Tomamos el café cada mañana con noticias de refilón sobre atentados diarios con decenas de muertos en Irak o en otros lugares del tercer mundo. Alerta y muertos en Londres. Es lamentable. Es terrible. Aunque también lo es verificar, con cada una de estas mañanas, que realmente existen muertos de primera y muertos de segunda clase.
La última vez que estuve en Madrid fue a una entrega de premios. Era finalista en el concurso de la nueva campaña publicitaria de Cutty Sark junto a otros dos trabajos en video. Le dieron el premio a una chica de Madrid y el resto nos volvimos al hotel con la experiencia vivida y un cheque de 1000 como finalistas que tampoco estaba nada mal. Como, para bien o para mal y debido a mi profesión, ya estoy muy curtido en esto de las entregas de premios, pude disfrutar perfectamente de aquella fiesta y de la barra libre de la Joy, donde además pudimos aprovechar Lucy y yo para invitar y reencontrarnos con varios amiguetes. A la vuelta, fue un taxista muy simpático quien nos llevó hasta el hotel y mantuvimos durante el trayecto una conversación muy agradable e interesante. Entre otras cosas nos auguró con una seguridad pasmosa y con la supuesta sabiduría que otorga el contacto directo con el sentimiento de las calles, que Madrid no ganaría y que será Paris la que se lleve los Juegos del 2012. El vodka tiene la culpa de que ahora no recuerde bien sus explicaciones al respecto, pero Madrid ha sido recientemente eliminada junto a Moscú y Nueva York y faltan unos pocos minutos para que anuncien la ciudad afortunada. Pude seguir la presentación oficial de España y debo admitir que me gustó mucho. Madrid se merecía según mi opinión llegar al menos a la final. Me emocionó ver por fin de la mano a los lideres del PP y al presidente del gobierno en vistas de un fin común. Estos guiños románticos y utópicos consiguen emocionarme, ya veis, uno que es así de tonto. Era una competición y aquí la política, como en el resto de competiciones cumplen con un papel vital. Es una lastima pero ya no importa quien gane. Para mi, el interés y la emoción está ya únicamente en comprobar las dotes futurólogas de los taxistas madrileños. Una actuación firme y muy digna. Madrid, felicidades.
Spielberg ha vuelto. Y yo he vuelto a disfrutar. Defenestrarán esta película por su final. Pero es que probablemente muchos no conozcan la trama de la novela original con el mismo nombre de HG WELLS, la adaptación radiofónica de Orson Welles o no vieron la película original de Byron Haskin del 52. (Ver foto de este post) Aquel guión de Barré Lyndon lamentablemente ya se precipitaba en el último tercio y también nos sorprendía con un final para nada complaciente. Hubo después en el 88 una versión televisiva en formato serie, 48 capítulos de una hora bajo el título: La guerra de los mundos La segunda invasión. Para llegar a esta nueva película de invasiones extraterrestres de la mano de Spielberg, hemos pasado por muchas otras antes y alguna de ellas muy destacables: Existe una película dirigida cuatro años más tarde, en 1956, La invasión de los ladrones de cuerpos, de Don Siegel, muy parecida a la original de La guerra de los mundos, y que narraba una invasión extraterrestre también terrorífica y prácticamente imparable, muy acorde con el trasfondo de la guerra fría de aquellos años. Se hizo un remake en 1978 dirigida por Philip Kaufman, sin final feliz y con el título La invasión de los ultracuerpos. (Un remake muy bueno y para mí, sin duda, la mejor de las tres.) Abel Ferrara dirigió finalmente en 1994 el último remake donde todo transcurría en una base militar y se recuperaba el final feliz. En 1985 también causó furor en medio mundo la serie de ciencia ficción "V". (En nuestro país fue un autentico bombazo mientras que en otros países europeos nadie la recuerda.) Hay otras, "The Arrival" (Han llegado) de 1996 o "The Faculty" en 1998 de Robert Rodriguez, pero fue en el 96 cuando llegó Independence day, de Emmerich, que calcó con descaro la invasión relatada por HG Wells en una nueva versión más moderna, no vendida como tal, que ya cambiaba, como en esta otra nueva versión de Spielberg, el escenario de la vieja Inglaterra (como antigua potencia mundial) por la actualmente todopoderosa nación de los Estados Unidos. Spielberg, que se hiciera hace unos años con los derechos del guión original de la adaptación de Welles, retrasó el proyecto por el éxito de Independence Day, donde incluso el desenlace final hablaba igualmente de bacterias y virus, aunque en esta versión moderna era un virus informático el encargado de acabar con los malévolos planes de los invasores. Lo que mucha gente aun no sabe es que Spielberg volvió a cambiar la fecha del rodaje de su propio remake, pero esta vez para adelantarlo. Esto debido al comienzo de una nueva versión oficial de la versión de HG Wells por una productora independiente, Pendragon Pictures. Esta versión, mucho más modesta, pero que incluso comenzó con el rodaje bastante antes, ya planeaba su estreno para esta misma primavera. Ha existido, sin embargo, en secreto una desproporcionada carrera legal y de durísima competición entre el mega proyecto de los colosos Spielberg y Cruise y estos productores independientes. No hay rastro del estreno de la versión de Pendragon Pictures. Según parece, esta vez Goliat venció a David. Pero tranquilos, para los curiosos he conseguido fotos y una entrevista con su director AQUÍ y el trailer de esta versión derrotada por el poder de los estudios de Hollywood AQUÍ.
