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EL ESCONDITE DE IVÁN

VOYAGER (Final)

VOYAGER (Final)

Saboreo un caramelo de regaliz.
Observo por el retrovisor como la carretera huye veloz entre aspas gigantes, girando como molinillos amenazantes, mercenarios de un ejército devorador de bocanadas de aire.
Un viaje no tiene sentido sin un final. Los finales dan sentido a las cosas. Nos ofrecen la oportunidad de volver a comenzar de cero. Aunque tampoco es cierto, nunca comenzamos de cero. Una explosión coloca las cosas en su desconcierto, pero los cristales no vuelven nunca más a juntarse. Comenzamos cada vez desde una posición distinta, en una cadencia siempre transformada.
El sol se resiste a marchar, arqueando su agonía en ángulos imposibles. Avanzamos en silencio...
Hemos viajado hasta ahora sin rumbo fijo, como la vida en si misma, abiertos a sorpresas y a nuevas incursiones al alma. Para entender mejor lo que somos, lo que fuimos, lo que nos depara. No buscamos con preguntas, únicamente disfrutamos de las respuestas que nos regalaron los kilómetros atropellados por nuestra Voyager.
El retrovisor me dedica una imagen de serenidad arrebatadora, de océano temporal, kilómetros de tsunami sin isla ni tierra a la vista.
Me quedo con muchas cosas, nuestras conversaciones, los nuevos lugares y gentes, las carcajadas, los paseos, los silencios, todo como fichas de un mismo puzzle.
Regresamos en silencio, sabedores de estar disfrutando de la última curva, la última gran bajada de esta montaña rusa.
Ha anochecido. Aparcamos, nos miramos con una sonrisa y escuchamos desde nuestros asientos como se apaga el motor.

RABEL

RABEL

Una vez, conocí a un tipo que coleccionaba sonrisas. Era un chaval rubio de ojos tristes, con cara de chaval y manos de chaval y piernas de chaval.
Verano o invierno, siempre llevaba puestos unos pantalones cortos hasta las rodillas, una gorra de tela, como esas que utilizan algunos pescadores, y una cámara de fotos. Era una de esas cámaras de plástico, sencillas, en las que sólo hay que apretar un botón y ya está.
La gente, en el barrio, no sabíamos exactamente dónde vivía o si tenía una familia o algo así. Únicamente se le veía, a veces, pasear por los parques y atravesar las calles de aquí para allá con su cámara de fotos barata, hablando con alguien, o si no, silbando siempre fragmentos del Bolero de Rabel.
Él no hablaba demasiado de sí mismo, sin embargo, hablaba sin parar. Muchas veces recitaba de memoria los versos aprendidos de algún libro de Machado o de cualquier otro poeta con nombre propio, o las noticias del día, leídas del periódico y aprendidas de memoria, palabra por palabra.
La gente aseguraba que nunca nadie le había visto sonreír, y que por las noches, al igual que por el día, se paseaba silbando por las calles desiertas, porque no necesitaba dormir; y también, que sabía interpretar el lenguaje de los animales y el de los seres inertes, y a la vez, hablar en más de siete idiomas distintos.
Nadie sabía su verdadero nombre, pero alguien, un día, supongo que por lo de que siempre andaba silbando el Bolero de Rabel, debió de empezar a llamarle así, de ese modo, Rabel.
Muchos le trataban de loco, pero en general, resultaba ser un personaje curioso y simpático. Y aunque él nunca sonreía, siempre te miraba fijamente con aquellos ojos quebrados y profundos, y al hablar, de alguna misteriosa forma, era capaz de manipularte con sus palabras para robarte una inevitable sonrisa e inmortalizarla con su cámara de fotos.
No parecía tener más de veinte años y, sin embargo, nadie podía asegurar que no tuviese treinta o cuarenta, porque la naturaleza serena y pálida de su rostro, parecía estar dispuesta a mentir siempre, y su voz, densa, poderosa y embriagadora, parecía flotar por encima de las demás voces.
Y así, se le podía ver, con su cámara, un día tras otro, de aquí para allá, robando amablemente sonrisas a la gente de la ciudad, con su semblante melancólico e inmortal, y su voz, como enjambre de palabras, mariposas de neón, a su paso, sobrevolando todas las cabezas del mundo.

