bufido, se cierran y el metro comienza a moverse de nuevo. La joven, al otro lado del cristal, echa a andar, descalza, contoneando sus caderas, con los zapatos de la mano. Jörg la observa hasta que desaparece junto con el alicatado de baldosines verdes, las escaleras mecánicas y el resto de la estación. El vagón se sumerge de nuevo en la oscuridad de los túneles y Jörg, ligeramente perturbado, permanece con su cabeza apoyada en la ventanilla.

Quince minutos más tarde entra en un café. Al fondo, sentado en una mesa pequeña y redonda, encuentra a Ánthony que le hace una seña con la mano.

-Eh, tío, ¿que tal?

-Bien, bien, ¿llego muy tarde?

-No que va, yo también he llegado tarde. Llevo aquí sólo cinco minutos. ¿Me traes las cintas?

-Sí, las tengo aquí. Te las he grabado anoche que por fin tuve un rato.

-Muchas gracias.

El Café se encuentra en el centro de la ciudad y en pocos minutos se ha llenado de gente. Jörg y Ánthony han terminado sus cervezas y continúan hablando:

-Bueno, pues resulta que cuando está eligiendo un cepillo de dientes, nota que el individuo ese que tiene a su lado se revuelve de forma extraña en el pantalón. Y cuando mira en esa dirección, se encuentra con que el pavo tiene la polla fuera. Sí, tío, en el supermercado.

Ánthony rompe a reír a carcajadas.

-No tío, no te rías, a mi no me parece gracioso. A mi novia un pervertido le ha enseñado la polla.

Ánthony, se limpia las lágrimas, y tratando de calmar su risa, dice a continuación:

- Bueno, un exhibicionista le ha enseñado el rabo a tu novia en la sección de droguería de un supermercado, ¿no?, bueno, bien, ¿y qué tiene eso de malo?, tampoco es un drama ¿no?

-Joder macho no te enteras de nada. ¿Es que no te das cuenta de la impotencia que siento al respecto? No consigo pensar en otra cosa.

-Jörg, creo sinceramente que estás exagerando. No creo que sea para tanto. Lo cuentas como si por ello tu novia te fuese a dejar o como si se te hubiese muerto alguien.

-Ánthony, tío, esto es algo serio. Si no puedo evitar que mi novia sufra este tipo de percances, ¿qué especie de novio soy? Al igual que ayer le ha ocurrido esto, mañana la puede violar un mendigo, o vete a saber.

-Vamos hombre, no me jodas, una cosa no tiene que ver con la otra. No es lo mismo un exhibicionista que un mendigo violador.

-Sí, ya, ¿pero qué jodido mundo es éste en el que no puedes dejar tranquilamente a tu novia, a tu hermana pequeña o a tu madre ir solas de compras o a dar un paseo al parque sin que un puto pervertido las acose con su polla enferma de enfermo mental?.

-Escucha Jörg, si en este país somos al rededor de ochenta millones de personas las que convivimos juntas, al menos la mitad somos tíos. Eso significa que no puedes obsesionarte con tratar de controlar que cuarenta millones de rabos permanezcan dentro de sus cuarenta millones de braguetas. Bueno, y a todo esto, ¿tu novia cómo lo lleva?.

-No, si ella apenas le da importancia...

-Oye Jörg, mira, no te preocupes más por esto ¿quieres? Gracias por lo de las cintas. Me tengo que ir, he quedado para ir al Imax y ya se me está haciendo algo tarde.

-Bien, vale, yo también me tengo que ir, hoy ensayo con el grupo.

Ambos salen del café y se despiden. Ánthony acelera el paso y consigue llegar al Deutsches Museum con el tiempo justo. Sebastian ha sacado ya las entradas y le esta esperando en la puerta. Ambos entran en la sala.

Tras la película, Sebastián y Ánthony deciden sentarse en un banco.
El Otoño empieza a hacerse notar, y los días, comienzan a ser cada vez más cortos. El Isar, crecido por las lluvias, arrastra la hojarasca dorada y las ramas desprendidas. Las nubes parecen engordar y apelmazarse formando un preñado manto de lana ennegrecida. El sol parece tener prisa por marcharse y en pocos minutos barre el horizonte tiñendo el cielo de heridas violetas.

Ánthony hojea un periódico y Sebastián, después de comentar algo a cerca del documental, enciende un cigarrillo.

-Menudo día más asqueroso he tenido hoy. ¿Sabes lo que pienso?, creo que existen tres tipos de días, al igual que existen tres tipos de casi todas las cosas. Existen refrescos grandes, medianos y pequeños. Semáforos en verde, naranja y rojo. Camisetas S, M, y L. Existen las buenas clasificaciones, los aprobados y los suspensos. Y por lo tanto, también existen tres tipos de días. Los días buenos, los días normales y los días de mierda.
Bueno, pues hoy he tenido un día de mierda. Bueno, el documental no ha estado mal, ¿no? …

Ánthony, sin desviar la vista del periódico, contesta de forma automática:

-Sí, los días de mierda son una mierda.

Sebastián continúa hablando concentrado en sus divagaciones, sin tomar en cuenta la escasa atención que le presta en esos momentos su amigo:

-Y pienso que los días buenos necesitan de los días de mierda y al contrario y que ambas clases de días se respetan así mismos aún a pesar de ser tan distintos. Y claro, dentro de estos tres tipos de días existen a su vez tres subclasificaciones. Porque los días buenos pueden ser días buenos, días muy buenos, o días de puta madre. ¿No crees?

-Sí, sí, de puta madre.

-¡Joder tío, no te estás enterando de nada!
No entiendo cómo puede haber gente que se lea de pe a pa el periódico. Con todas esas desgracias. Yo solo lo hojeo durante cinco minutos y acabo harto de tanta mala noticia.

Sebastián le da una calada a su cigarrillo y continua hablando. Ánthony le escucha sin demasiado entusiasmo a la vez que pasa las hojas del Bild en busca de la sección de deportes.

-Lo cojonudo sería tener cada uno su periódico particular, con cabida sólo para las buenas noticias que uno quiere leer, con el horóscopo siempre a favor y el parte meteorológico anunciando un tiempo de puta madre. ¿No crees? Así, al menos, la felicidad nos duraría cinco minutos al día.

-¡Basler se ha lesionado para todo un mes!

Exclama Ánthony sin prestar demasiada atención a las palabras de Sebastián.

-¡Que le den por el culo, al Bayer lo que le sobran son jugadores!

Ambos quedan en silencio. Ánthony arroja el periódico a un lado del banco en el que se encuentran los dos sentados. Saca un cigarrillo y lo enciende. Ambos observan la fuente de piedra que hay delante de ellos. Allí dos hombres hacen fotos a una señora de melena rubia y nariz afilada. Ella sonríe y posa, masajeandose el pelo, parece divertirse mientras los dos hombres van buscando distintos planos y posturas y le van indicando.

Sebastián mira por un momento a Ánthony.

-¿Alguna vez?...

Y la frase se queda ahí, interrumpida en el aire. Esta vez es Ánthony quien mira a Sebastián.

-¿Qué?... ¿Alguna vez qué?

Sebastián, por un instante, siente como si el tiempo frenara su marcha.
Su cuerpo se estremece y su rostro palidece en uno de esos instantes en que la vida parece perder su temporalidad ordenada y lineal y pensamos haber vivido ya anteriormente, en realidad o en sueños, un momento concreto y no escogido de nuestro presente actual. Su sangre parece detener su curso y trás el Deja vu, percibe algo así como una revelación.

Sebastián gira su cabeza en dirección a la de Ánthony, y mirándole profundamente a los ojos, continúa preguntando:

-¿Alguna vez, estando entre dos espejos, has probado a mirarte fijamente a los ojos?

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

COCO

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Bellísimas formas se apoderan de mí esta noche, cuando el silencio es fértil y poderoso. Cuando el silencio habla por los dos, tú te muestras tan linda y yo te añoro aún antes de tus ausencias.
Invencibles los temblores de la pasión inesperada y el descubrimiento, cuando la noche graba nuestros nombres en sus mensajes estelares y nos premia con sus fragancias absolutas. Y el mar está aquí con nosotros, abrazado a la brisa que lo mece y le da vida, lamiéndonos de espuma y sal los pies descalzos.
La luna le susurra al mar un cuento, y tú y yo mi amor, somos los protagonistas. Porque nuestro pasado y nuestro futuro son la carne que nos ciega y nos acorrala, devorando así a dentelladas nuestro presente, nuestros nombres, nuestra cordura.

Bellísimas formas se postraron ante mí, y algo me detuvo. Parecido al miedo a pensar que quizá todo fue demasiado sencillo. Quisiera haberte tenido conmigo mucho antes. Quisiera no haber arruinado mi alma tan temprano. El viento ahora no nos susurraría amargos e injustos alegatos sobre nuestra infelicidad, y tú me preguntas:

-¿Sobrevivirás al infinito de mis lágrimas?

Y yo te besaré entonces, para devorarte como se devoran los animales, en silencio, ausentes de racionalismo y falsa poesía.
Nuestra verdad no nos pertenece. Nuestra verdad vive tan lejos de nosotros como lo hacen la tierra del cielo. Nuestra mentira no nos pertenece. Nuestra mentira son centímetros de carne entrelazada. Nuestros labios curtidos por el mar se buscan a ciegas. Yo me pregunto si eres mía, y tú, mientras, sólo puedes mirar hacia dentro, porque tu alma es un balcón con patio interior y muchas vecinas para espiar.

Cierra tus ojos y siente el escalofrío de caer lentamente. Te hará llorar. Llorarás, llorarás sin motivos. Llorarás sin saber muy bien porqué, y tu piel y mi piel, serán la piel de un mismo Dios. Siéntete música, canción de cuna, porque en realidad únicamente somos notas y acordes de la vida.

Bellísimas formas nos descalifican y nos restan arrogancia.
Sé que la luna es el ombligo de la noche y los lunares las estrellas de tu vientre hinchado. Porque, ¿sabes?, sólo deseo hundirme en tu vientre, acercarme a él y abrazarme a su miedo, a su inocencia, a esa fragilidad que nos une y nos separa.
No quiero discutir más contigo, malvender y ridiculizar más nuestros secretos. No sé quién nos enseñó a conspirar contra nosotros mismos, a traicionar nuestras promesas e ilusiones. Quiero cerrar los ojos y aprender a vivir de nuevo, y quiero que sea a tu lado y al de nuestro hijo.

Bellísimas formas se nos escapan, como la arena entre los dedos de un gigante, y nuestras carencias nos fatigan. No entiendo cómo pude hacer de ti, mi amor, mi enemiga.
No dormirá la noche si su cuento le llena de espantos, no dormirá la noche sin eternidad ni pactos. Pactemos pues una tregua, bebamos de nuestras grietas, construyamos juntos un templo de esperanza que nos enseñe el camino del no enfrentamiento.
Quizá nuestro amor nunca llegue a ser perfecto o infinito, como tampoco lo es el mar, acotado por orillas y montañas. Quizá tu vientre tierra, tu vientre agua, tu vientre fuego, tu vientre amor, recoja todo lo que el tiempo nos ha permitido reunir en la comunión de nuestras solitarias almas. Nada es fácil para ti, nada es fácil para mí, pero lo nuestro no puede morir si en el fondo nos amamos como lo hacemos. Unas pocas semanas más y nuestra ansiedad se consumirá por sí sola. Unos cuantos días más y nuestros ojos permitirán que nos volvamos a ver como antes.

Bellísimas formas y un nuevo pretexto para amarte, porque en realidad es lo único que deseo hacer. Porque la vida no entiende de estrategias anónimas, todas son personales y con nombres propios. Todas ellas son válidas cuando la misión principal es la felicidad.