David Koepp y Josh Friedman, los guionistas de la versión de Spielberg, después de tantas películas, versiones y series parecidas, no han querido o no han sabido desligarse en demasía del original y tampoco han sido capaces de regalarnos un final que no se precipite y no defraude. En el momento de satisfacer con las enormes expectativas creadas durante una magistral primera hora, la historia se olvida poco a poco de darnos respuestas a algunas preguntas básicas (La reacción de los gobiernos durante la crisis, las plantas rojas, la sangre espolvoreada, etc) y la trama acaba perdiéndose en una completa nube de confusión durante la aparición en escena del personaje encarnado por Tim Robbins, para terminar en un forzadísimo y nada creíble happy-end. Pero nada de esto importa. La progresiva aparición de la tormenta con unos geniales efectos de sonido y el formidable trabajo musical de John Williams durante toda la cinta. La repentina y escalofriante aparición de las máquinas, la destrucción, el polvo, (creí ver algo parecido a un recuerdo al 11 de septiembre), el suspense, la impotencia, la tensión, unos efectos especiales muy realistas y aterradores, una acción trepidante, sobria, magistral. Escenas como la conversación durante la huida en el coche, con un movimiento de cámara inquietante e imposible. Los cadáveres flotando en el río, la población americana convertida en refugiados, en zombies desesperados, el caos en el barco, las ropas cayendo del cielo como una lluvia apocalíptica y las muy destacables y sobresalientes actuaciones de Cruise, de Dakota Fanning y de todo el resto. Spielberg devuelve a M. Night. Shyamalan con su Señales, a su sitio. Demuestra quien es el verdadero rey del suspense, nos recuerda que fue el, y no ningún otro, quien ya en su día aterrara al mundo con El diablo sobre ruedas, Tiburón o incluso con algunos excelentes momentos en Jurasic Park. Spielberg no siempre es el de las más recientes La lista de Schlinder o Salvad al soldado Ryan y no consigue mantener siempre la regularidad esperada por tantos seguidores, (entre los que me incluyo) pero lo cierto es que, desde el estreno de este remake, (que mejora con creces a su original) Independence day ya solo parece un carrusel de feria. Ahora en cartelera tenemos una de la obras más oscuras, violentas y tenebrosas del gran maestro. Spielberg ha vuelto. Y yo he vuelto a disfrutar.
Mi voz provenía del eco de una gruta ancestral, y todos los que esta vez existían en lo que ahora soy, se reunían en una iglesia. Esta vez mi chica era del Opus, y yo iba aprovisionándome de miguitas de pan, aun antes de contar con un camino seguro, una senda por la que dirigir mi vida. Mi padre me observaba con mirada atenta, acariciando con guantes de ausencia ese ambiente enrarecido de humedad e incienso, mientras su alma se columpiaba sobre las túnicas blancas. Pero mis manos estaban heladas y la ceremonia transcurría al margen de mi mundo, como una película tras un escaparate, en varios televisores a la venta. De alguna forma, me sentía integrado en una estructura absurda y endeble que me mantenía alejado de todo, alejado de mí mismo.
-¡Felicidades, el viento de mi feudo te ha arrancado las cejas y el pelo, pero tus miguitas siguen intactas sobre el camino! ¡Me gusta tu forma de trabajar y la forma en la que se te puede exprimir tu cabecita de rico y jugoso limón!
En la tele nos venden vino de raíces muertas para no despertar nunca y todo va de maravilla. Los días pasan y no hay guerras para ganar o para perder, aunque nuestros sueños pasen las noches en la camas de otros. Esta vez mi chica es del Opus y yo comparto cosas sencillas con ella. Sólo verla cada día me hace feliz. Escuchar su voz dulce, imaginar la restauración de mi alma con la bendición de cada uno de sus besos. Y estamos todos en esta iglesia. Yo también, porque mis miguitas, alineadas, forman un supuesto camino de prosperidad y sensatez profesional. Todo parece ser una bonita historia, quizá una historia de amor, pero los finales felices son sólo para los guionistas de Hollywood. Ahora mi padre parece estar ausente, ha dejado de observarnos y posa abstraído ante la pila del agua bendita. Me acerco despacio y le pregunto en un susurro:
-Papa, ¿que haces?
-He visto a tu madre. Es un pez.
El cura calla de repente y se rasca la nariz. El cura se ha resfriado, al igual que aquellos inocentes niños de anoche. El aire acondicionado de su despacho depura y refresca el ambiente y se lleva el calor, el sudor, las lagrimas y la inocencia infantil a otra parte. Pero ahora, este cura se ha resfriado y de un violento estornudo, así sin más, manda mis preciadas miguitas a tomar por el culo. Mi vida se descompone. Nadie se da cuenta. Pierdo la Fe de un golpe. Los clavos de la gran cruz ceden y el Crucificado cae de bruces a las espaldas del cura. Los mismos clavos vuelan por la iglesia en mi busca para atravesarme violentamente el corazón. Todos me miran, y yo, mal herido, sobrecogido por el dolor, no puedo por menos que gritar un mecagüendios, para el asombro de todos los allí presentes.
El cura palidece, y mi chica del Opus se lleva las manos a la cabeza. Mi padre, mientras, se transforma en un pez dorado y salta a la pila del agua bendita. El Unigénito, derribado, en el suelo, envuelto en sangre, parece divertirse. Ríe escandalosamente y grita:
-¡Dejad que los niños se acerquen a mí!
Arrastrándome, mientras todo el mundo allí dentro grita como una manada de cerdos electrocutándose en un matadero, consigo llegar a la puerta y abandonar el lugar. Ahora mi padre tiene branquias y yo camino solo y mal herido bajo la oscuridad de esta noche. He perdido mi Fe, mi trabajo, he perdido a mi chica del Opus, he perdido mi escasa reputación, y lo que es definitivamente peor, la manera de regresar a casa.