Un día, a la salida del metro, me lo encontré junto a un grupo de personas que rodeaban una especie de bulto. Parecía tratarse de un accidente, un atropello o algo así y decidí acercarme para averiguar lo que había ocurrido.
Hasta aquel día, yo sólo había hablado con Rabel en una ocasión, y al ir acercándome al lugar, fui recordando lentamente nuestra conversación.
Aún no era noviembre y, sin embargo, la ciudad ya se arropaba bajo unas espesas e inmaculadas sabanas de blanca nieve. Era media mañana, y el cielo, por fin, después de tres días de tormenta gris, ventisca y oscuridad, comenzaba a clarear. El sol, titubeante, jugaba a asomarse tras las nubes para, lentamente, transformar en gotas de agua los cúmulos de nieve.
Sentado en la parada del bus, aprovechaba yo la espera para leer un poco, cuando entonces, oí su voz al otro lado de la acera.
Había oído hablar mucho de él, pero hasta aquel momento, aún no le había visto más que de lejos en un par de ocasiones.
Dos ancianos parecían haberle preguntado sobre el pronóstico del tiempo, y él los fotografiaba sonrientes, a la vez que les informaba, de memoria y textualmente, sobre lo que meteorológicamente iba a acontecer en los próximos dos días.
Fue entonces cuando se fijó en donde estaba yo y, sin despedirse, cruzó la calle y se plantó ante mí.

-Hola Rabel, ¿Vienes a robarme una sonrisa?

-La ley prohibe a los hombres hacer lo que sus instintos les inclinan a hacer, de ahí se sigue, que si existen leyes contra el robo, el asesinato y el estupro, entonces es que el animal humano debe ser estuprador, homicida y rapaz.
¿Cuál es tu nombre?

Sonreí ante su respuesta y al ir a decirle mi nombre, me sorprendió con el flash de su cámara.

-¿Que haces después con todas estas fotos? Le pregunté sin responder yo a su pregunta.

-A veces las palabras son más veloces que los cuerpos, que los nombres, que los días. Mi cuerpo es dueño sólo de sí mismo, pero no de mis palabras. Mi pensamiento y mis palabras son como una pareja que se aman pero no se entienden, y se limitan a seguir juntos únicamente por respeto a sus hijos.
Mi cuerpo es el hijo de lo que de verdad soy y algún día dejaré de ser, porque algún día moriré, como tú, como todos nosotros, aunque mientras tanto, mis palabras seguirán descubriendo momentos verdaderos con antelación.

El autobús abrió sus puertas y me tuve que despedir con prisas, de forma que le dejé allí, mirando hacia el cielo desde el objetivo de su cámara.
Le había vuelto a ver en más ocasiones después de esa, pero, como digo, no volvimos a hablar.
Ahora me lo encontraba de nuevo, allí, a la salida del metro, con sus pantalones cortos y su gorra de tela.
La gente, también como yo, acudía al lugar atraidos por el morbo y la curiosidad.
Desde lejos, por un momento, al ver el bulto entre las piernas de la gente, creí que habían atropellado a un perro. Allí, sin embargo, yacía el cuerpo desarticulado de una niña. En la cabeza, a la altura de la oreja izquierda, entre la melena, tenía abierto un boquete negro del tamaño de una manzana, y sobre el suelo, desde la calzada hasta la acera sobre la que se encontraba, se veía un reguero de sangre y sesada.
La gente murmuraba diversas especulaciones sobre lo ocurrido, y Rabel permanecía allí, delante de todos, mudo, paralizado, pálido como la leche, temblando y con los ojos clavados en los de la niña.
Entonces me fije. La niña parecía mirarle a él, con sus ojos saliéndose de sus órbitas, trémulos, vacíos, siniestros.
De inmediato aparecieron una ambulancia y dos coches de policía y nos echaron a todos de allí. Aquel día fue la última vez que volví a ver a Rabel.
De alguna forma misteriosa desapareció del barrio durante casi dos meses y nadie supo nada más de él, hasta que un día, finalmente, lo encontraron en un pequeño apartamento en la parte baja de la ciudad.
La policía dió un comunicado en el que explicaban, sin demasiados detalles, cómo lo encontraron un martes, alrededor de las seis de la tarde, muerto sobre una cama.
De las paredes del cuarto colgaban cientos de fotos, todas ellas con distintos planos de gente sonriendo. Algunas eran planos generales, las que más, primeros planos, otras únicamente la boca en forma de sonrisa. Las fotos empapelaban todas las paredes y el techo del apartamento.
La gente, por ahí, además aseguran que le encontraron desnudo, boca arriba, y que en la mano, sostenía la foto de la sonrisa de una niña. Dicen que era la foto de la sonrisa de la niña atropellada, y que él la sujetaba contra su pecho inerte. Aseguran además, que en su cara inerte, extrañamente, se dejaba ver, por vez primera , el esbozo de una sonrisa.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