Aquí junto al mar, mi amor, sellemos una tregua que nos permita respirar, no quiero vagabundear más en nuestro fracaso. Y tu me preguntas qué es lo que pienso, y yo guardo silencio y te beso despacio, mientras siento que estos instantes que nos rodean, esta noche, este mar y esta brisa atemporal, con su complicidad, nos han devuelto la visibilidad en el camino hacia la ternura y también una especie de esperanzadora plenitud.
Y tú me preguntas qué es lo que pienso, y yo únicamente consigo pensar en mi amor verdadero hacia ti y hacia nuestro hijo, mientras te observo tan preñada y tan hermosa, y al oído, te susurro:

-Mi amor, volvamos a casa.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

ORO

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Uno, todo lo que toco lo convierto en oro.
Mi vejiga esta llena de ilusiones extranjeras, así que no pierdo el tiempo en averiguar a que huelen los días, el sabor de la piel de esas horas que no deseo compartir con casi nadie.

-!Que bien hueles!

Te resulto gracioso y me has confundido con otro.

¿Sabes?, Tu cara me suena. En todas las fotos del mundo sonríen niños con tu cara, niños rubios, niños morenos, niños gordos o flacos, niños sujetos a sus gafas o niños agarrados a adultos envenenados. ¿Te vienes a mi casa?

Esta historia es una locura, no debería continuar. Escribiré únicamente si me dejáis miraros y hablaros desde la cumbre de la felicidad, por encima de mis hombros bronceados por los flujos lunares del número dos:
Dos, todo lo que toco lo convierto en oro.
Aparcas el AUDI que te regaló tu papi constructor. Y quieres ser famosa, salir en la tele, haciendo o diciendo lo que sea. Te comerías todas las pollas que se interpusieran en tu sueño putrefacto. Sudemos más, manchemos felizmente tardes verdaderas demasiado limpias, estrujemos todos los sentimientos que se atrevan a llevarnos la contraria. Sonríe, no te vistas aun, no hables, únicamente sonríe y permíteme pintar de nuevo el sótano de tu corazón triste con mi brocha dorada. Prometo no descubrir tus secretos ni leer tus cartas. Tu diario me la trae floja. Resúmemelo todo si te empeñas, que yo me lo beberé después en un batido y en tan solo dos sorbos. Me beberé todas tus conversaciones de ascensor, tus patéticas conclusiones si tú me prometes que tu aburrida vida no me sabrá a plátano pasado. Odio el plátano pasado. Ya solo el olor a plátano pasado pesa en mi ánimo como una hormigonera. Me pides que te abofetee, que te haga daño. Te has dejado tus botas de boutique puestas. Me recuerdas a todas esas otras pijas, insulsas y vacías, a esas amigas tuyas, afiliadas a las pastillas y a la coca de los baños de esas discotecas de ciudad con nombres tan estúpidamente exóticos como burdeles colombianos.

¿Tres?
Tres, todo lo que toco lo convierto en oro.

-¡Me acostaría con todas vosotras en este virado en sepia que me producen las “Yellow”!

Grita un amigo mío lamiéndole la espina dorsal a una tía ahogada en garrafón de lujo. Me acostaría con todas vosotras por motivos tan variados como postres en un restaurante de cinco tenedores. Me acostaría con todas vosotras muy despacito, con mogollón de cariño. Os pediría perdón por cosas que desconocéis por completo, os leería textos inventados sobre vuestras espaldas de cisne enfermo. Os acariciaría con tacto de porcelana, os sedaría con besos de olvido. Bebería de vuestras lágrimas, comería de vuestras sonrisas como un vampiro triste.
Me visto y apago la tele. Huele a tabaco, alcohol y sexo. Te dejo desnuda en el sillón.

-¿Te vas a ir sin desayunar?

-Yo nunca desayuno.

Dos aspirinas y un cortado en un bar de viejos. Una pequeña tele anuncia la llegada de nuevas pateras a las costas del sur. Un sorbo, dos sorbos, tres sorbos, ¿y ahora? ...
Ahora vuelta a empezar. Ahora vomitemos la puesta de sol más bella para todos nuestros enemigos. Os quiero a todos. Os odio a todos. Vendréis a la puerta de entrada a darme la bienvenida con vuestras sonrisas de plástico, mientras yo, apoyado en la puerta de atrás, terminaré de beberme el licor milagroso de todas nuestras despedidas.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

EL ÚLTIMO TREN

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Los martillos de la noche se sacuden la soledad y la cordura flagelada por los años, allá afuera, en la ciudad que hoy se vistió de alas por nosotros. Paralizados en su vía oxidada y mugrienta, tus sueños hablan de una ciudad distinta, con otra gente distinta, pero el único tren con un destino semejante al que tu deseas, arranca sin tí en estos precisos instantes.

"Olvídalo, que se vaya a la mierda, déjalo escapar, ven y sígueme."

Siente ese cosquilleo en tu pecho, ese ahogo de ser un semidiós sin aire que respirar. No hay palabras, no hay eternidad, escucha muy atentamente:

"Hoy ha nacido un lenguaje interior. Estás muerto, como todos y cada uno de nosotros, y ahora, yo soy el jodido dueño de todas las mentiras que tú estás dispuesto a creer."

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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LOLIN

LOLIN.jpgVoy a apretar de nuevo los dientes sin la intención de seguir espabilando esta historia muerta. El cascarón es demasiado estrecho y los bordes punzantes se me clavan en el costado. Todo el mundo está triste a mí alrededor, y yo, mientras tanto, trato de desaparecer cada día transformándome en cosas en las que antes nunca creí. El polen en flor vuela por los aires, lo inunda todo, y mis ojos y mi nariz se irritan sin remedio.

Lolín era una amiga mía del colegio. Íbamos siempre juntos a todos los sitios y recuerdo que también ella tenía una alergia terrible al polen. Lolín era una chica, pero jugaba al fútbol mejor que yo. Lolín era una chica, pero cazaba enormes lagartos verdes y encestaba triples.
Las chicas, en el colegio, acostumbran a jugar a la goma y a corretear histéricas por el patio. Piensan siempre en el día de los enamorados y en hacer a tiempo los deberes. Lolín parecía un chico. Lolín jugaba a las chapas, a hacer rabiar a las otras chicas, a la guerra de piedras, a subir a los árboles, al fútbol, y era cinturón naranja de kárate.
Yo, al principio, me apunté al equipo de futbito sin demasiado interés, y acabé siendo el portero. Lo cierto es que siempre pensaba en todo menos en lo que hacía en cada momento. Nada me interesaba lo más mínimo. Me dejaba llevar, siempre ausente, inmerso en mi propio mundo.
De niños deambulamos como marionetas sin función, nos movemos por ahí, cargando con todas nuestras preguntas y temores a cuestas, preguntándonos si estarán o no suficientemente limpias las manos que, desde abajo, nos mueven y nos dirigen.

-La función va a empezar:

El colegio, moscas en la ventana, bocadillos de tulipán y chorizo, Lorenzo, pepinillos y cebolletas, el equipo A, las Navidades en Puente Viesgo, sed, polvo, ortigas, el Capitán Trueno, aquellos niños perdidos en un laberinto, charcos, los deberes, el miedo a los médicos, alubias y pescado, Informe Semanal, la fiebre, divisiones, cumpleaños, cubatas de ginebra para mi madre, La historia interminable, papel cuadriculado, los helados de Petri, dolor de anginas, películas de vaqueros, raíces cuadradas, pipas saladas, mi tía Eva, peonzas, filetes de hígado, por la tele niños como de mentira en Etiopía, Asun, el dolor de rodillas por el crecimiento, David, las largas horas de recreo, El coche fantástico, la loción antipiojos, las heridas en las rodillas, Hugo y su Spectrum con teclas de goma, los domingos de kiosco, los abuelos, el accidente de los abuelos, mi padre sin sus padres, el comedor del colegio, El planeta imaginario, la lluvia, Juli la profesora, el miedo a la muerte, Canción triste de Hill Street, Togi, las canicas de colores, los intoxicados por la colza, la casa vieja, V, las aburridas clases de natación, los pepitos de chocolate que compraba papá para después de las aburridas clases de natación, los veranos en Puente Viesgo, más cumpleaños, Josefina y Bea, baños en el río, el anti piojos, La bola de cristal, el Cattos y el Artesa, el mal sabor de las lentejas, El increíble Hulk, Jorge García, el miedo a la oscuridad, El Comando G, golosinas, frío, Soco, E.T, petardos, vasos de leche, tía Tere, escritos en el diario, el señor don Ángel, Momo, soldados de plástico, caligrafía, Jorge Redondo, el cinematógrafo, los domingos en el campo, agua estancada, el carnaval, las mellizas, lagartos verdes, el Un, dos, tres, la playa, contar con el abuelo los carros de hierba de camino a la playa, el olor del Visvaporú, Henry, el miedo a que las cosas cambien, Alberto y sus inyecciones de insulina, aquel chandal siete días a la semana, recoger la cocina, el miedo a quedarme solo, el miedo a crecer, el peso de todos los miedos, Lolín, Lolín y su alergia al polen.

Antes de Lolín yo jugaba en el equipo de mi colegio al futbito. Nadie quería ser el portero, yo sí. En la portería, no tenía que estar todo el tiempo corriendo detrás de aquella estúpida pelota y disponía de más tiempo para mis divagaciones. Era mejor esperar allí y tratar de desbaratar las jugadas del contrario.
Yo tenía un traje azul y negro como el de Arconada y unos guantes de portero cuando no me los dejaba antes olvidados en algún sitio.
Creo que, a pesar de mi falta de interés, tenía un don especial para la portería. Lo paraba prácticamente todo, y los padres que nos iban a ver me aplaudían a rabiar.
El único problema eran mis gafas, bueno, mejor dicho, mi único problema eran mis cuatro dioptrías en cada ojo. Era el portero y el único del equipo con gafas.
Tenía la tediosa manía de destrozar unas gafas por partido, y no rompía más porque no solía tener de repuesto. Cuando las gafas se me rompían de un balonazo ya en la segunda parte, no era tanto problema, pero, cuando me las reventaban nada más comenzar, después no me quedaba otro remedio que parar a ciegas todo el resto del partido.
Pero no todas las veces paraba los balones con la cara, a veces también me daban balonazos en los huevos. Todos me aplaudían muchísimo, y yo, mientras, en el suelo, me retorcía de dolor.
Como sólo veía el balón cuando éste ya estaba demasiado cerca de mí, había desarrollado unos grandes reflejos. Pero siempre llegaba algo tarde, y era por eso que nunca acertaba a parar los balones con las manos.
A veces reservaba mis gafas para la segunda parte, que era cuando se resolvían los partidos. En la primera me freían a balonazos, pero de esta forma, al menos, podía ver algo de lo que ocurría en la segunda.
Los dos primeros años fueron los mejores, aun a pesar del dineral en gafas y el dolor de huevos, pero, al tercero, todos éramos ya más mayores y los balonazos comenzaron a ser mucho peores. Finalmente debí de cogerle miedo al balón y ya todo fue un desastre.

De pequeño observaba el cielo y las plantas y también a las hormigas y a todos los demás insectos. Me gustaba recrear grandes batallas entre los bichos, y con los hormigueros, me lo pasaba especialmente bien. Yo era un gigante, un humano monstruoso que aterrorizaba a toda una ciudad. Aplastaba con el pie a varias de ellas, y el resto, se volvían como locas entrando y saliendo de su hormiguero. Me gustaba simular sus voces:

-¡Nos atacan! ¡Corred, poneos todas a cubierto…!

-¡Hormiga Dios, sálvanos... Nos van a matar a todas! …

-¡Yo no quiero morir, tengo mujer hormiga y tres hormiguitas! …

-¡Estoy herida, he perdido una antena, que alguien me ayudeee!...