El 11 de Abril de 1994 Kurt Cobain, músico de Seattle y vocalista del grupo Nirvana, se suicidó de un tiro en la cabeza. ¿Quien no lo recuerda? Gus Van Sant, director entre otras de las interesantes Drugstore Cowboy, El indomable Hill Hunting, Mi Idaho Privado, Elefant y de engendros soporíferos como Encontrando a Forrester o Gerry, intenta ahora con Last Days narrar el infierno personal de los últimos días antes de la trágica muerte de este ídolo internacional y representante del movimiento Grounge. Una muerte provocada según parece por el peso de la fama, la depresión, una evidente adicción a las drogas y una relación tormentosa con la que, por aquellos entonces, era su mujer, la también cantante y actriz Courtney Love. Una muerte aquella que se vendió en todo el mundo y que en su día convirtió el suicidio adolescente en una truculenta moda mucho más allá de las fronteras de Seattle. Michael Pitt, hermano de Brad Pitt, que ya actuara en Soñadores de Bertolucci, interpreta a Kobain, en parte ayudado por su asombroso parecido físico con el cantante. (No hay más que ver la foto) La música también se parecerá a la original, pero solo eso, los derechos siguen en manos de la recelosa señora Love, acusada, entre otras muchas cosas, de plagiar y robar los restos músicales de su marido en beneficio de su propia banda (Hole), esto durante y sobretodo tras su muerte. Hay muchas oportunidades y posibilidades distintas de abordar los temas de una película como esta. Despierta mi curiosidad. La película no se estrenará en nuestro país hasta Septiembre, pero podéis ver el trailer si queréis AQUÍ.
Hoy, día del orgullo gay, quiero romper una lanza en favor de los católicos. Estoy completamente a favor del permitir el matrimonio entre católicos. Es un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad. Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Y que incluso, a veces, podrán esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Y también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrán argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrán considerar que permitir que los católicos se casen incrementaría el número de matrimonios por "el qué dirán" o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio),incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia. Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, no resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos.
Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de "¿Católicos adoptando hijos? ¿Esos niños podrán hacerse católicos?". Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás.
Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción. Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Hoy soy una jodida ulcera en el estomago de mi propio destino. Hoy soy el único sendero, la silla mas incomoda, soy el despertador que menos madruga. Hoy soy comida para peces, pero vosotros ni siquiera sabéis nadar. Hoy mi suerte es como un puñado de burbujas de jabón escapándose por la ventana del despropósito, aunque no por ello, voy a malvenderos mi buena estrella.
Iván Sáinz-Pardo "El sendero de la oveja negra" N 33042/1997 R.P.I: VA-1329
Ayer fui a los Verdi a ver Lila dice. Entré a verla sin haber oído nunca hablar de ella, con la única esperanza de ver un poco de cine independiente, con la única pista de saber que se trataría de una producción europea. Lolita y el primer amor adolescente. Estos son los dos pilares fundamentales con los que se sostiene esta segunda película de Ziad Doueiri, quien debutara en 1998 con West Beirut. Una voz en off es la que nos abre al mundo interior de Chimo, el adolescente protagonista, y nos sirve prácticamente como único antídoto ante la pasividad casi desesperante del personaje interpretado por Mohammed Khouas. A mi parecer, los personajes secundarios y todos los trasfondos dramáticos están lamentablemente cogidos por alfileres, la madre de Chimo, sus amigos, la tia gorda con la que vive Lila, etc. Pero no importa demasiado, por que incluso, de lo presumiblemente predecible en el guión, resurge la sorpresa, y por si no fuese esto suficiente para muchos, aún está la figura de la bellísima Vahina Giocante, que consigue trasmitir la carga sensual y erótica que propone y necesita el personaje de Lila. Pero eso no es todo, además consigue enamorar al espectador catapultándolo de vuelta en la memoria a aquel primer enamoramiento y aquel excitante descubrimiento de la sexualidad adolescente. La película especula con nuestros propios recuerdos, aquella inocencia, aquella inexperiencia, aquellos olores, imágenes, sentimientos. Por esto la película no acaba al terminar la proyección. Fresca y muy recomendable.
Llegó la noche, y como las anteriores, se presentó calurosa y llena de magia. El cielo estaba abierto y repleto de estrellas. Encendimos el fuego y al poco rato ya estábamos todos cenando en la playa. Teníamos un aparato de música y también, como suele ser habitual, alguien se arrancó a tocar y a cantar algo con una guitarra. Sentados alrededor del fuego, bebimos limonada, hicimos muchas fotos, jugamos a algunos juegos bastante estúpidos y nos reímos chapurreando sobre un montón de tonterías. El valenciano, una vez más, se arrancó a contar sus chistes en inglés, y Dieuwke y yo, decidimos entonces irnos a dar un paseo por la orilla. Nos sentamos y rodeé a Dieuwke por los hombros. La luna se mostraba inmensa, como una gran panza preñada, tiñendo con su palidez la costa de una tonalidad lechosa y azulada. Permanecimos allí sentados, acompañados por el rumor de las olas, besándonos, susurrándonos cosas al oído. Después nos quedamos allí callados y los minutos volvieron a transcurrir con un grado de inquietante y extraña irrealidad. Un rato más tarde, Dieuwke me contó que estaba algo destemplada y que tenía el estomago un poco revuelto. La ofrecí mi jersey y decidimos volver con el grupo.
-Jack se ha puesto malo, y Janet y los demás tampoco se encontraban demasiado bien. Así que han vuelto todos al cámping. Estos holandeses no tienen sentido del humor. Nos informó el valenciano con una de esas sonrisas idiotas que provocan la sangría. Dieuwke tenía frío y se sentía mareada. Recogimos todo, apagamos el fuego y marchamos hacia el cámping. Pero fue justo antes de abandonar la playa, cuando se soltó de mi brazo para salir corriendo en dirección opuesta. Recorrió a penas diez metros, tambaleante, y comenzó a vomitar. Las piernas le temblequearon y cayó de rodillas a la arena. Corrí hacia ella y la incorporé.
-No es nada, tranquila, no es nada...
-No, déjame sola... estoy bien... oh Dios mío tu jersey.
La ayudé a terminar de vomitar y la apoyé en mi hombro.