VOYAGER XIII

VOYAGER XIII

Esperamos el eclipse sentados en un banco. Pocas horas después volvimos a montarnos en la furgoneta.
Noche cerrada. La Rioja. Dejamos atrás una carretera de mala muerte donde no vimos un solo coche ni una sola persona en más de una hora y media. Tuvimos que parar de un frenazo porque se nos cruzó un ciervo del tamaño de una vaca. Se nos quedó mirando como si nos hubiera estado allí esperando durante toda su vida y encima llegásemos tarde a la cita. Despacio, majestuosamente, se retiró de la carretera con el cuello muy estirado y pudimos continuar.
Llegamos ya casi a las doce de la noche a Arnedillo.
J. me había hablado de las aguas termales de Arnedillo, son unas pozas acondicionadas y gratuitas. En nuestro viaje de vuelta a Barcelona, decidimos desviarnos un poco para disfrutar de ellas y de paso conocer el pueblo y también a J. al día siguiente.
Dejamos nuestras cosas en un motel, nos pusimos el bañador y bajamos a oscuras por un caminillo hasta el río fumándonos un porrito. Allí un gato nos acompañó hasta las aguas termales aullando y mostrándonos el camino.
En la orilla del río, nos encontramos a bastante gente desnuda sentada sobre las piedras o dentro de las piscinas naturales, hablando en susurros. Las estrellas brillaban como nunca, no se veía a penas nada y la escena se mostraba bastante surrealista. Dirk y yo nos miramos un instante, nos despojamos de la ropa y nos metimos al agua. Era como estar en un yacuzzy, el agua estaba realmente muy caliente, unos 45 grados y el fondo era un manto de piedras pulidas y calentitas. Estuvimos un buen rato charlando, disfrutando, entrando y saliendo del agua.
Al día siguiente conocimos a J. y a sus amiguetes y volvimos todos juntos a entrar a las pozas, esta vez de día. Yo me metí en bañador y, como no, olvidé sacar mi móvil del bolsillo. Os diré que los Nokia son algo reticentes a las aguas termales y el mío ha claudicado para siempre.
Estuvimos un buen rato charlando en el agua y después nos fuimos a tomar unas cervezas. J. y su pandilla son una gente fantástica. La foto la hicimos justo antes de continuar nuestro regreso a casa. Un paraje increíble, un lugar muy especial. Seguro que volveremos.
De nuevo en la furgoneta. Aún nos quedan unas pocas horas de Voyager, unos pocos cientos de kilómetros para dar por terminada esta simpática e inolvidable “mudanza”.
Este casete lo hemos escuchado sesenta veces en este viaje, pero sigue devolviéndonos la sonrisa, provocando canturreos, sigue siendo nuestro propia banda sonora, nuestro casete favorito.

ROJO (Rescatado)

ROJO (Rescatado)

Rojo, y ya nada me separa demasiado de ti.
Amo esa canción, que llega para embriagar mis oídos, siempre a tiempo, milagrosa, salvadora, como el Séptimo de Caballería.
Esta quietud, y la ropa que va siempre de la cama al suelo.
Oscuridad.