Después, al irme, me imaginaba como el protagonista del informativo de las hormigas:

-Buenas noches, hoy comenzamos nuestro espacio informativo con la triste noticia de la nueva matanza ocurrida en una de las poblaciones de Hormigafrágima del Norte donde más de una veintena de ciudadanas han perdido su vida, y cerca de una docena han sido heridas por el ataque de un humano asesino con gafas.
Nuestra hormiga reportera se ha desplazado hasta el lugar donde…

Algunos años más tarde llegó Lolín a nuestro colegio. Lolín tenía una hermana más pequeña y una madre con muchos problemas, del padre nunca supe nada. Creo que ella tampoco. Desde el principio nos caímos bien y empezamos a ir juntos. De Lolín recuerdo sobretodo eso: el Kárate y su alergia al polen.
Animado por ella, me apunté, unos años más tarde, también a Karate, y después de un tiempo, llegué a ser cinturón azul.
Recuerdo que el primer día, no sé por qué razón, me pusieron con los pequeños. Yo estaba nervioso y me sentía ridículo y extraño con ese karategui blanco. Hicimos media hora de calentamiento, y después, el profesor nos mandó colocarnos en filas. Lo cierto es que, además de nervioso, me sentía realmente fuera de lugar entre tanto kimono y tanta palabreja en japonés. En aquel gimnasio olía insoportablemente a pies y a sudor, pero nadie más que yo parecía apreciarlo, o al menos a nadie parecía importarle. Yo, mientras, no dejaba de pensar en la peli de “Kárate Kid”.
Hicimos el primer ejercicio de patada, y después el siguiente y otro, mientras yo, perdido como un cura en un burdel, trataba de imitar los movimientos de esos niños que me rodeaban por todos los lados con sus cinturones de colores. Entonces fue cuando ocurrió. El siguiente ejercicio era una patada giratoria hacia delante. Primero la hizo despacio el profesor, y detrás nos tocaba repetirla deprisa a nosotros. Dio la orden, y yo, sin ni siquiera darme cuenta, mandé de un patadón a casi tres metros de mí a la niña que tenía enfrente. Yo nunca había levantado tan alto las piernas y no era consciente de hasta dónde podía alcanzar. La niña, por supuesto, comenzó a llorar como una histérica, y todos se me quedaron mirando con caras extrañas. Recuerdo que enrojecí como una piruleta y deseé que me tragara la tierra.
El profesor necesitó varios minutos para calmar a la niña, e inmediatamente después, se volvió hacia mí.

-Muchacho, tú eres el que debe controlar tus piernas y no al contrario. Continúa trabajando.

Al siguiente día ya estaba con los mayores.
La verdad es que yo nunca he sido el mejor en ningún deporte, y pienso que quizás fuese porque siempre me cansé demasiado pronto de todos ellos.
Estuve apuntado a casi todo: un año en atletismo, tres en natación, otro en baloncesto. Hice un par de cursillos de tenis y jugué al béisbol, balonmano y boleyball. Pero lo del kárate fue gracias a Lolín, que me animó siempre desde el primer día en que la conocí.
En el comedor, teníamos casi tres horas libres para jugar en el patio, y muchas veces, jugabamos Lolín, Jorge García y yo juntos.
Un día en el que estábamos cogiendo fruta de los árboles y Lolín estaba subida a un peral, ésta nos sorprendió a Jorge y a mí asomados a la abertura que, desde abajo, se podía ver en su camiseta. Con cierta dificultad, se podía apreciar la forma de sus dos adolescentes pechos. Recuerdo que Jorge y yo nos reímos mucho y que ella, sin bajarse del árbol, nos llamó capullos y no le dio demasiada importancia.
Lolín y yo pasábamos horas y horas juntos cuando las horas eran largas como semanas, según esa percepción infantil del tiempo, y supongo que fue mi mejor amigo durante varios años; después, de alguna forma, no recuerdo tampoco cómo, desapareció de mi vida.

Una tarde, ya muchos años después, volviendo de la Universidad, me la encontré por la calle Santiago. Lolín tenía el pelo teñido medio de verde, desaliñado y de punta, y su aspecto era sucio y bastante lamentable. Llevaba cadenas y pendientes por todos los lados, unos pantalones manchados de lejía y una visible cojera. Quise alegrarme de verla, pero no sentí más que un conato de intranquilidad.
Nos saludamos y me contó que, un par de años atrás, había tenido un accidente por el cual había perdido la movilidad de una de sus piernas. También, cómo finalmente la tuvieron que colocar quirúrgicamente media rodilla de metal.
Lolín me acompañó hasta la parada relatándome todos y cada uno de los detalles de su operación, y una vez allí, sacó un pañuelo. Se sonó delante de mí, y sonriendo, me dijo:

-La alergia, ¿recuerdas?

Al encontrármela, yo sólo tenía un viaje en el bonobús y cuatrocientas pesetas, al regresar a casa en el autobús, únicamente me quedaba una especie de amarga melancolía.
Yo sabía perfectamente que mi dinero, a pesar de todo lo que ella decía, no la iba a ayudar en absoluto, y recuerdo también que, apoyado en la ventanilla, de camino a casa, me pregunté si la vida, realmente, trataba por igual a todos los niños y niñas.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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RABEL

pola.jpg

Una vez, conocí a un tipo que coleccionaba sonrisas. Era un chaval rubio de ojos tristes, con cara de chaval y manos de chaval y piernas de chaval.
Verano o invierno, siempre llevaba puestos unos pantalones cortos hasta las rodillas, una gorra de tela, como esas que utilizan algunos pescadores, y una cámara de fotos. Era una de esas cámaras de plástico, sencillas, en las que sólo hay que apretar un botón y ya está.
La gente, en el barrio, no sabíamos exactamente dónde vivía o si tenía una familia o algo así. Únicamente se le veía, a veces, pasear por los parques y atravesar las calles de aquí para allá con su cámara de fotos barata, hablando con alguien, o si no, silbando siempre fragmentos del Bolero de Rabel.
Él no hablaba demasiado de sí mismo, sin embargo, hablaba sin parar. Muchas veces recitaba de memoria los versos aprendidos de algún libro de Machado o de cualquier otro poeta con nombre propio, o las noticias del día, leídas del periódico y aprendidas de memoria, palabra por palabra.
La gente aseguraba que nunca nadie le había visto sonreír, y que por las noches, al igual que por el día, se paseaba silbando por las calles desiertas, porque no necesitaba dormir; y también, que sabía interpretar el lenguaje de los animales y el de los seres inertes, y a la vez, hablar en más de siete idiomas distintos.
Nadie sabía su verdadero nombre, pero alguien, un día, supongo que por lo de que siempre andaba silbando el Bolero de Rabel, debió de empezar a llamarle así, de ese modo, Rabel.
Muchos le trataban de loco, pero en general, resultaba ser un personaje curioso y simpático. Y aunque él nunca sonreía, siempre te miraba fijamente con aquellos ojos quebrados y profundos, y al hablar, de alguna misteriosa forma, era capaz de manipularte con sus palabras para robarte una inevitable sonrisa e inmortalizarla con su cámara de fotos.
No parecía tener más de veinte años y, sin embargo, nadie podía asegurar que no tuviese treinta o cuarenta, porque la naturaleza serena y pálida de su rostro, parecía estar dispuesta a mentir siempre, y su voz, densa, poderosa y embriagadora, parecía flotar por encima de las demás voces.
Y así, se le podía ver, con su cámara, un día tras otro, de aquí para allá, robando amablemente sonrisas a la gente de la ciudad, con su semblante melancólico e inmortal, y su voz, como enjambre de palabras, mariposas de neón, a su paso, sobrevolando todas las cabezas del mundo.

Un día, a la salida del metro, me lo encontré junto a un grupo de personas que rodeaban una especie de bulto. Parecía tratarse de un accidente, un atropello o algo así y decidí acercarme para averiguar lo que había ocurrido.
Hasta aquel día, yo sólo había hablado con Rabel en una ocasión, y al ir acercándome al lugar, fui recordando lentamente nuestra conversación.
Aún no era noviembre y, sin embargo, la ciudad ya se arropaba bajo unas espesas e inmaculadas sabanas de blanca nieve. Era media mañana, y el cielo, por fin, después de tres días de tormenta gris, ventisca y oscuridad, comenzaba a clarear. El sol, titubeante, jugaba a asomarse tras las nubes para, lentamente, transformar en gotas de agua los cúmulos de nieve.
Sentado en la parada del bus, aprovechaba yo la espera para leer un poco, cuando entonces, oí su voz al otro lado de la acera.
Había oído hablar mucho de él, pero hasta aquel momento, aún no le había visto más que de lejos en un par de ocasiones.
Dos ancianos parecían haberle preguntado sobre el pronóstico del tiempo, y él los fotografiaba sonrientes, a la vez que les informaba, de memoria y textualmente, sobre lo que meteorológicamente iba a acontecer en los próximos dos días.
Fue entonces cuando se fijó en donde estaba yo y, sin despedirse, cruzó la calle y se plantó ante mí.

-Hola Rabel, ¿Vienes a robarme una sonrisa?

-La ley prohibe a los hombres hacer lo que sus instintos les inclinan a hacer, de ahí se sigue, que si existen leyes contra el robo, el asesinato y el estupro, entonces es que el animal humano debe ser estuprador, homicida y rapaz.
¿Cuál es tu nombre?

Sonreí ante su respuesta y al ir a decirle mi nombre, me sorprendió con el flash de su cámara.

-¿Que haces después con todas estas fotos? Le pregunté sin responder yo a su pregunta.

-A veces las palabras son más veloces que los cuerpos, que los nombres, que los días. Mi cuerpo es dueño sólo de sí mismo, pero no de mis palabras. Mi pensamiento y mis palabras son como una pareja que se aman pero no se entienden, y se limitan a seguir juntos únicamente por respeto a sus hijos.
Mi cuerpo es el hijo de lo que de verdad soy y algún día dejaré de ser, porque algún día moriré, como tú, como todos nosotros, aunque mientras tanto, mis palabras seguirán descubriendo momentos verdaderos con antelación.

El autobús abrió sus puertas y me tuve que despedir con prisas, de forma que le dejé allí, mirando hacia el cielo desde el objetivo de su cámara.
Le había vuelto a ver en más ocasiones después de esa, pero, como digo, no volvimos a hablar.
Ahora me lo encontraba de nuevo, allí, a la salida del metro, con sus pantalones cortos y su gorra de tela.
La gente, también como yo, acudía al lugar atraidos por el morbo y la curiosidad.
Desde lejos, por un momento, al ver el bulto entre las piernas de la gente, creí que habían atropellado a un perro. Allí, sin embargo, yacía el cuerpo desarticulado de una niña. En la cabeza, a la altura de la oreja izquierda, entre la melena, tenía abierto un boquete negro del tamaño de una manzana, y sobre el suelo, desde la calzada hasta la acera sobre la que se encontraba, se veía un reguero de sangre y sesada.
La gente murmuraba diversas especulaciones sobre lo ocurrido, y Rabel permanecía allí, delante de todos, mudo, paralizado, pálido como la leche, temblando y con los ojos clavados en los de la niña.
Entonces me fije. La niña parecía mirarle a él, con sus ojos saliéndose de sus órbitas, trémulos, vacíos, siniestros.
De inmediato aparecieron una ambulancia y dos coches de policía y nos echaron a todos de allí. Aquel día fue la última vez que volví a ver a Rabel.
De alguna forma misteriosa desapareció del barrio durante casi dos meses y nadie supo nada más de él, hasta que un día, finalmente, lo encontraron en un pequeño apartamento en la parte baja de la ciudad.
La policía dió un comunicado en el que explicaban, sin demasiados detalles, cómo lo encontraron un martes, alrededor de las seis de la tarde, muerto sobre una cama.
De las paredes del cuarto colgaban cientos de fotos, todas ellas con distintos planos de gente sonriendo. Algunas eran planos generales, las que más, primeros planos, otras únicamente la boca en forma de sonrisa. Las fotos empapelaban todas las paredes y el techo del apartamento.
La gente, por ahí, además aseguran que le encontraron desnudo, boca arriba, y que en la mano, sostenía la foto de la sonrisa de una niña. Dicen que era la foto de la sonrisa de la niña atropellada, y que él la sujetaba contra su pecho inerte. Aseguran además, que en su cara inerte, extrañamente, se dejaba ver, por vez primera , el esbozo de una sonrisa.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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AMIGO DESTINO

ESCRITO.jpgSiempre he pensado que mi vida no es más que el relato de un escritor. Siento cómo su maldita pluma salpica tinta por todas partes.
Un buen día decidí ponerle un nombre, y desde entonces, le llamo Destino. No es un nombre muy original, pero nada en aquel día en realidad lo era.
No sé si es un escritor mayor o joven, experimentado o un simple aficionado, pero puedo sentir cómo mis días dan forma a su estilo y letra. Hoy, sin embargo, me he parado a reflexionar en lo egocéntrica que resulta esta teoría.