Al día siguiente, fui a visitarla y descubrí a todos los holandeses, padres e hijos, tirados sobre hamacas o colchones. Los más valientes, permanecían sentados en una silla. Encontré a Dieuwke tumbada sobre un colchón, a la sombra. Se sentía bastante mejor, pero algo avergonzada por haber vomitado en mi jersey. Yo le resté importancia y me senté a su lado. Sonreimos, miramos a los lados y a escondidas nos besamos fugazmente. Su madre apareció como por inercia en ese preciso momento, me saludó y me ofreció algo de beber.
-Hola Iván, somos todo uno poco intoxicados. ¿Beber?
Los días siguientes permanecí al lado de Dieuwke y de su familia. Memoricé alguna palabra suelta en holandés y aprendí a hacer tortitas. Dieuwke aprendió a comer pipas y a chapurrear el español a una velocidad asombrosa. Me contó sobre sus amigos, algunas cosas sobre Holanda. Compartimos nuestras cintas de música y especulamos sobre lo que nos gustaría hacer de mayores. Se recuperó y pronto volvimos a visitar la piscina, después la playa y volvimos incluso a visitar el puertecito de San Vicente de la Barquera. Los días y las noches se atropellaron como una traición y casi sin esperarlo nos alcanzó la ultima noche.
Después de estar un rato con los demás en la plaza del camping, nos volvimos a escapar del grupo y caminamos hasta la playa. En silencio, volvimos a atravesar de la mano aquella carretera rodeada de árboles donde nos besamos por primera vez. Llegamos a la playa. La noche era oscura, no había rastro de la luna y casi no nos veíamos. Únicamente se advertían algunas hogueras en otros puntos de la playa. Nos sentamos y nos besamos, nos desnudamos en silencio y nos acariciamos en la oscuridad, en secreto, sobre a arena. Aquellos besos sabían dulces, a bienvenida. Aquellos besos sabían salados, a despedida. Y la distancia mesurada del encuentro, de todos aquellos días, se perdían irremediablemente en un nervioso tiritar, evaporándose con el sudor, con la saliva, con las lagrimas, con la llegada de la luz, abandonando nuestros cuerpos para siempre.
La luz era la de dos faros que nos sorprendieron. Aquel camión que cada noche limpiaba y alisaba la arena se nos echaba encima. Corrimos desnudos, riendo, gritando, con la ropa de la mano, hacia el mar, y ya con el agua por las rodillas, nos abrazamos muertos de la risa. Y nos miramos a los ojos, y de alguna forma, aquellas risas se fueron extinguiendo hasta quedar de nuevo en silencio. Dieuwke respiró hondo:
-Te quiero. Dijo ella en español.
-Ik hou van jou. Dije yo en holandés.
A la mañana siguiente, serios y muy tristes, esperábamos mi marcha sentamos en la plaza del camping. Recuerdo aquel tremendo nudo en la garganta.
-Nos escribiremos.
-Sí, nos escribiremos.
-Te llamaré por teléfono.
-Sí, yo también a ti.
-Quizá en Navidades...
-O el próximo verano...
-Sí, el próximo verano seguro que...
El claxon del coche de mi padre me hirió como una sentencia de muerte y traté de concentrarme en contener a toda costa las lágrimas. Los holandeses se quedarían todavía dos días más en el cámping, y después, pasarían una semana en Francia antes de volver definitivamente a su casa. Mi madre y mis hermanas también se quedaban algunos días más en el cámping. Yo, sin embargo, tenía un examen de matemáticas por recuperar, y mi padre, tenía que volver al trabajo, así que mis padres habían decidido que los dos nos marcharíamos juntos ese mismo día. Me despedí de todo el mundo y, delante de las miradas de nuestras familias, terriblemente afectado, besé a Dieuwke fugazmente y en la mejilla. Aún no me podía creer que aquello estaba ocurriendo realmente. En varios minutos, posiblemente Dieuwke y aquel camping desaparecerían para siempre. Ya en el coche, todos nos decían adiós con la mano.
-¿Te has despedido bien de Dieuwke? Preguntó mi padre.
-Sí. Contesté yo. Pero mi padre, observando desde el coche el entristecido rostro de Dieuwke, añadió:
-Anda, mira como te esta mirando. ¡Sal y dale un beso!
Yo ya no podía más, aquel nudo en la garganta se hinchaba como un globo y me aplastaba el pecho.
-¡Ya le he dado un beso! ¡Venga por favor, arranca de una vez! Contesté en un grito.
Mi padre arrancó el motor del coche pero entonces, vimos como Dieuwke echó a correr hacia nosotros. Mi padre detuvo el coche y ella, introduciendo su cabeza por la ventanilla, me besó tiernamente en los labios, envuelta en lágrimas. Entonces regresó corriendo y mi padre continuó la marcha. Yo me quedé paralizado, como si con aquel beso me hubieran petrificado para siempre. Todos continuaron diciéndonos adiós con la mano hasta que abandonamos la entrada al camping. Recuerdo que transcurrieron bastantes minutos de completo silencio en el coche de mi padre en los que, por unos momentos, pensé que realmente me iba a terminar ahogando con aquel nudo en la garganta. Mientras, mi padre conducía muy callado y de vez en cuando me miraba de reojo.
-Será mejor que llores un poco si no quieres morir asfixiado.
Dijo mi padre, rompiendo el silencio y sin dejar de mirar a la carretera. Y así, casi cuarenta kilómetros después, yo miré hacia atrás por primera vez. Aquel verano había terminado.
En Oyambre las tardes se retrasan lánguidas y sin ningún pudor, anunciando las noches que regresan de sus viajes cíclicos. Noches que se desnudan para morir en la arena y emanar, a borbotones, la sangre azul que ha de teñir la mañana. Oyambre es una fuente de cultura cántabra, una fiesta española de milagros y naturaleza, donde las mañanas se despiertan con los pies fríos y el constipado celeste que produce el roció. Y esas marismas templadas, que se prestan como escenario para la tenacidad de los corredores, testigos del pasear de los enamorados y el silencio invisible de todos los ahogados en otras vidas. En Oyambre hay montañas verdes que mueren en brazos del mar, bajo el clamor de las gaviotas y la soledad de los puestos de vigilancia en la playa vacía. Pero el sol aparece muchas veces sin dar los buenos días, y sorteando algunas nubes, comienza a transformarlo todo en un nuevo capitulo en el diario de las vacaciones.