-¿Dónde estas?

Odio todos los desayunos del mundo. Huele a champán. Todo está pringoso y te echo de menos.
Sigo bombardeando en primera persona, conspirando, preparando mi partida.
Me empacho cada día de delicioso veneno y lo comparto con chicas que no significan nada. Anoche, me gustó besarla, bajo su horizonte de paja. Era tan vulnerable…
Todos buscamos un pezón de leche adulta que tome las decisiones importantes por nosotros, y para dormir, la posición fetal es siempre la preferida.
Voy a hundirme lentamente. No cerraré los ojos. Evadirme, no coger aire y bucear hacia las profundidades. Acabar cuanto antes.
Voy a cambiar mi bronceado por el morado de los ahogados. Haré de mis pulmones un acuario municipal para vuestra absurda colección de peces.
Un rojo imposible.
Aprieta tus dientes y dime:

-¿Quién coño quiere ser náufrago?

Ya nada es igual que antes, y no quiero seguir mecanismos tan complicados. Existen muchos caminos de distintos colores y poco tiempo para recorrerlos. A veces, quisiera poder recorrer cada uno de ellos, pero las cosas parecen funcionar de otra manera.
Ella está bailando al final de su color, más triste y más hermosa que nunca. Frágil, oxidada, desgarrada en muchas de las formas, como luna apaleada, envejecida, cansada de provocar las olas. Puedo verla desde aquí. Yo no estoy seguro de querer buscarla, y a su vez, ella no esta segura de querer encontrarme. Nos deseamos, nos soñamos compartiendo las noches, el calor de nuestros cuerpos bajo las sábanas, prometiéndonos todas las noches que lleguen, como amantes ludópatas en un juego ajeno.

-¿Es acaso la vida únicamente el ingrato juego de una máquina tragaperras?

La felicidad sólo dura mientras dura el dinero.
Sabes que no es así, que de cualquier forma, para nadie el dinero tiene menos significado que para el ludópata.
Solo, encerrado en mi cuarto, sigo pensando en ella. Esperando un guiño de tres sietes que me devuelvan de nuevo a la superficie.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

LA SILLA VACIA (Rescatado)

LA SILLA VACIA (Rescatado)

Se crean imperios sin mover un ápice...
Y se derrumban por si solos con el torpe silencio que se apodera de los monólogos susurrantes de mentes como la mía.

¿Mamá?

Decidió abrir los ojos, después lavarse la cara y comenzar a caminar. No pensó en una dirección, no pensó en ninguna acción ni verbo. El trampolín de su propia realidad la catapultó todo lo alto que se puede llegar, y una vez allí, comenzó a caer.
Sintió una corriente súbita de aire frío, y cómo todas esas heridas invisibles de sangre invisible, se cerraban en su cuerpo como cremalleras de carne. No quiso cerrar los ojos, ni mirar hacia atrás en la caída. Sin importarle nada lo mas mínimo, se dejó caer. Y caía con el miedo en la garganta, con la boca seca, ligeramente salada y las manos frías y húmedas. Y caía, aturdida por el calor en las sienes y por un leve pero omnipresente pitido en los oídos.

-Me duelen la espalda y esta pegajosa tristeza. No seguiré cayendo.

Y es así como todo se detiene, y las lágrimas, como es costumbre, le dan los buenos días, mientras le besan y le lamen despacio las mejillas.

Sentada sobre la cama, con las piernas entrelazadas, y sin prácticamente mover un músculo, continúa llorando un rato en silencio.
El aire entra por la ventana medio abierta, sacudiendo levemente una cortina demasiado barata, acompañada por los diálogos frenéticos de la urbe y un cierto olor a hojarasca mojada.

Delante del espejo, una vez más, descubre a esa eterna desconocida con quien lleva tantos años conviviendo.

-Me he vuelto inofensiva, incapaz, ¿sabes? Aunque quizás ya lo fuera antes. Sigo siendo la misma y creo que tampoco esperaba otra cosa. ¿Me quieres? ¿Nos queremos?