¿Es acaso un escritor universal? ¿Escribe entonces las vidas de cada uno de los habitantes de este maldito planeta?

No sé si cada uno de nosotros tiene un escritor personal o esto es algo que únicamente me sucede a mí, pero lo que está absolutamente claro es que mi vida está siendo escrita por alguien. A veces no parece tener demasiadas ganas y escribe poco, y otras, por el contrario, escribe de forma frenética y sin parar, como aprovechando momentos de inspiración. Destino es mi escritor particular y mi confidente. A veces, en un sueño, me adelanta algún acontecimiento, o si no, me sorprende poniéndome a prueba de nuevo. Aún no sé a ciencia cierta de qué tipo de novela se trata, drama, comedia romántica, suspense, aventuras… No importa. Conmigo nunca escribirá un best seller. Y es que es una verdadera lástima que mi amigo Destino, en realidad, siempre haya querido ser un psicópata en serie en vez de un vulgar escritor.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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PECES MUERTOS

PECES.jpgMi voz provenía del eco de una gruta ancestral, y todos los que esta vez existían en lo que ahora soy, se reunían en una iglesia. Esta vez mi chica era del Opus, y yo iba aprovisionándome de miguitas de pan, aun antes de contar con un camino seguro, una senda por la que dirigir mi vida.
Mi padre me observaba con mirada atenta, acariciando con guantes de ausencia ese ambiente enrarecido de humedad e incienso, mientras su alma se columpiaba sobre las túnicas blancas. Pero mis manos estaban heladas y la ceremonia transcurría al margen de mi mundo, como una película tras un escaparate, en varios televisores a la venta. De alguna forma, me sentía integrado en una estructura absurda y endeble que me mantenía alejado de todo, alejado de mí mismo.

-¡Felicidades, el viento de mi feudo te ha arrancado las cejas y el pelo, pero tus miguitas siguen intactas sobre el camino! ¡Me gusta tu forma de trabajar y la forma en la que se te puede exprimir tu cabecita de rico y jugoso limón!

En la tele nos venden vino de raíces muertas para no despertar nunca y todo va de maravilla. Los días pasan y no hay guerras para ganar o para perder, aunque nuestros sueños pasen las noches en la camas de otros.
Esta vez mi chica es del Opus y yo comparto cosas sencillas con ella. Sólo verla cada día me hace feliz. Escuchar su voz dulce, imaginar la restauración de mi alma con la bendición de cada uno de sus besos. Y estamos todos en esta iglesia. Yo también, porque mis miguitas, alineadas, forman un supuesto camino de prosperidad y sensatez profesional.
Todo parece ser una bonita historia, quizá una historia de amor, pero los finales felices son sólo para los guionistas de Hollywood.
Ahora mi padre parece estar ausente, ha dejado de observarnos y posa abstraído ante la pila del agua bendita. Me acerco despacio y le pregunto en un susurro:

-Papa, ¿que haces?

-He visto a tu madre. Es un pez.

El cura calla de repente y se rasca la nariz. El cura se ha resfriado, al igual que aquellos inocentes niños de anoche. El aire acondicionado de su despacho depura y refresca el ambiente y se lleva el calor, el sudor, las lagrimas y la inocencia infantil a otra parte. Pero ahora, este cura se ha resfriado y de un violento estornudo, así sin más, manda mis preciadas miguitas a tomar por el culo. Mi vida se descompone. Nadie se da cuenta. Pierdo la Fe de un golpe. Los clavos de la gran cruz ceden y el Crucificado cae de bruces a las espaldas del cura. Los mismos clavos vuelan por la iglesia en mi busca para atravesarme violentamente el corazón.
Todos me miran, y yo, mal herido, sobrecogido por el dolor, no puedo por menos que gritar un mecagüendios, para el asombro de todos los allí presentes.

El cura palidece, y mi chica del Opus se lleva las manos a la cabeza. Mi padre, mientras, se transforma en un pez dorado y salta a la pila del agua bendita. El Unigénito, derribado, en el suelo, envuelto en sangre, parece divertirse. Ríe escandalosamente y grita:

-¡Dejad que los niños se acerquen a mí!

Arrastrándome, mientras todo el mundo allí dentro grita como una manada de cerdos electrocutándose en un matadero, consigo llegar a la puerta y abandonar el lugar. Ahora mi padre tiene branquias y yo camino solo y mal herido bajo la oscuridad de esta noche. He perdido mi Fe, mi trabajo, he perdido a mi chica del Opus, he perdido mi escasa reputación, y lo que es definitivamente peor, la manera de regresar a casa.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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BESO DE PAPEL

VIOLETA.jpg

Violeta eres, en cada beso de papel.
Esta es la semilla venenosa, la bendición mortal de cada una de tus balas perdidas.
Me cuesta odiar, pero lo hago a veces, siempre bajo la grotesca inercia de los días que se extinguen, quebrados de sentido.

Y tiene que haber algo así, en cada mañana rota, cúmulo infinito de caras aburridas tras nuestras puertas con llave. Cuelgan de un tendal universal nuestras almas sucias e impregnadas. Y tiene que haber algo así, para que por fin aprendas a sortear las zancadillas, aunque éstas sean de piernas como tanques. Y no me preguntes más que significa todo lo que no entiendes, porque parecemos dos caballitos de mar a la deriva y porque, simplemente, no quiero entender el significado de todo lo que preguntas.

Violeta imposible. Y ya nadie nos escucha.
Hay tantos agujeros sangrientos en nuestro corazón como días vacíos en el cargador. Pero yo nunca pretendí ser faro único en cada una de tus noches sin luna. Y tiene que haber algo así, hoy que me apetece trasnochar y sentirme inmortal e imprescindible, hoy que tu sonrisa más bien parece una fractura, y yo corro a esconderme en el subsuelo de mi cuarto, por si de nuevo lloviesen cuchillos del cielo de tu boca.

-¡Shss !... ¡Calla! ¡No hables! No digas nada. No preguntes más. Porque yo ya no estoy aquí, y en realidad, nadie nos ha preguntado.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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ALMENDRAS

escalera.jpgDe oca a oca y tiro por que me toca, un seis y me iré directo al calabozo. Tengo sin embargo cinco posibilidades para seguir comiendo paté de primera clase. Cinco números para seguir escuchando finales de historias que aún no han comenzado, para imitar con el corazón el ritmo de un piano demasiado nervioso y sucumbir a una noche más delante del ordenador.
Una vez tuve un amigo que tenía una madre. Eso no resulta peculiar ni mucho menos, de hecho todo el mundo que yo conocía por aquel entonces tenía al menos una. Pero este amigo tenía una madre muy especial; cada tarde, antes de mandarnos de nuevo al parque, aquella señora nos preparaba almendras garrapiñadas y nos las repartía por igual como si del legado de dos buenos hermanos se tratara.
Cada día, tras la escuela, nos montaban en un autobús que nos repartía a cada uno, parada por parada, de vuelta a casa, junto con nuestro bocadillo y nuestros dibujos animados.
Si la tarde era buena, a veces, podíamos aplazar nuestros deberes y Asun, la chica que nos cuidaba, nos llevaba a mi hermana y a mí a la Plaza San Juan donde me solía reunir con los mismos chavales de siempre.
Lo primero que hacía nada más llegar, era subir por las escaleras a la casa de mi amigo. Aún recuerdo la excitación que me provocaba aquel olor producido por el azúcar caramelizándose sobre el fuego. Siempre encontraba la puerta de la casa ligeramente entornada, y en la cocina, al entrar, a aquella mujer mayor y su acostumbrado beso de recibimiento en la frente:

-¿Qué tal en el colegio?

Y sentados en una banqueta esperábamos con impaciencia las almendras.
Yo en aquella plaza, cada tarde, me dedicaba casi exclusivamente a extraviar diferentes objetos:
Mi balón nuevo de reglamento, el monopatín de competición, el saquito de canicas, unos zapatos negros, unos guantes de portero, aquella colección de marionetas de Barrio Sésamo…
Además de perder cosas y, posteriormente, llorar por ellas, también jugaba a las chapas y a las peonzas. Pero cuando también perdía mi peonza o nos daban algo de dinero, comprábamos petardos en el kiosco de la señora Rosa para saciar nuestro sadismo infantil haciendo explotar escarabajos, gusanos y todo ese tipo de bichos.
No recuerdo la última vez que subí por aquella escalera. Ni recuerdo cuando fue la última vez que comí de aquellas almendras. Supongo que todo transcurrió con bastante normalidad, pero el caso es que llevábamos varios meses ya sin subir a la casa.

Una tarde de otoño el cielo amenazaba con diluviar, mientras mi amigo y yo, reventábamos una lagartija atándola viva a uno de los petardos de la señora Rosa. En cuclillas, observando los pedacitos del animal esparcidos entre la arena, mi amigo se puso a llorar, y sin levantar la vista del suelo, exclamó:

-Mi madre esta muerta.

En un instante anocheció, perdí mi bufanda nueva, comenzó a llover y Asun nos llevó de vuelta a casa.
Una vez allí, cené, y esa vez, sin llorar como era costumbre por lo que había perdido, me metí en la cama.
Mi amigo ya no tenía madre, y yo, en realidad, no era capaz de comprender lo que, en sí mismo, todo aquello significaba.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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SENTADO EN EL LABERINTO

laberinto.jpgSentado en el laberinto, miro a un punto fijo sin mirar, espero sin esperar y cuento los minutos, los segundos, las horas y los días con una calculadora de bolsillo.
En el laberinto, hay rosas de muchos colores, pero todas pinchan. Y hay desgraciados desparramados por los bancos, que beben cerveza de lata ya desde las siete de la mañana. Uno se levanta con desgana para ir a trabajar, con el estómago aún encogido, y se los encuentra abriendo ya la primera. A la vuelta, siguen aún en el mismo sitio, así, como si el tiempo no pasara, ebrios, alborotando como chiquillos.
Ahora cuento con mi calculadora los trabajos en los que no me gustaría trabajar y utilizo las centenas y los millares, mientras, los pájaros pían confundidos sin saberse sus propias canciones.
Aquí sentado, me gusta observar a la gente e imaginar sus vidas. Aquí sentado, me gusta imaginar a la gente y observar sus vidas. Aquí sentado, circulan delante de mí, todas esas vidas silenciosas, gentes con prisas en los bolsillos, gentes sin rostros peculiares, sin respuestas, ni mensaje.
Llueve sobre y bajo el telón gris de los días, lluvia amarga que cala desde arriba, y desde abajo. Llueven lágrimas de ciudad por los cuatro costados, y los autos sacuden su ira en tormentas ficticias, rasgando silencios. Las ambulancias y la policía de sirenas estridentes deambulan, fugaces, buscando desgracias y vidas consumidas y moribundas.
En el laberinto hay mafias rusas, mafias chinas, turcas, albanesas e italianas. Hay tantos por cientos, pizzerías, tagesmenü a diez marcos, autobuses que llegan con retraso, jóvenes prostituidos por la telefonía móvil, locales de alquiler, turcos pobres con BMWs caros, animales domésticos, kebabs, McDonalds y terrazas llenas de jarras de cerveza a cambio de monedas y billetes que van y vienen en transacciones calculadas y aburridas.
Sentado en el laberinto, cierro los ojos e intento dormir un poco, con la intención de recuperar las fuerzas perdidas. Más tarde podré seguir buscando un instante, una sensación verdadera, un pedacito de felicidad con forma de puerta de salida.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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SUSURROS

susurro.jpg¿Vamos al cine?
No. Hoy no, mejor que no. Hoy no vamos al cine.
¿Sabes? No sé ni por donde empezar. Parezco una ruina, un solar inedificable. Parezco una parcela vacía, silenciosa, con pocos días de luz y las cortinas del mundo mutilando aposta la dignidad de todas las mañanas.