Recuerdo la crema para el sol. Tres días de playa más tarde, los holandeses ya habían mudado todos casi cuatro veces la piel pecosa de sus narices. Recuerdo sobre todo la crema. Crema blanca, resistente al agua, factores, filtros, crema para los hombros, para las mejillas y para las narices de todos los niños del mundo. Las madres, en la playa, da igual si son madres holandesas, españolas o de dónde quieran que sean, siempre corretean detrás de sus hijos con esos botes de crema pringosa. Da igual la edad que tengas. Simplemente aparecen, te colocan un pegote en la nariz y otro tanto más en la espalda, te lijan con los granitos de arena, te sueltan algún comentario demasiado humillante para tu edad y se van tan satisfechas.
Es por esto de lo de las madres alborotadas y sus cremas, que solíamos huir una y otra vez con la disculpa de querer irnos a bañar. A los diecisiete, y delante de las chicas, esa conjunción diabólica resulta simplemente embarazoso. Y así, al día siguiente, decidimos lógicamente volver solos, por nuestra cuenta y sin padres. El día era radiante y especialmente caluroso. Las aguas estaban tranquilas y la bandera verde ondeaba a nuestro lado. Miraba la bandera verde y miraba a Dieuwke, preciosa con su bañador. Aquella bandera parecía querer simbolizar y estimular de alguna forma mis, hasta ese momento, temerosas incursivas en ingles. Aquel día estaba transcurriendo estupendamente, ella parecía seguirme un poco el juego, mi ingles salía solo, estaba inspirado, hablábamos y nos reíamos juntos. Era muy feliz. Hasta que mi hermana entró en la conversación y entre medias de no se qué en ingles entendí algo parecido a "topless". Entonces, de un carpetazo, toda aquella compleja escala estratégica de intencionadas miraditas entre Dieuwke y yo, de segundas intenciones, de sonrisas cómplices, se vio truncada por una inesperada situación. Ambas se habían despojado en un santiamén de sus bikinis, y yo sentí de golpe, como dos pechos perfectos me apuntaban a mí, directamente a los ojos, como si aquellos pezones sonrosados me mirasen profundamente. Al recuperar el aire, y sin saber porque, comencé a disimular. Mal. Muy mal. Rematadamente mal. Como un completo idiota. Solté dos frases practicamente inteligibles mientras, una y otra vez, mi vista rehuía por si sola hacia puntos perdidos en el horizonte.
-¿Buscas a alguien?
Se me ocurrió entonces que lo mejor sería dejar de hacer el ridículo, cerrar los ojos y tomar el sol. Sabía que no podía levantarme e irme a bañar, ella insistiría en venir. Tendríamos que hablar, mirarnos a los ojos. El sol picaba como un castigo y yo no tenía escapatoria. Tres horas más tarde, pensé que aquel sol intenso y abrasador ya me había dejado como un bistec a la parrilla, sin embargo, me resultaba imposible evitar no ponerme nerviosísimo cada vez que pensaba en volver a abrir los ojos y decirla algo. ¿El que? Sería incapaz de concentrarme, hablar ingles, decir alguna cosa coherente y no desviar la mirada con aquellos dos maravillosos pechos bajo su sonrisa.
-¿No te bañas?, pregunta mi hermana.
-Ya te he dicho que no me apetece.
-Te estas quemando.
-Mentira.
-Estas más rojo como el culo de un mandril. Vaya, mira quienes nos han encontrado...
Ya nada podía ir peor. ¿Verdad? Al abrir los ojos sentí una especie de extraño mareo. Tarde unos segundos en recuperar la vista. Lo veía todo azul. A lo lejos, poco a poco fui descubriendo a mis padres y a mis dos hermanas pequeñas que se acercaban a nosotros. Mi madre, aun de lejos, no más verme, comenzó a realizar aspavientos y pude ver como sacaba de su bolsa un bote azul.
Las holandesas y yo teníamos algo más en común, o mejor dicho, algo menos, la piel de la nariz y la de los hombros. Recuerdo que aquél fue el verano de la Lambada, del calor y de las vacas muertas por la sequía. Saturados de sol y playa, algunas tardes decidíamos quedarnos en el camping. Se formaban grupos muy variopintos para jugar al bádminton en la plaza, para jugar a la pelota en la piscina o al baloncesto en aquella pequeña cancha. Nos juntábamos al final casi siempre con otros chicos más mayores que se sentían aún más mayores de lo que eran. Con padres que se sentían mucho más jovenes de lo que también en realidad eran y con muchos otros niños españoles, franceses, alemanes, holandeses y hasta un inglés pelirrojo con un aparato enorme en la boca y cara de colibrí. Recuerdo que, casualmente, una de esas tardes de baloncesto coincidí con Israel, a quien realmente conocí al año siguiente, y quien actualmente es uno de mis mejores amigos y curiosamente un magnifico entrenador de baloncesto. Recuerdo que aquel partido fue un desastre, pero a nadie parecía importarle lo más mínimo. Dieuwke me sonreía y me cubría siempre muy de cerca. No dejábamos de buscarnos, con la mirada, con las manos, mientras yo me sentía el hombre más feliz del mundo. El partido no importaba, yo me olvidaba a cada momento del equipo en el que jugaba, del otro equipo y también de la pelota. Y las noches eran estupendas y nunca nadie parecía tener sueño. Las noches las pasábamos en grupo, cerca de la plaza. Recuerdo a un valenciano tratando siempre de traducir sin suerte unos chistes terribles al inglés, mientras Dieuwke y yo, nos contábamos miles de cosas con la mirada, furtivamente, y nuestros padres, muy sonrientes, gesticulaban entre ellos y bebían en la terraza. Aquel chaval no paraba de forzar su repertorio y yo solo quería levantarme y besar a Dieuwke. Decirle allí mismo, delante de todos, que me había vuelto loco por ella. Pensaba únicamente en sus labios, en su cuello, en agarrarla de la mano y llevármela sin decir nada, lejos de allí. Ella me devolvía los pensamientos, con sonrisas perfectas y miradas cómplices, pero todas aquellas noches de deseo terminaban siempre mucho antes de donde comenzaban a volar nuestras fantasías. Una mañana, al volver de los servicios públicos de vuelta a mi tienda, Janet y Dieuwke ya me esperaban apoyadas en el coche de mi padre.