Sale al pequeño balcón, con un café sin demasiada leche, y mira hacia el cielo, como testigo casual bajo el techo azul e infinito de castilla.
Se sienta allí fuera, con su bata, en una silla de madera. Despacio y con cierto automatismo, enciende un cigarrillo negro y se lo lleva a los labios. Se apoya únicamente en el sabor incierto de una larga calada, mientras trata de gesticular una desarticulada sonrisa. Pero la sonrisa desaparece inmediatamente. Huye volando para, finalmente, desaparecer entre la blanca palidez de las nubes.

El tiempo juega en la silla llena. El tiempo juega en la botella vacia.

Y antes de morir la mañana, la sonrisa vuelve a ella, volando de nuevo. Esta vez, la sonrisa se instala perfectamente en su rostro y, suavemente, la susurra:

-Me fuí a hablar con las nubes.
No te preocupes mujer, todas las sonrisas del mundo estamos hechas de secretos. Y el mío, por esta vez, te pertenecerá a tí para siempre.
Continua esperando, porque con la llegada de las lluvias primaverales, todos y cada uno de vuestros miedos, acaban siempre por morir en el mar.

-¿En el mar?

-Si, los miedos son cobardes. Con la lluvia huyen siempre por las alcantarillas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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VOYAGER XII

VOYAGER XII

Gijón también nos dejó momentos tan bellos como este.
Esta foto la hizo Dirk nada más salir los tres de la playa de Gijón de surfear y tras un atardecer en el agua de los de película.
Jimbo tenía razón, momentos de surf como aquellos son los que crean más adictos a esta modalidad. Veo de nuevo esta foto y puedo sentir el mono.

VOYAGER XI

VOYAGER XI

Gijón nos recibe con algo de lluvia.
Jimbo y Laura son simplemente una pareja fantástica y todo a su lado funciona con asombrosa naturalidad. Tras unos pocos minutos ya parece como si nos conociéramos desde siempre.

Ya estamos delante del mar.
Queremos divertirnos, surfear y grabar algo con la cámara.

-¿Se os ocurre algo?

A ver, tenemos playa, montaña, Surf, una cámara de mini dv, un micrófono inalámbrico, tres días y somos un equipo de cuatro en total contando con Laura.

-Tengo una idea. Es algo rara, pero hay surfistas, playa, montaña y… ¿Conocéis a algún niño de unos 7 años?

-Creo que podríamos conseguir una niña. Se llama Cecilia. Su padre es amigo mío.

-Serán ocho minutos. Blanco y negro. Lo dirigiremos los tres. El corto se llamará “La Marea”. Jimbo, ¿crees que se me dará bien el surf?

-Yo te enseñaré algunas cosas y veras como hoy mismo ya te pondrás hasta de pie.

-Otra cosa, ¿Tienes una pala?

-Creo que si. En casa de mi madre. ¿Por que?

-Mejor os cuento la historia.

VOYAGER X

VOYAGER X

Blogia no para de tambalearse. Y nosotros continuamos nuestro viaje después de un descanso productivo y divertido a partes iguales en Pucela.
Ayer volvimos a mezclar nuestros portatiles, paseos y charlas de guión, con unos cubatas en la Tramoya, unos “Diamantes” en el Cafetín, una pizza familiar entre cuatro donde Mario, unos bailes (y algún que otro bajón) en el 1900, y unas verduritas improvisadas por Ainara en su casa (ya casi de desayuno) tras fracasar la idea del Karaoke.
Vamos sumando experiencias, nuevos destinos y pequeños proyectos a esta fantástica mudanza disfrazada de Road Movie improvisada. En pocas horas ya estaremos en tierras Asturianas, nos encontraremos con el bueno de Jimbo, jugaremos por unos días a “The endless summer” y hasta incluso, muy posiblemente, aprovechemos el encuentro para juguetear un poco juntos con su cámara de video.
A la vez, y sin haberlo planeado, quizás también podamos vivir de refilón este presumible fin de semana histórico de Fernando Alonso y su primer campeonato mundial de Formula 1 estando más cerca de la preciosa ciudad de Oviedo, su tierra natal.
Dirk sonrie por lo de surfear y yo le digo que adelante, que me siento un poco como dentro de un ascensor sin números. Subiendo, bajando, subiendo, muy tranquilos, allí esperando, únicamente por si se abrieran las puertas.