Todas las caídas son buenas durante un rato. Sonríe, después ya no son tan buenas. No dejes de sacudir el árbol de la caída por si fueran a llover de él soluciones de colores oportunos y esperanzas.
Todas las subidas son buenas durante un rato. Sonríe, después ya no son tan buenas. No dejes de sacudir el árbol de la subida por si fueran a llover de él manzanas sin gusano.

Esperanzas y gusanos que reniegan de su metamorfosis y no pueden volar.
No te olvides de sacudir el árbol.

Me gusta enterrar mis pensamientos más valiosos bajo la tierra, como un perro con su hueso. Me gusta enviar mensajes en botellas de cristal y jugar a ser el dueño de todos los perros del mundo. Nadie encontrará mis botellas en el mar, las até todas a una piedra. Querré y cuidaré a todos los perros. ¿Puedes oírme? Sigo siendo un niño susurrando escalofríos.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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TIC TAC

tic-tac.jpgYa sabes que puedo volar y habitar los árboles como los pájaros, pero no soy un pájaro y a veces me siento solo.

-Saluda a la gente, son tu familia. Me insiste una voz en mi cabeza.

Todo resulta tan extraño...
Y les persigo, son mi padre y mi hermana, y hay una manifestación con muchos automóviles y motos y no sé por qué protestan. Nos mezclamos con la gente. Ellos huyen de mí deprisa y se van en un ascensor. Éste vuelve de arriba vacío, y como sólo hay un botón, lo aprieto y subo. Subo en ese ascensor tan estrecho como una cabina de teléfono.
Llego a un coche, por eso de que los sueños carecen de sentido, y también es muy estrecho y encuentro a una mujer y la deseo y ella me desea también y sin apenas sitio nos besamos como amenazados por el fin del mundo para acabar haciendo el amor aún medio vestidos.
No estamos solos. Ellos están ahí. No puedo ver sus caras, pero sí sentirlos y oírlos.

-Dónde están mi padre y mi hermana? Pregunto en alto.

-Has caído en la trampa, eres pájaro muerto. Me dice una de las voces. Y la mujer, hermosa y triste, va transformándose lentamente en un maniquí. Primero sus manos y después sus brazos y sus piernas.

-¡No, no, espera! ¿Qué te ocurre? Le pregunto y ella me grita:

-¡Para, para, me haces daño!

Me mira y le cae una lágrima y me explica que, de alguna forma que yo nunca llegaría a entender, siempre me ha querido, mientras su rostro se paraliza y las voces ríen a carcajadas.
Vencido por la rabia, lloro, grito y les maldigo. Entonces me seco las lágrimas con la manga de mi jersey, a la vez que descubro una especie de tictac debajo del asiento y les digo:

-No podréis cogerme nunca con ninguno de vuestros trucos. Ya de pequeño aprendí a explorar mis sueños y sé cuáles son mis facultades aquí y cómo despertar a tiempo. Deberíais de saberlo después de tantos años y no seguir insistiendo cada una de las veces.

El tictac se detiene y el coche explota. Yo salgo volando tan deprisa como un cohete, y esa sensación al volar consigue una vez más ponerme la piel de gallina.
Encuentro un árbol lo suficientemente alto y me poso sobre una de sus ramas. Comienzo a escuchar el eco de mi respiración. Sin duda alguna, ya me estoy despertando.
Aún tengo tiempo de observar, una vez más, el amanecer, el horizonte de la realidad, asomándose poco a poco, tiñéndolo todo en un mar infinito de colores. Me estoy despertando, sin duda y, una vez más, me siento como el héroe de uno de esos dibujos animados japoneses. Como Mazinger Z, encerrado de por vida en su mundo de papel, teniendo que luchar irremediablemente cada capítulo, una y otra vez, contra los malvados planes del malo.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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POESIA

POEMA.jpgYa que hoy es el día mundial de la poesía:

“Aturdido por el hastío de la tarde,
camino entre helechos, plantas y matorrales.
Inundado de soledad, desfilo a través de la humedad del bosque y sus hojas,
entre el tiritar de la hierba a mi paso por los senderos verdes.
Ando despacio, oculto entre adormecida penumbra,
entre el fresco musgo y las frías rocas.
Lentamente la tarde huye de mí, cálida, somnolienta,
y la noche, bajo la acostumbrada pereza de lo eterno,
me saluda con el guiño de las primeras estrellas…”

Aunque para hacer un mal poema y encima sin rima, pasemos mejor de nuevo a la prosa:

Demasiadas noches calurosas, noches dulces como besos, noches que se derraman sin sentido. A veces los ideales y las costumbres que siempre antes me acompañaron, me traicionan, se ríen de mí y luego lloran para acabar jugando entre gemidos al escondite, a verdadero o falso, a morir y volver a nacer. Es entonces cuando comienzo a dar vueltas y giro sobre mí mismo, cuando caigo rodando por el jardín y mi cabeza va golpeándose contra la tierra y las piedras. Voy rodando calle abajo, mi cabeza gira por el asfalto con rápidos golpes que no siento. Mientras, la gente pasea tranquila…
Girando como un torbellino, escucho el traqueteo de mi cabeza como truenos lejanos. Sintiendo la tormenta cerca, una vez más, dentro de mí. Puedo notar la vida en la hierba, sentir como sufre el viento a la deriva y observar como el día llora, lentamente, sobre calles, árboles y plantas.
A veces, cuando la estrella madre cae en picado y todo se perpetua en un mal acontecer, nuestras buenas intenciones parecen no servir para nada.
Llegará la noche, y murmurará algo sobre mi amarga estupidez.
Podré sentir de nuevo las palpitaciones reales de la vida y disfrutar entonces, de unos instantes de necesaria cordura.
Me acerco al borde de mi respiración y miro hacia abajo. Puedo ver todo mi cuerpo transformado en abismo infinito. Demasiado tiempo para observar el significado de mis manos, para sufrir en ansiedad el régimen caótico de mis sentimientos. Toda una eternidad gestada para pensar, para cerrar los ojos y escuchar, en silencio, el sonido del tiempo que se nos escapa.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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21/03/2005 23:09. Enlazarme. AL FINAL DEL ARCO IRIS No hay comentarios. Comentar.

DEAD SANTA

DeadSanta.jpgDicen que si se introduce un pedazo de carne en un recipiente lleno de Coca Cola, éste se desintegra en poco tiempo. Yo no lo he comprobado personalmente porque me parece una marranada, pero aseguran que es cierto. También dicen que algunos mecánicos lo usan para limpiar de oxido e impurezas las piezas más roñosas y estropeadas. Bueno, pues yo tengo un amigo que se bebe más de dos litros de Coca Cola al día y todavía no tiene ni una miserable úlcera. Aunque, claro, también es cierto que una úlcera es lo único que no tiene el pobre. Hace un par de años se destrozó una rodilla y todos los ligamentos de una pierna. Antes de eso, algunos años antes, un cristal le rajó media cara y le seccionó por la mitad el canal de salivación, y entre las dos cosas, está a punto de entrar en el Libro Guinness de los records por superar en número de operaciones a Cher y a Michael Jackson juntos.
A lo largo de sus veinte y pocos años ha sufrido fracturas en todas las partes posibles y ha incubado todo tipo de enfermedades hoy por hoy conocidas y registradas en los libros de medicina. Ahora creo que, al parecer, la última operación de rodilla va a tener que esperar porque, el otro día, estando en un bar de marcha con los amigos, al ir a mover el brazo derecho, se le quedó tieso y no hubo manera en un buen rato de que volviera a su posición normal. De alguna extraña forma, su brazo perdió de forma repentina el juego habitual y se quedó rígido y estancado casi a la altura de pedir un taxi. Con esa curiosa postura tuvo que marcharse a casa porque, aunque el brazo no le dolía, no hacía más que mosquear al camarero, que, al verle, se acercaba para preguntarle, una y otra vez, si quería otro calimocho. Ahora no sabe si le van a operar antes lo del brazo o de lo de la rodilla.
Mi amigo es una buena persona, un tío de esos bonachones y simpáticos. Te enseña orgulloso sus cicatrices, como si fueran medallas ganadas en alguna guerra, y siempre tiene alguna historia de hospitales cojonuda con la que robarte una carcajada y matar el hastío de los domingos.
A su lado, uno se siente seguro. Uno sabe que nada malo le va a ocurrir, porque todas las desgracias, día o noche, sólo quieren bailar con él.
La semana pasada me llamó por teléfono y estuvimos charlando un rato. Me contó lo del brazo, me puso al día sobre la liga de fútbol y algunas otras cosas. También me contó que a fin de mes le van operar una vez más de lo de la rodilla, pero esta vez en León. Le deseé suerte y nos despedimos porque llevábamos más de veinte minutos, y bueno, ya se sabe que las conferencias al extranjero cuestan siempre un huevo. Al colgar el teléfono, pensé que lo de haberle deseado suerte había sido algo así como darle unas palmaditas en la espalda a Papa Noel y desearle suerte con los toros en los Sanfermines.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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GOTAS NEGRAS

lluviajapo.jpg

Llueve… ¿verdad?
Únicamente me alimento de películas y de conversaciones que bucean conmigo.
Hay nubes blancas. Hay luz y aire allí afuera pero, mientras quede algún resquicio de oxígeno en mis pulmones, prefiero seguir buceando aquí abajo, en el fondo, en la oscuridad de mi cuarto.
Quizá la tentación de abandonarlo todo sea mayor cuanto más jóvenes e inexpertos somos. Pero aún hay un interruptor incrustado en mi muñeca. Cierro mis ojos. Tus palabras:

-La gente hace daño y tú eres como un trozo de carne sin piel. Llegaras muy, muy lejos o serás un autentico desgraciado. Te lo digo yo, que te conozco mejor que nadie. Yo, que te alquilé mi útero durante casi un año y te vendí mi corazón para el resto de mi vida; te lo digo mientras esta se consume como las provisiones de un montañista. Anda cariño, se bueno y acércame las zapatillas... que aquí no hay montañas que subir con pies descalzos.

-No te vayas, no me dejes solo. No te mueras nunca.

Pero abro los ojos y ya no estas. Respiro el alma de otro de esos días grises y clónicos, uno de esos estúpidos días que parecen fotocopias aburridas de otros tantos y que parecen pesar toneladas asperas e invisibles. Y también estan esos días que son como las gotas de lluvia de una tormenta de verano. Esos días en que nos sentimos pletóricos, felices, dueños absolutos de una vida auténtica y apasionante. Dias de oasis en contraste con los dias de destierro en los que nuestra vida se presenta tan interesante y especial como la partida al busca minas en el ordenador de un tonto.

Cae la noche y me tumbo delante del televisor a ver de nuevo "The Doors", de Oliver Stone y, después, me duermo pensando en la figura de Jim Morrison.