-¿Vamas alaplalla?
-Veo que ya les estás enseñando algo de español. ¿No vas a desayunar? Preguntó mi madre con una sonrisa cómplice.
-No, gracias mamá, no tengo hambre.
Y así fue como levantamos el veto a las mañanas de playa, y esta vez si que compartimos románticos paseos y divertidos baños entre las olas del Cantábrico. Por las noches, también cambiamos la plaza del camping por las fiestas de Comillas, donde recorríamos, cada vez, de aquí para allá un pueblo atestado de gente, agarrados de la mano. En compañía de los demás, visitábamos los bares y bailamos en la verbena. Y fue una de esas noches de fiestas, de vuelta al camping, cuando nos escapamos del grupo y nos besamos por primera vez, al borde de la carretera. ¿Recordaís el embriagador mareo de uno de esos primeros besos? Abrí mis ojos y vi como Dieuwke se dio la vuelta y se sentó al borde de la calzada.
-¿Qué té pasa?, pregunté, sentándome a su lado. Entonces descubrí algunas lagrimas en su rostro.
-Oye mira, perdóname, no debí besarte. Yo...
-No, no es eso Iván. Yo también lo quería, pero... Lo que pasa es que... es que tengo un problema. Tengo un novio en Holanda.
Hubo un silencio, mientras ella se secaba las lágrimas. Después nos miramos por unos segundos y dije:
-¿Sabes?, entonces tenemos dos problemas.
Dieuwke me miró algo extrañada:
-¿Tienes una novia?
-Sí, desde hace un año.
Un coche pasó entonces, alumbrándonos con el fogonazo de sus faros, y nos pitó al vernos allí tan peligrosamente ubicados. Mientras regresábamos de nuevo al camping, hablamos de nuestras respectivas relaciones. Nos preguntamos, sin desearlo siquiera, por sus nombres, como si aquello fuera a solucionar algo, y tratamos torpemente de quitarle importancia a aquel maravilloso beso y también a todos esos otros besos anteriores, hasta entonces tan solo deseados. Al final, poco antes de reunirnos con los demás, prometimos que aquello no debería volver a ocurrir. Los dos estábamos de acuerdo. Caminabamos mudos, como tratando de entender, sintiendonos testigos directos, protagonistas del imperecedero recorrido de un beso.
Posiblemente hubiéramos podido evitar aquella nueva avalancha de besos y caricias en la oscuridad, entre aquellos árboles en frente de la entrada al camping. Posiblemente hubiéramos podido respetar aquella estúpida promesa por más tiempo, si no hubiéramos cometido el delicioso error de detenernos y proponer, por mayoría absoluta, sellarla definitivamente con un último beso.
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Desciende la bruma, lentamente, sobre un paraíso de ángeles caídos. Mar de espectros y sombras, cosecha de cipreses apuntando hacia un cielo gris plomizo, mientras el silencio se extiende, una vez más, adueñándose de todo. El musgo cubre parcialmente las lápidas y las cruces en un húmedo abrazo. Y la mañana, quebrada, parece transcurrir a cámara lenta, como en una proyección lánguida y fatigada. Poco a poco el ruido de los motores irrumpen en la espesa solemnidad de este cementerio abarrotado de nichos y flores. Una hilera de automóviles atraviesan la entrada, y un grupo de personas, cabizbajas y apesadumbradas, escoltan un ataúd de madera. Lentamente, desfilan dejando atrás la herrumbrosa puerta de la entrada. Se han agolpado todos en torno a una zanja y dos jóvenes, ataviados con un mono azul, se preparan para introducir el ataúd. Un cura recita algunas palabras de una amarillenta Biblia, y un hombre mayor junto a la que parece ser su esposa, amagan con derrumbarse. Las palabras se suspenden en el aire, como hojas desprendidas flotando entre los rostros grises. Y una joven de rostro desencajado deposita, tambaleante, una guitarra y una rosa roja sobre el ataúd. Los hombres de mono azul comienzan a sepultar con sus paladas de tierra el féretro. Los visitantes continúan llorando en silencio y todo transcurre al margen de lo que ocurre debajo de ellos. Dentro del ataúd un joven abre los ojos. ¿Donde estoy? El joven no entiende. Esta a oscuras. Solo recuerda que acudía con prisas al concierto. Él y su grupo tocaban anoche. ¿Anoche? Pero aquel automóvil apareció de la nada y catapultó su cuerpo por los aires. Trata de moverse pero no siente su pierna derecha, está como dormida. Siente eso sí un agudo dolor. Algunas de sus costillas, sin ninguna duda fracturadas, parecen bailar a su antojo con el movimiento de su respiración. Y es entonces cuando realmente entiende donde se encuentra. Le llega a la cabeza el recuerdo de una vieja película en la que, erróneamente, enterraban vivo a un hombre. Pero no, él ni es un actor, ni lo que está ocurriendo es una película, y sabe que necesita urgentemente llamar la atención de los que le están enterrando antes de que la ceremonia termine o se le agote todo el aire. ¿Aire? ¡Dios mío, voy a morir asfixiado!