SILUETAS

SILUETAS

Flores marchitas nacen de mis lágrimas.
Demasiados días sin sol.
Entre la bruma se siluetean los árboles desnudos.
He lanzado, uno a uno, todos mis sueños en tu busca. Pero sigo aquí solo, recostado sobre las hojas muertas.
He perdido ya tu voz, casi tu rostro.
No quiero olvidar tu olor.
En esta ciénaga lucho contra el olvido.
Cierro los ojos y nos recuerdo juntos, derrochando nuestros besos.
Y como yo te miraba mientras tu dormías a mi lado.
Estoy dispuesto a inventarme todas las razones para esperarte.
El silencio es absoluto.
Los pájaros han emigrado. Contigo.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

Iván Sáinz-Pardo

UNA HORA ANTES

UNA HORA ANTES

Amanece una hora antes pero yo seguiré durmiendo lo mismo para poder soñar contigo la jornada completa.
La soledad de mi cepillo de dientes me habla sobre todo lo que te echo de menos y recuerdo las veces que en la cama, a tu lado, sufría al pensar en tener que separarme de ti mientras dormíamos.
Añoro tus sanas manías en mi cuarto y los restos delatores de tu dulce compañía.
Se que te quiero, por que a tu lado todo es más sencillo y sonrío sin comando.
Se que te quiero, porque contigo como cómplice y como protagonista de esta historia de amor, soy feliz y mejor persona.
Ahora me cepillo los dientes y le sonrió al espejo, ningun cambio horario podrá impedir que, como cada noche desde hace ya cuatro años, sigamos citándonos en secreto en cada uno de nuestros sueños.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

TSUNAMI

TSUNAMI

Allí no había nadie.
Paseaba cuando descubrí la playa vacía, la orilla infinita, el mar ausente. No había animales, no volaban los pájaros, no había gente.
El horizonte levantó un telón de agua y, paulatinamente, el silencio se transformó en un lejano y desconocido rugido.
¿Sueño?, ¿realidad?...
Aún sentado sobre la bicicleta, pensé en que quizás así terminen todas las historias, embriagado de calma, inmóvil, esperando la última ola.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

TETE

TETE

Se me cierran los ojos. Producto quizás de ese licor mal destilado, herrumbre etílica de la tienda de techo amarillo. En el carnaval de mi vida las negras no sonríen, únicamente se mueven bajo la música del viento y el traqueteo plomizo de mis labios. Las negras mueven sus sexos como putas tristes. Sus ropas no son de calidad como en Río, aquí aprovechan los residuos y los hurtos. Un loco me dijo que la coreografía de nuestros días pertenecen a una vieja cultura extraterrestre. Las negras nativas exaltan estas tradiciones que las manejan y las controlan desde la pelvis como muñecas de madera. La respuesta no está en la Soca, ni en la tradición hispánica ni africana, sino en esa especie de centro de poder invisible y tenaz que las contorsiona calculadamente en un lenguaje corporal recio y extraño.
Se me cierran los ojos y ante mí pasan, una tras otra, las comparsas de Port of Spain, como un grotesco carrusel sin final. He vuelto después de tantos años hecho un viejo miserable y taciturno.
Yo era un niño flaco, un negro demasiado bajo como para poder ver el futuro desde una buena perspectiva. Mi madre era una mariposa de bonitos colores, una bonita negra que también recorría las calles de Trinidad. Mi padre era un gusano febril e intoxicado que la esperaba en casa con la mano cerrada. No me enseñaron nada útil. Ahora lo entiendo. Ahora se que para sobrevivir nos pagan por construir muros que nos alejan de nosotros mismos, de nuestra propia felicidad.
Aquel carnaval me calcé unos zancos altísimos y me puse el traje azul que me hizo mi abuela. Me quedaba pequeño pero no me importó. Desde allí arriba pude ver el puerto, la isla, el mundo. Entre la gente sentí la samba, la batucada, el ritmo feliz de los corazones de mi pueblo. Desde allí arriba bailé y bailé hasta caer exhausto. Aquel fue mi último día en Trinidad. Un barco mercante me llevó hasta España al día siguiente. Pero aquella noche, desde lo alto de mis zancos, bailé, canté y recé por mi madre muerta. Ella nunca había estado tan feliz, ni yo nunca tan cerca de ella.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