-¿Conviven todos los dioses tan cercanos a la infelicidad?

Lo pregunto porque vuestro Dios está hoy también aquí abajo, en mi cuarto. Vuestro Dios bucea conmigo, aunque él hace trampa. Él es un pez, ágil y perfecto, mientras que a mí y a todos los demás, únicamente nos bautizó como hombres.
Veo una señal a lo lejos, quizás una sonrisa inesperada, quizás sea un anzuelo escondido, pero esta vez prefiero dormir. Estoy agotado. Mañana quizá no me importe subir, volver a la superficie, buscar una señal, pero esta noche permaneceré aquí abajo. Sé que aún no ha llegado mi momento. Se que allí arriba continua lloviendo. Llueve, puedo sentirlo, caen gotas negras.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
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NUESTRO TIEMPO

tiempo.jpgSupongo que ninguno sabemos exactamente la razón de por qué hacemos todas las cosas. Y es que parece que hay que estar haciendo cosas sin parar, sembrando metas, finalidades y pequeñas misiones en nuestra pequeña huerta del destino y en la de los demás. Y supongo que eso es lo que más nos jode, que se coman nuestras manzanas y que se metan en la huerta de uno a husmear.
El tiempo es más valioso que las pesetas, los marcos, los euros y los dólares, y también que todo el dichoso petróleo de Irak y que todos los BMWs descapotables del mundo.
Pero traficamos con nuestro tiempo. Lo devaluamos y lo malvendemos a cambio de un puñado de monedas. Muchas veces invertimos más de ocho horas diarias en conseguir el maldito dinero, y el resto de nuestro tiempo, en mal gastarlo. Freímos patatas o servimos cafés, dormitamos en despachos que no nos pertenecen, limpiamos lugares lejanos y ajenos y colocamos cajas, documentos o muebles allí donde nos ordenan.
Pero lo cierto es que nuestro tiempo es nuestro flujo vital, es lo más importante que tenemos y no es infinito. Y por supuesto no es como un depósito de agua, que simplemente dura hasta el momento en que se agota. Nuestro tiempo nos pertenece de forma natural e innata. Nuestro tiempo posee vida propia y se nos presenta siempre distinto y especial en cada momento. Uno tiene veinticinco años y no los vuelve a tener nunca más; pasa el verano, y al siguiente, ya nada parece moverse ni transcurrir de la misma manera.
Y pienso que las empresas del mundo se nutren de la infancia robada de los niños asiáticos y de puertas en las narices a gitanos y negros, y de todo ese jodido tiempo que las mujeres no están con sus hombres y del jodido tiempo en que los hombres no están con sus mujeres. Y ahora piensa tú: ¿Sabes quien está educando a tus hijos?
Las empresas del mundo se nutren de los jóvenes que dejarán de serlo, devorando vidas a cambio de un puñado de monedas. Sabes que procurarán arrebatarnos los mejores años de nuestras vidas con amenazas y con hipotecas, con horarios y sueldos congelados, con contratos humillantes y puertas cerradas con llaves que nuestras manos amputadas no pueden agarrar. Día a día, se alimentan con gula de nuestros sueños y se empachan a nuestro gusto, después nos eructan tranquilamente en la cara, y con una sonrisa, nos dicen:

-Hijo, sólo queremos lo mejor para ti, pero has de concentrarte y trabajar aún un poco más deprisa.

Sin sueños somos como corderos en una camioneta, y no vayas a esperar para entonces, nada mejor que la miserable vida de tus vecinos de al lado.
Muchas veces no sabemos el porqué de las cosas que hacemos, simplemente nos levantamos una mañana, y nos encontramos de nuevo en una oficina con preciosas vistas a la cola de gente esperando en el frío para ocupar tu silla, toda esa gente desesperada, dispuesta a dejarse sodomizar por aún menos euros a la hora. Un día, después de unas semanas, al salir del metro, descubres que la gente que husmea en el pequeño huerto de tu destino, juega al golf en países exóticos que tu solo llegaras a conocer por la tele. Un día, te quedarás así, mirándolos, y entenderás que ni siquiera hablan tu mismo idioma, y que en realidad, muy poco de lo que te vaya a ocurrir, mientras todo siga igual, tendrá que ver con la persona que siempre quisiste ser.

Iván Sáinz-Pardo

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UNA HISTORIA

telefono2.jpg-Ja, hallo?

Y tardan algo en responder.

-¿Eres Víctor?

Y respondo que sí, aunque no es cierto. La voz femenina del otro lado del teléfono, como dudando, calla primero durante unos instantes. Y continua:

-Te tengo que contar una historia.
Mi abuelo ha muerto hoy que cumplía setenta años. Mi abuelo era un señor bastante extraño, supongo que un poco como la mayoría de todos los abuelos de este planeta. Aunque mi abuelo llevaba treinta y cinco años sin decir una sola palabra.
Sin embargo, un día, mi abuela me contó que mi abuelo de bebé ya era un verdadero charlatán, y que hablaba hasta por los codos, y como después, de niño, la cosa empeoró notablemente.
–Tu abuelo necesitaba beber litros de agua para no desertizar su boca. Decía.
Así, de joven, mi abuelo se metió en política para poder hablar aún mucho más, y para que muchos más fueran también los que le pudieran escuchar. Mi abuela suele contar como conoció a mi abuelo hace muchos años en el sindicato. Ella también era activista, pero menos apasionada y menos habladora que mi abuelo. Mi abuela me solía decir que ser menos hablador que mi abuelo por aquel entonces, era más fácil que engañar a un chino anormal. Mi abuela también me contó que mi abuelo, al cumplir los treinta y cinco años decidió dejar de hablar en público y dejar de hablar con los amigos, y con los hijos, y también con su mujer. Mi abuelo, el mismo día en el que cumplió los treinta y cinco, decidió no hablar absolutamente nada más y dedicar la otra mitad de su vida únicamente a escuchar.
Hoy, mi abuelo, se cansó de hablar media vida y de escuchar la otra media y decidió morirse. Mi abuela ahora llora y yo no sé qué pensar.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesto.

-¿No tienes nada qué decir al respecto? Me pregunta ella.

-No me llamo Víctor. Respondo.

-Lo sé, no importa, mi abuelo tampoco ha muerto. Añade ella y cuelga.

Sigo escribiendo y trato de volver a mi historia, concentrarme, recuperar la inspiración. No lo consigo, sólo pienso en aquel abuelo que hablaba media vida y callaba la otra media para después morir puntualmente.
El teléfono de la chica se ha grabado en la memoria de mi móvil y marco su número.

-Ja, hallo?
¿Eres Ana?

Pregunto.
Ella responde que sí. Después calla y yo hablo:

-Te tengo que contar una historia.
Desde que aparecieron los teléfonos móviles, hace ya unos años, los he odiado. Y es que están llenando y vaciando a la vez de lógica y originalidad las historias y guiones que narran las desventuras de una sociedad irremediablemente localizable allí donde esté. Es como darle de comer a un bebé con un cucharón. Nos presionan para empacharnos de presunta comunicación. Me dan arcadas de pensar en la cantidad de pajarracos oscuros y alimañas que estamos haciendo millonarios gracias al aniquilamiento de nuestros valiosos silencios. Y estar ahí para cualquiera, al otro lado del teléfono y para cualquier memez. Vernos interrumpidos cuando amamos, cuando esperamos en la intimidad, cuando comemos o charlamos, cuando pensamos o lloramos, cuando nos evadimos, cuando nos concentramos, cuando escribimos. Es igual qué estés haciendo, es igual dónde te encuentres en este mundo, ya que siempre podrán arrancarte con exactitud de donde estés con una llamada para decirte que tu madre ha muerto.
Tú, Ana, sin embargo, eres la excepción a mi historia. Hoy, por primera vez, me alegro de tener este móvil tan pequeño como una cucaracha y capaz de casi todo. Hoy por primera vez me alegro de tener este teléfono, porque tú eres la excepción más especial y más maravillosa de toda esta historia.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesta ella.

-¿No dices nada al respecto? Le pregunto.

-No me llamo Ana. Responde ella.

-Lo sé, no importa, mi madre tampoco ha muerto. Añado y cuelgo.

Una vez más vuelvo a mi escritura. Trato de concentrarme, trato de recuperar la inspiración, pero mi teléfono suena de nuevo.

-Ja, hallo?

Y tardan algo en responder.

-¿Eres Iván?

Y respondo que sí, sólo que esta vez es cierto. La voz femenina del otro lado del teléfono, como dudando, calla durante unos instantes para continuar entonces:

-Iván, soy tu tía Paloma.
Lo siento muchísimo. Tu madre ha muerto.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesto.

-¿Qué vas a hacer? ¿Te dará tiempo a coger un avión y estar aquí mañana para el entierro? Pregunta ella.

-No me llamo Iván. Respondo, y cuelgo.

Iván Sáinz-Pardo

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24/02/2005 23:19. Enlazarme. AL FINAL DEL ARCO IRIS No hay comentarios. Comentar.

TORMENTA DE VERANO

HOMBRE-CAMPO.jpgLa tarde gesticulaba el ensayo de una tormenta de verano.
Iba a llover, los dos lo sabíais, por lo indescifrable del cielo como llaga de luz, por la humedad como vestigio en la nublada tarde. Aquel pueblo no hablaba de vosotros ni de nadie, dormitaba en silencio, soñando misterios, pasados y sombras.

Él te agarró de la mano, te estrechó contra su pecho, como guiándote, y besó tu mejilla joven, bronceada de sol y llanura. Paseasteis por las calles apretadas, bajo las miradas de los ancianos encogidos y arrugados de camisas blancas, bajo las fragancias estivales, el olor a meseta y a tierra seca. Mientras, a lo lejos, los perros ladraban nerviosos la faena de un tractor.
Llegasteis a la plaza y os sentasteis sobre la piedra musgosa de la fuente, buscando su frescor, mientras un perro flaco, tumbado a la sombra, se entretenía con los restos de un pescado.
Él te sedujo con bonitas palabras, se mojó los cabellos y te besó, confiado en su prebenda, y tú dejaste que él te refrescara los muslos con sus manos mojadas. Sacó un cigarrillo, lo encendió con seguridad y te lo ofreció, aun sabiendo que tú no fumabas. Y tú no quisiste contrariarle, y lo cogiste y te lo llevaste a la boca, sin saber muy bien cómo hacerlo, sintiéndote ridícula.
El cielo se oscureció y cayó un rayo cerca del castillo. Él te agarró entonces por el hombro y te besó la frente. El cielo, desgarrado tras aquel rayo, cayó como muerto, en un trueno sobrecogedor y comenzó a desangrarse.
Salisteis corriendo y él te llevó hasta su precioso coche. Te abrió la puerta y entrasteis en él. La lluvia intensa caía como un telón plateado, enmudeciendo el tocar de las campanas de la iglesia, sacudiendo la piedra desnuda, las aceras, los tejados y las hojas de los árboles. Parecía haber anochecido en una fugaz traición.
Él sonrió y se quitó los pantalones. Tú lo miraste, sin comprender, y él te pidió que te desnudaras. Por un momento tú te quedaste quieta, turbada, y después le obedeciste despacio. La lluvia sacudía el capó del coche con un ruido ensordecedor. Él te arrojó contra la puerta y se echó encima. Te besó entonces con violencia y te penetró torpemente, sin decir una sola palabra.
Él gemía como un jabalí herido mientras tus ojos de niña, confundidos, reprimían las lágrimas. Él sudaba y mostraba su dentadura perfecta, mientras tu cabeza se agitaba contra la ventanilla.
Petrificado, permanecí sentado en la plaza, bajo la lluvia, delante de su precioso coche, tratando de no imaginarme el resto, como testigo inerte del vaho de vuestros cuerpos en los cristales.
Y te llevó a la ciudad con él, para siempre, a pesar de que éramos como novios y tú no le amabas, y así se cumplió tu deseo de abandonar por fin nuestro pueblo.
Después, éste quedó insoportablemente vacío sin ti, como mi vida.
Te fuiste ya hace veinte años, y yo aún sigo dedicado al campo. Sin embargo, sentado en la plaza, aún te recuerdo, cada uno de mis días, porque tú, fuiste, desde mi infancia, la única mujer de mi vida.