Y comienza a gritar durante varios minutos. Chillidos angustiosos y desesperados, golpes al ataúd y forcejeos. Pero decide calmarse, para así, en silencio, tratar de escuchar algo de lo que está ocurriendo allí afuera. Silencio... Su respiración y un pam, pam, pam... el ritmo frenético de su propio corazón. Silencio. Pero no, algo más produce esos golpes. De fondo, a duras penas, como un leve susurro, llantos de gente y una oración por su alma. Y reconoce entonces el ruido de la pala, imparable, clavándose en la tierra, y el ruido de las piedras, que sacuden de forma aterradora el ataúd. La angustia y la desesperación le incitan a llorar y a golpear de nuevo las paredes de su prisión de madera. Con la voz ya desgarrada, vuelve a gritar con todas sus fuerzas. Pero la ceremonia está llegando a su fin y se abren algunos paraguas. Una repentina lluvia llega para apagar aún más los desafortunados intentos de aviso del joven. Víctima de la fatiga, agotadas ya las fuerzas, sus chillidos se van desvaneciendo, y también sus golpes,. La gente comienza a marcharse y los enterradores echan la última palada de tierra. Los motores de los coches vuelven a encenderse, y uno de los enterradores que aún queda por allí, asienta el terreno con sus pies. El joven parece haber perdido cualquier tipo de esperanza, aunque de forma prácticamente automática, continua aún dando algún grito y algún golpe con sus puños. Sabe que es demasiado tarde. Ya es irremediable. Va a morir.
El aire se vuelve pesado, insípido, está sudando. Comienza a notar una especie de mareo y como su mente sufre un silencioso schock. La locura se le acerca y le sonríe. No oye absolutamente nada.
El joven piensa en que por primera vez en su vida está completamente solo. Silencio. Únicamente le queda oírse así mismo, como quien se escucha balbucear bajo el agua, en el fondo de una piscina. El joven vuelve a repetir el mismo grito y el mismo golpe de antes, una y otra vez, casi sin fuerzas, creando una especie de macabro ritmo.
¿Y por qué no?. Se dice.
Y claudicando ante la realidad de su inevitable destino, decide añadir una serie de golpecitos más con el nudillo y luego un nuevo compás. Va a morir, sin ninguna duda, pero a dos metros bajo tierra, el joven canta como otras veces su canción de apertura. Algo le impide ahora seguir llorando, algo extraño le incita a sonreír y sabe que este será, a pesar de todo, su último y su mejor concierto. El cementerio lentamente va recobrando su silencio. La lluvia lame las lápidas y las coronas de flores. Los cipreses, insensibles al agua, apuntan al cielo con su rigidez natural. Cierto olor a tierra mojada acompaña al enterrador más demorado, que al alejarse, cree oír algo parecido a una música lejana, un ritmo incierto, prácticamente inapreciable. Por unos instantes, bajo la lluvia, cree estar escuchando a alguien cantar, aunque claro, en realidad, también pudiera tratarse de cualquier otra cosa.
¿Es la familia únicamente un estamento hombre, mujer con hijos? Según eso, una pareja homosexual no lo es, pero una mujer o un hombre separado con hijos tampoco es una familia. Ni una madre soltera con hijos tampoco. ¿Y una viuda? ¿Y las parejas que no pueden o no desean tener hijos? Para mí la familia no tiene que ver con la religión, ni con la católica ni con ninguna de las demás. Es un asco la politización de estos temas.
Debe de ser muy triste ser del PP hoy en día y ser homosexual. Que ironía observar a los arzobispos manifestarse y apoyar esta absurda movida, cuando por todos es sabido que, en sus filas, hay más cantidad de homosexuales por metro cuadrado que en un concierto de Alaska. Cuando hasta ahora, estos, no han salido a la calle para manifestarse en contra de la guerra, el hambre o para, por ejemplo, defender a la mujer en cualquiera de sus problemáticas más graves.
Pobre PP, con el lastre de refugiar por inercia aún a esos fachosos recalcitrantes del neolítico con argumentos como: Los homosexuales son unos enfermos. La homosexualidad es un trastorno innatural de maduración afectiva. Una familia que no aporta hijos, no aporta a la sociedad, etc.
Hace muy poco, los que estaban en contra de la guerra ilegal y cruel en Irak, eran tachados prácticamente de pro terroristas en nuestro país, o incluso de traidores de la patria en U.S.A. Ahora, no apoyar una manifestación que está descaradamente a favor de la discriminación social a los homosexuales, pero disfrazada de apoyo a la familia,significa, según estos, no respetar el estamento familiar. Pues miren señores, yo estoy a favor de las familias, de las católicas, pero también de todas las demás, las civiles, las homosexuales, las judías, las árabes y las de los no creyentes. Estoy a favor de las familias unidas y felices, con hijos propios, adoptados o sin ellos, y por una educación de estos, basada en el respeto, la tolerancia y el cariño. ¿Llevaréis vosotros a vuestros hijos para educarlos a esta manifestación descaradamente homofoba y en contra de los derechos de los homosexuales? Mirad lo que dice el diccionario sobre esta palabra:
HOMOFOBIA: f. Rechazo a la homosexualidad y a los homosexuales: la homofobia revela intolerancia.
Lo importante es que los niños se sientan realmente queridos y el amor no entiende de políticas ni de religiones. Pero amigos, esta es, únicamente y como siempre, mi humilde opinión.
Con este individuo inauguro una nueva sección en esta Web. Un nuevo tema de los que podéis encontrar en el menú de la derecha. Esta sección se llama EL PERSONAJILLO DEL MES, donde iréis conociendo a gente muy singular y que hoy estrenamos, ni más ni menos, que con mi primo Talo. Madrileño, cosecha de los setenta, ser humano libre y jefe de recepción en sus ratos no libres. Un autentico todoterreno. Es adicto a todo lo poco imaginablemente adictivo y un verdadero yonky del resto. Divertido, ingenioso y muy flexible y tolerante. Igual le dan las fiestas de despedida, que las de cumpleaños, que los San Fermines, los bautizos o las cenas de empresa. Se hizo un nombre en el Cole español de Munich en tan solo cuatro semanas y se comportó como un verdadero hombre en la fiesta de la cerveza. Un tío diez de los que son capaces de transformar un mero lunes de mierda en un sábado noche. Aunque parezca mentira, la foto es reciente y además de mi boda. Justo un par de horas antes de acabar casi todos en calzoncillos bebiendonos las penultimas en el Jacuzzi del Hotel.