Iván Sáinz-Pardo

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GOMINOLAS

gummi.jpgHoy desayuno gominolas y Coca cola y me agarro a la cola de los aviones que despegan con retraso. Vuelo por encima de vuestras cabezas. Puedo otear las avenidas, observar vuestras casas y vuestras familias. Así es, y nadie puede decirme lo que es y lo que no.
Hoy soñé con la banda de hip hop, y el cantante era más siniestro de lo que me hubiera podido imaginar. Su vida y la de su grupo eran las vidas de sus propias canciones. Sus vidas comenzaban con la canción número uno y terminaban con la numero trece.
Fumábamos hachís en una cama roja enorme. Yo estaba simplemente allí con ellos, y ellos lo aceptaban sin preguntar. También había una chica morena, bastante bonita, que tampoco era del grupo, pero no le quise preguntar qué es lo que hacía allí, a pesar de que aquél parecía ser sin duda alguna mi sueño.
Todo en aquel lugar se desarrollaba como una febril pantomima, sin verdadero sentido, algo parecido a un extraño y singular concierto. Siempre hubiera jurado que ese ruido bajo el ritmo en la canción número cinco eran disparos de metralleta, pero no, los chicos de la banda agujerean el suelo de la cocina con una taladradora enorme.

-La casa tiene un dueño. Exclama el líder de la banda.

-Sí, pero antes de que venga, habremos bebido ya el suficiente vino y fumado el suficiente hachís como para no resbalar con sus babas.

Les pregunto cuál es su canción favorita dentro del álbum, mientras la chica morena mira con curiosidad a través de los agujeros del suelo.

-No viviremos más para ti si sigues con esas preguntas tan estúpidas.
¿Sabes?, estos imbéciles me echaron del grupo una vez.

-Sí, pero caímos en picado, y por eso le pedimos casi de rodillas que volviera. Añade el de los teclados, un tipo lóbrego y escuálido como una viruta, mientras quema una piedra de costo con un mechero.
La chica morena echa el humo del porro hacia arriba, me mira a los ojos, me manda un beso y me arroja medio vaso de vino a la cara. Tengo los ojos cerrados y la cara goteándome vino. Creo que ya estamos viviendo la canción numero doce. Si, ahora llega la numero trece, la última. Abro los ojos, cojo el porro y lo doy una larga calada. Todos me miran y yo, muy tranquilamente, fumo mientras le arrojo a aquella chica mi vaso de vino empapándola de sangre de uva su blusa. En la transparencia de la blusa blanca, aparecen la forma de sus dos pechos. Ella nota cómo la observo, y con una media sonrisa, se cubre con sus brazos. Después, comenzamos a reír y a perseguirnos por la cocina.

-¡Llega el dueño! Grita alguien.

La cocina está llena de humo, agujereada como un queso gruyer y hay vino derramado por todo el suelo y las paredes, así que cerramos bien la puerta y le esperamos allí sentados.
La chica morena y yo nos miramos, y susurrando, le pregunto:

-Dime la verdad, ¿es éste tu sueño o es el mío?

El cantante gira la cabeza, alarga el brazo ofreciéndonos de otro porro, y con una sonrisa invencible dibujada en su rostro, nos dice:

-Chicos, esto no es el final de ningún sueño, éste es el final de nuestra canción favorita.

Iván Sáinz-Pardo

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LO MAS TERRIBLE

biography.gifLo más terrible, después de todo, es ser un cerdo, sonrosado y mofletudo, y cargar con esa sombra “Hitchcockniana” todo el día.
Lo más terrible es ser un cerdo y tener las narices con forma de enchufe, y que te miren y te vean siempre acompañado de patatas fritas o ensalada. Y caminar con esas patas apretadas y embutidas y esas torpes pezuñas. Aunque terrible es también llegar al supermercado y hacer la compra del mes para, al final, cargado hasta los topes, descubrir, una vez ya delante de la cajera, que te dejaste la cartera en el otro vaquero. Y las marujas se empiezan a impacientar, y te miran de reojo y cuchichean como gallinas. Y el individuo que va delante de ti, rompe a reír. Previamente le has estado observando, y es que resulta que un supermercado, es realmente como la sala de un psicoanalista. Los artículos, tan numerosos y variados, sirven como instrumento para el estudio de cada uno de nosotros. Por eso las cajeras nos conocen a la perfección, gracias a lo que compramos. La compra, como digo, es el más fiel reflejo de cada uno de nuestros hábitos, gustos, vicios y manías.
El señor de delante es delgado y pequeñajo, de rostro mal envejecido y con el pulso como el de un vibrador. La barba le crece cerrada y cana, y sus ojillos apenas se le ven detrás de esas gafotas de pasta gris. Torpemente deposita tres cartones de tabaco, dos de una misma marca y otro amarillo y blanco que parece ser el más barato. Y botellines de whisky, sí, muchos, muchos botellines, porque nada complace más al alcohólico que llenar los rincones de su pocilga con botellines vacíos. Y parece que ha olvidado algo, y vuelve al momento, nervioso, dando pasitos torpes, tambaleante, con otro cartón de tabaco, del barato, y dos botellines más de una ginebra que no conozco.
Y la gorda de atras, deposita chocolate, pudding, salami, productos prefabricados, caramelos, gominolas, helado en tarrinas, y eso sí, unos yogures "light", que coloca lo primero, orgullosa, lanzandome un guiño.

Y hay que volver a esperar a ese semáforo que nunca nos da el paso, y atravesar de nuevo toda la calle hacia arriba. Subir las escaleras a por el jodido dinero y repetir de nuevo toda la operación.

Ya estoy de vuelta y el semaforo no cambia a verde. Y es terrible también el descubrir que el amor verdadero no existe, que es un cuento chino, como el de la supuesta paliza que cada Navidad se meten los tres reyes de oriente para abastecer a todos los niños del mundo con regalos. El amor verdadero no existe, y nuestros padres nunca fueron ni serán perfectos, ni tampoco vivirán nunca lo suficiente. El amor verdadero no existe, ni la magia, ni los superhéroes, ni Santa Claus, y Dios, mientras, parece estar demasiado ocupado durante estos últimos dos mil años como para preocuparse un poco por nosotros.
El amor verdadero no existe y, desde luego, tiene muy poco que ver con lo que nos enseñan, y si no que se lo pregunten a todos los homosexuales del mundo, que nunca llegaron a entender demasiado bien los dibujos de Walt Disney, ni los inevitables finales con beso de película. Amamos lo que no tenemos, luchamos con pasión únicamente por lo que amenazan con arrebatarnos; como el niño que se cansa demasiado pronto del juguete y lo abandona exactamente hasta que otro niño se lo pide para jugar.
Son más fuertes el desamor, la ausencia y los celos. Los celos, sí señor, los celos sí que son algo cojonudo. Uno puede jugar al escondite con su polla en todos los agujeros oscuros del país y, sin embargo, seguir creyendo que ama a su pareja por igual. Pero si se le da la vuelta a la tortilla, todo el mundo parece venírsele abajo. La maté porque era mía, y yo mientras, desearía que toda esa pandilla de jodidos maltratadores se convirtieran en plastilina de colores.

Otra vez las escaleras.
Estoy sudando. !Mierda olvidé la leche! Esto es terrible, aunque lo cierto es que el te abran la tripa con un cuchillo de cocina no tiene perdón de Dios y no se puede ni comparar. Por eso, lo más terrible, después de todo, es ser un cerdo, y que te abran tu enorme barriga ante las estúpidas miradas de todo un pueblo, y que tus chillidos y tu incomprensión se vean ahogados por su bullicio; y no poder olvidarte la cartera en casa, ni esperar cada Navidad a los tres Reyes Magos, ni poder sentir celos, ni poder ir al cine, ni leer libros, ver la tele, escribir, o beber calimocho mientras juegas al parchís en un bar con los amigos.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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19/02/2005 23:20. Enlazarme. AL FINAL DEL ARCO IRIS No hay comentarios. Comentar.

TETAS

15_tetas.gifTengo un amigo que una vez tuvo una novia...
Bueno, realmente creo que ella no era su novia, aunque quizá sí, no lo sé, en fin, el caso es que follaban y bebían whisky juntos.
Él estaba orgulloso de sus tetas, y es que ella tenía realmente un par de tetas, tan magnas y sagradas, como las campanas del Vaticano. Bueno, lo cierto es que yo nunca se las he visto más allá de lo que premitían sus perturbadores escotes, pero creo que ella también se sentía orgullosa de sus enormes y maravillosas tetas. Mi amigo estaba orgulloso de aquellas tetas, siempre erguidas, amenazantes y dispuestas a desbaratar, con cada uno de sus movimientos, las leyes del pobre Newton. Mi amigo estaba orgulloso de aquellas tetas, yo también estaba orgulloso de aquellas tetas, en realidad, era difícil para cualquiera no estar orgulloso de aquellas tetas.
Ella, a cambio, disfrutaba de las miradas de la gente. Las miradas no acarician como dos manos, ni siquiera como una sola, pero proporcionan, según parece, otro tipo de placer. Y luego también estaba el placer que le brindaban aquellos dos ojos, los de mi amigo. Ella estaba orgullosa de sus tetas y, a la vez, de los ojos de mi amigo, aquellos ojos que la miraban sin complejos, siempre con dulzura y cierta picardía.
Él, en cambio, estaba orgulloso de las tetas de ella y con eso ya tenía bastante. Podría estar orgulloso también de sus propios ojos, profundos y verdes como el mar, pero mi amigo es demasiado vago como para estar orgulloso de demasiadas cosas al mismo tiempo. Además, es de los que opinan que los tíos que se miran demasiado a sí mismos, acaban por buscar una polla que alivie el insaciable picor de sus culos. Mi amigo es de los que creen que, si los hombres llegásemos a nuestros culos con nuestras pollas, seríamos todos maricas.
Mi amigo tiene unos ojos realmente bonitos. No sé si son herencia de su padre o de su madre, ni siquiera creo que él lo sepa con certeza, porque para eso están las estúpidas visitas de esas estúpidas señoras que, cuando vienen a casa, te dicen, indistintamente las unas de las otras, que tienes los ojos de tu padre o los de tu madre. Da igual lo que tú pienses, siempre está la gorda de turno en la pescadería para confundirte con su ignorancia y sus memeces. En fin, el caso es que los dos, como digo, quedaban de vez en cuando para follar y beber whisky.
Mi amigo nunca habla de amor, tampoco habla de muchas otras cosas, la verdad es que habla bastante poco.
Ella, sin embargo, hablaba por los codos, y por las rodillas, y por las orejas, y hablaba también por la boca cuando no la tenía llena de whisky, tabaco o alguna otra cosa.
Se debieron de conocer una noche de borrachera y decidieron que, como los dos tenían cosas de las que sentir admiración mutua, y los dos estaban borrachos, sería buena idea intercambiar y compartir el whisky de sus bocas, y el de sus copas, y el de los bares que aún les quedaban por visitar, y el de los bares que visitarían en un futuro. Mi amigo, en algún momento de la noche, debió de pensar también que sería buena idea meterle a ella en uno de los servicios de señoras su polla revoltosa por algún sitio, y a ella la idea no debió disgustarle, y de esta forma comenzaron a quedar una y otra vez para disfrutar de aquel ritual.
Sin embargo, después de algunas semanas, una tarde quedaron y ella no estaba borracha. Mi amigo sí que estaba borracho, pero, claro, uno no siempre puede nadar en aguas tranquilas y templadas como las de las piscinas. No siempre las cosas están equilibradas, y aquel día, la piscina era un mar frío y oscuro de aguas revueltas.
Él le pidió un whisky, y aunque ella solía beber siempre whisky, esa tarde decidió no beber otra cosa que no fuesen mariconadas. Mariconadas con cafeína, mariconadas sin cafeína, mariconadas rojas, amarillas y blancas. Mi amigo se bebió su whisky, y el de ella, y se pidió muchos más whiskys que se bebió él solo.
Mi amigo seguía tan orgulloso como siempre de lo de siempre, y bebía whisky como siempre, y seguía teniendo unos ojos profundos y verdes como el mar, que esa tarde, sin embargo, se agitaba en torno a él, rabioso.
Mi amigo estaba borracho y quería follar, también como siempre, pero ella, con una mirada absurda y pringosa, le dijo que no volverían a hacerlo nunca más. Y creo que esto nos lleva a pensar en que nunca podemos saber, con total certeza, de qué color es la bandera que las mujeres alzan, cada día, dentro de sus cabezas. Por esto, los hombres no hacemos más que meter la pata, y únicamente somos capaces de disgustarlas una y otra vez, sin darnos cuenta. Antes o después, por muy bonitas que sean a la vez sus olas y nuestras peripecias, nos ahogamos en su playa llena de turistas de plástico y de sentimientos complejos. Todo es cuestión de tiempo.
En Inglaterra, hace no mucho, conocí a un tipo al que se lo follaba una inglesa rubia con cara de inglesa. Él la llamaba la máquina de hacer sexo, pero claro, sólo la llamaba así cuando estaba a solas con sus amigos. Con ella delante, él la llamaba por algún otro extraño nombre inglés que no recuerdo. El asunto es que, de cara al resto de la gente, solo se trataban como conocidos y apenas se hablaban. Pero luego, a veces, ella, de alguna extraña forma, le hacía llegar una señal, con la que él sabía que le estaba permitido acudir esa noche, si le apetecía, a su habitación para llevar a cabo, con el cuerpo de inglesa de aquella inglesa rubia de nombre inglés que no recuerdo, todo lo que ambos habían visto alguna vez en esas películas de vídeo de poco presupuesto y aún menos ropa. Recuerdo, que a veces, él bajaba hasta su habitación a escondidas, en calzoncillos y camiseta, con un condón, una botella de Baileys y dos copas. Al poco rato, él volvía a subir de nuevo con su condón, su botella de Baileys y sus dos copas. Entonces, me miraba así, con cara como de haber perdido un avión, y con una media sonrisa, añadía en un susurro:

-Me ha dicho que esta noche está cansada.

Una noche de ésas en las que ella sí se encontraba con fuerzas, después de sudar un rato con él, le pidió, con su amabilidad de putón verbenero inglés, que se largara a su cuarto a dormir. Después de aquello, aquel chico decidió echarse una novia formal, con la que no follaba tanto, pero al menos, podía quedarse a dormir cada noche, tranquilamente, a su lado.
En cuanto a mi otro amigo, lo cierto es que desde aquella noche no volvió a quedar nunca más con aquella chica. Nosotros, de todas formas, seguimos saliendo todavía por ahí y bebemos whisky y tequilas y cerveza y calimocho y, después, también muchas mariconadas con alcohol o sin él, de muchos colores de nombres tan absurdos como los collares de perlas de un náufrago. Aún, de vez en cuando, recordamos juntos las tetas de aquella chica, y lo cierto, es que todavía seguimos sintiéndonos bastante orgulloso de ellas.

Iván Sáinz-Pardo

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LA SILLA VACIA

silla.gifSe crean imperios sin mover un ápice...
Y se derrumban por si solos con el torpe silencio que se apodera de los monólogos susurrantes de mentes como la mía.

¿Mamá?

Decidió abrir los ojos, después lavarse la cara y comenzar a caminar. No pensó en una dirección, no pensó en ninguna acción ni verbo. El trampolín de su propia realidad la catapultó todo lo alto que se puede llegar, y una vez allí, comenzó a caer.
Sintió una corriente súbita de aire frío, y cómo todas esas heridas invisibles de sangre invisible, se cerraban en su cuerpo como cremalleras de carne. No quiso cerrar los ojos, ni mirar hacia atrás en la caída. Sin importarle nada lo mas mínimo, se dejó caer. Y caía con el miedo en la garganta, con la boca seca, ligeramente salada y las manos frías y húmedas. Y caía, aturdida por el calor en las sienes y por un leve pero omnipresente pitido en los oídos.

-Me duelen la espalda y esta pegajosa tristeza. No seguiré cayendo.

Y es así como todo se detiene, y las lágrimas, como es costumbre, le dan los buenos días, mientras le besan y le lamen despacio las mejillas.

Sentada sobre la cama, con las piernas entrelazadas, y sin prácticamente mover un músculo, continúa llorando un rato en silencio.
El aire entra por la ventana medio abierta, sacudiendo levemente una cortina demasiado barata, acompañada por los diálogos frenéticos de la urbe y un cierto olor a hojarasca mojada.

Delante del espejo, una vez más, descubre a esa eterna desconocida con quien lleva tantos años conviviendo.

-Me he vuelto inofensiva, incapaz, ¿sabes? Aunque quizás ya lo fuera antes. Sigo siendo la misma y creo que tampoco esperaba otra cosa. ¿Me quieres? ¿Nos queremos?

Sale al pequeño balcón, con un café sin demasiada leche, y mira hacia el cielo, como testigo casual bajo el techo azul e infinito de castilla.
Se sienta allí fuera, con su bata, en una silla de madera. Despacio y con cierto automatismo, enciende un cigarrillo negro y se lo lleva a los labios. Se apoya únicamente en el sabor incierto de una larga calada, mientras trata de gesticular una desarticulada sonrisa. Pero la sonrisa desaparece inmediatamente. Huye volando para, finalmente, desaparecer entre la blanca palidez de las nubes.

El tiempo juega en la silla llena. El tiempo juega en la botella vacia.

Y antes de morir la mañana, la sonrisa vuelve a ella, volando de nuevo. Esta vez, la sonrisa se instala perfectamente en su rostro y, suavemente, la susurra:

-Me fuí a hablar con las nubes.
No te preocupes mujer, todas las sonrisas del mundo estamos hechas de secretos. Y el mío, por esta vez, te pertenecerá a tí para siempre.
Continua esperando, porque con la llegada de las lluvias primaverales, todos y cada uno de vuestros miedos, acaban siempre por morir en el mar.

-¿En el mar?

-Si, los miedos son cobardes. Con la lluvia huyen siempre por las alcantarillas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

HOY ES VIERNES

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Hoy es viernes.
Los viernes tienen algo de especial. Los viernes brillan como unos zapatos nuevos en una cuadra. Si tuviera que morirme esperaría hasta el lunes.
Antes los viernes eran fantásticos. En el colegio o en el instituto los viernes siempre fueron el mejor día de la semana. Talleres, teatro, gimnasia, ética, industrias de la alimentación, horas libres, excursiones y los cumpleaños.
En el colegio los cumpleaños siempre se celebraban los viernes. Tarde en la ciudad, desmadre y fiesta en casa de algún amigo o en cualquier hamburguesería.
La excitación de los viernes casi ha desaparecido y, sin embargo, todos los lunes continúan siendo una mierda.
Hoy es viernes y estoy sentado en un banco. Ha salido el sol después de seis meses y creo que realmente la sangre me circula de otra manera.
En Munich, cuando sale el sol, aparecen niños hasta por las alcantarillas. Hay cochecitos de niños y madres tristes por todos los lados. Y los viejos, que a pesar del buen tiempo, embutidos en sus abrigos y bajo sus gorros, desconfiados, vuelven a hacerse los dueños de las calles y las plazas. Se sientan estoicos, con sus rostros arrugados y se estiran al sol con gran vehemencia. Aquí muchos viejos están locos. Aquí muchos locos se hacen viejos, impotentes, viendo pasar el tiempo. Y todos ellos se reúnen alrededor de los bancos los viernes y beben toda la cerveza barata que pueden comprar y alborotan.
Yo los observo a ellos y a las madres con sus niños, mientras hago tiempo hasta entrar a trabajar. Observo el mundo de los que no trabajan y me siento tan feliz y excitado como un niño que ha burlado el colegio.
Hoy es viernes. Me pregunto si todos los viernes calzan el mismo número. Porque no tengo nada que ver con los días que se despegan de vuestros calendarios de oficina. Seguiré comiendo lo que yo quiera y no aceptaré vuestros purés aunque no me devolváis nunca más mis dientes.
A los dieciséis, un viernes por la tarde, entre lágrimas y sollozos, le revelé un secreto a mi madre:

-Mamá, creo que no soy como los demás. No puedo dejar de sentirme distinto, de hacerme preguntas imposibles y de pensar en cosas extrañas. Creo que, a pesar de lo que tú creas, no soy de este planeta.

Han pasado más de quinientos viernes desde entonces y aún me sigo sintiendo como un extraterrestre.
Me gustan los viernes, o lo que queda de ellos.
Hoy es viernes, hace sol, y a pesar del peso de todas las cosas, me siento estupendamente.
Nadie debería estar solo los viernes, porque es el día en el que todos los trenes de la felicidad y de la tristeza descarrilan, y después uno, lo quiera o no, ha de seguir cualquiera de los caminos a pie.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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ROJO

kirch_motte[1].gifRojo, y ya nada me separa demasiado de ti.
Amo esa canción, que llega para embriagar mis oídos, siempre a tiempo, milagrosa, salvadora, como el Séptimo de Caballería.
Esta quietud, y la ropa que va siempre de la cama al suelo.
Oscuridad. ¿Dónde estas? Huele a champán. Odio todos los desayunos del mundo. Todo está pringoso y te echo de menos.
Sigo bombardeando en primera persona, conspirando, preparando mi partida.
Me empacho cada día de delicioso veneno y lo comparto con chicas que no significan nada. Anoche, me gustó besarla, bajo su horizonte de paja. Era tan vulnerable…
Todos buscamos un pezón de leche adulta que tome las decisiones importantes por nosotros, y para dormir, la posición fetal es siempre la preferida.
Voy a hundirme lentamente. No cerraré los ojos. Evadirme, no coger aire y bucear hacia las profundidades. Acabar cuanto antes.
Voy a cambiar mi bronceado por el morado de los ahogados. Haré de mis pulmones un acuario municipal para vuestra absurda colección de peces.
Un rojo imposible.
Aprieta tus dientes y dime:

-¿Quién coño quiere ser náufrago?

Ya nada es igual que antes, y no quiero seguir mecanismos tan complicados. Existen muchos caminos de distintos colores y poco tiempo para recorrerlos. A veces, quisiera poder recorrer cada uno de ellos, pero las cosas parecen funcionar de otra manera.
Ella está bailando al final de su color, más triste y más hermosa que nunca. Frágil, oxidada, desgarrada en muchas de las formas, como luna apaleada, envejecida, cansada de provocar las olas. Puedo verla desde aquí. Yo no estoy seguro de querer buscarla, y a su vez, ella no esta segura de querer encontrarme. Nos deseamos, nos soñamos compartiendo las noches, el calor de nuestros cuerpos bajo las sábanas, prometiéndonos todas las noches que lleguen, como amantes ludópatas en un juego ajeno.

-¿Es acaso la vida únicamente el ingrato juego de una máquina tragaperras?

La felicidad sólo dura mientras dura el dinero.
Sabes que no es así, que de cualquier forma, para nadie el dinero tiene menos significado que para el ludópata.
Solo, encerrado en mi cuarto, sigo pensando en ella. Esperando un guiño de tres sietes que me devuelvan de nuevo a la superficie.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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