Miles de personas mueren al día de hambre y desnutrición en una parte del mundo, sin remedio, mientras en la otra, otros tantos practican, por mera pijería, la desnutrición y el hambre como moda. El futuro de este país dentro de poco estará en manos de una generación desquiciada y mermada por gravísimos desarreglos emocionales, psicológicos y nutricionales. Donuts light, Pepsi light, mantequilla light, mayonesa light, queso bajo en calorías, ponte guapa, cuida tu imagen, adelgaza con pastillas, parches, kellogs, ¿liposucción? ... Rebaja esos kilos, ponte estos trapitos, tallas, laxantes, diuréticos, adelgaza, reduce, vomita... Eres gorda, estas gorda. Eres fea... no te quieres. Nadie te quiere. Engorda, compra, dame tu dinero. Adelgaza, compra, dame tu dinero. Engorda, compra, dame tu dinero. Adelgaza, compra, dame tu dinero...
Violeta eres, en cada beso de papel. Esta es la semilla venenosa, la bendición mortal de cada una de tus balas perdidas. Me cuesta odiar, pero lo hago a veces, siempre bajo la grotesca inercia de los días que se extinguen, quebrados de sentido.
Y tiene que haber algo así, en cada mañana rota, cúmulo infinito de caras aburridas tras nuestras puertas con llave. Cuelgan de un tendal universal nuestras almas sucias e impregnadas. Y tiene que haber algo así, para que por fin aprendas a sortear las zancadillas, aunque éstas sean de piernas como tanques. Y no me preguntes más que significa todo lo que no entiendes, porque parecemos dos caballitos de mar a la deriva y porque, simplemente, no quiero entender el significado de todo lo que preguntas.
Violeta imposible. Y ya nadie nos escucha. Hay tantos agujeros sangrientos en nuestro corazón como días vacíos en el cargador. Pero yo nunca pretendí ser faro único en cada una de tus noches sin luna. Y tiene que haber algo así, hoy que me apetece trasnochar y sentirme inmortal e imprescindible, hoy que tu sonrisa más bien parece una fractura, y yo corro a esconderme en el subsuelo de mi cuarto, por si de nuevo lloviesen cuchillos del cielo de tu boca.
-¡Shss !... ¡Calla! ¡No hables! No digas nada. No preguntes más. Porque yo ya no estoy aquí, y en realidad, nadie nos ha preguntado.
Michael Jackson ha sido declarado inocente de todos los cargos. Si alguien ha ganado algo con esto, supongo que habrá sido únicamente su abogado. Michael se las va a ver para conseguir volver a enderezar su carrera profesional y recuperar su endeble y sufrida salud, así como el crédito suficiente para poder volver a mirar a alguien a los ojos sin sus gafas de sol. Yo, mientras, no puedo pensar en otra cosa al respecto que no sea el sospechar que ningún negro de clase media o baja en U.S.A se hubiera librado de la cárcel en su lugar. Que si hizo algo de lo que le acusaban y ahora ha quedado libre, habrá niños y adultos sufriendo al otro lado. Que si Michael era y es realmente inocente como dice la justicia, habrán igualmente un niño y un adulto sufriendo. Al adulto lo han absuelto hace unos minutos y salía de los juzgados puesto de tranquilizantes hasta las patas. El niño me temo que no haya sobrevivido semejante pesadilla y es el que podéis ver en la foto de este post. Moraleja: Un genio más retozando en el lodo público de la infelicidad. Este post se lo dedico a mi amigo Sergio Jacko, que se que esperaba y deseaba un post como este desde hace mucho tiempo, y que seguro que hoy ya dormirá con la maravillosa "Man in the Mirror" en los cascos y una sosegante sonrisa en los labios.
Para hoy un video clip muy molón. Es de un grupo alemán llamado "The Robocop Kraus". No tienen nada que ver con EL. Pero si mucho que ver con este OTRO. Ese último es mi buen amigo Dirk.(Después de beberselo todo en Munich) El muy campeón ha conseguido dirigir el último video de esta banda de su ciudad natal, Nürnberg, prácticamente sin un duro y ha conseguido después meterlo, ni más ni menos, que en la misma MTV. A mi me encanta y espero que también os guste a vosotros. Para hacer justicia con mi amigo, si os ha gustado el video, animaros también desde este escondite a votarlo, que creo que se puede según he visto, y también dejaros esta otra foto de Dirk algo más despierto. AQUÍ. El video se puede ver y votar desde AQUÍ o desde otro formato arriba bajo el link de la banda. Saludos.
En los escondites va uno guardando sus pequeños tesoros, así que desempolvando cosas del pasado y ahora también, para todos vosotros, un cortito de siete minutos que rodé una tarde del 98 con mi amigo Jaime y su hermano pequeño. Así, sin un duro, con una cámara de video y nada más. Un corto muy sencillo dedicado a Itziar, mi hermana pequeña, y que a la vez, es uno de los cortos favoritos de mi padre. Recuerdo cuando todo quedaba en familia. Jacko y yo lo montamos y mi amiga Cristina se encargó de ponerle al piano un poco de música. Espero que os guste. Podeís verlo, aunque ya a estas alturas en condiciones un poco lamentables, desde AQUÍ.
Con sobrepeso de equipaje y Jetlag de sentimientos, atravieso de nuevo carreteras desconocidas. Seguiremos compartiendo momentos más distantes entre sí, pero seguro que igual de valiosos. Os dejo copias de las llaves en la entrada y la nevera llena de sonrisas. Un abrazo a todos.