MILAGRO

MILAGRO

Pensando en mi madre me quedé dormido.
Soñé que era mayor, un adulto de treinta y dos años en un mundo lejano al mío.
Ahora estoy de nuevo despierto, permanezco encogido, con mis ojos cerrados. En esta habitación roja me gusta continuar hibernando, sentirme seguro, protagonista del milagro de mi propia vida.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

VIAJE POR MI CUARTO

VIAJE POR MI CUARTO

Viajo por mi cuarto en un coche conducido por alguien que no conozco. Mientras, por la ventanilla, desde el asiento de atrás, observo el transcurrir de los días.

-¿Donde estas?

Escucho el ruido del motor y me dejo llevar, consciente de que mi cuarto es un agujero negro que lo quiere engullir todo; ese todo que existe a mi alrededor y que se presenta como un cuerpo eternamente prostituido.
El conductor detiene el coche. Sin pronunciar una sola palabra, extrae unas alas falsas de plástico del portamaletas y desaparece volando.
Todo se ha detenido a mi alrededor. Yo permanezco allí atrás, sin moverme, en silencio.
Entonces salgo del coche y me siento en el asiento del conductor. Las llaves están puestas.
Desde el techo, aleteando sin demasiada destreza, observo como el coche arranca cambiando de sentido, a trompicones, y como se aleja hasta desaparecer.
Mi sonrisa abre la puerta de mi cuarto y sale por fin al mundo exterior, como catapultada, invencible.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

POR LAS NOCHES

POR LAS NOCHES

Como calcular cuando todo cambia.
No me importará mirarte de lejos. Imaginarte si es necesario. Dejaré abierto mi ataúd. Hibernare el proyecto de mi vida hasta recuperar la capa.
La luna es un agujero donde se esconden mis poderes. Tú reniegas del sol y eso ya es medio camino hacia la felicidad de descubrirte mía. Eres preciosa. Por dentro y por fuera. Yo se que eres todo lo que deseo y tu no quieres nadar esta noche en otra sangre que no sea la mía. No me importará hacer ruido. Amarte como un verdadero animal mientras reine la oscuridad que nos ha creado.
Huirán solas las penas más dormilonas y mientras, ya de nuevo en nuestra terraza, esperaremos juntos, una luna más, a que regresen las penas más jodidas, las más madrugadoras.

-¿A donde vas desnudo?

-Por las noches también puedo volar sin capa.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

NO ESTOY SOLO

NO ESTOY SOLO

Lo importante no soy yo.
No lo son mis hojas, ni mi sabia. No lo son mis cansadas ramas, ni mi corteza.
No escaparé. Pero tampoco dejaré de intentarlo. Reivindicando por siempre mi naturaleza extraña, mi existencia, mi propio espacio.
Lo importante no soy yo.
Están las tormentas, el rumor de la hierba, el cosquilleo de los animales.
Si escaparé. Dormiré uno a uno mis intentos. Reivindicando por siempre la emigración de mis sueños. Soñando la desnudez de mis propios cuentos.
Lo importante no soy yo.
Lo importante son los momentos que nos visten, la luz, el conjunto.
No estoy solo. Están vuestras miradas.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

ESPERANDO A RITA

ESPERANDO A RITA

Si, amigos, esta pagina Web va últimamente bastante mal.
Tarda mucho en cargar o ni siquiera lo hace.
Pregunté por ello a los encargados de Blogia y me respondieron que es un problema general y que ha comenzado a ocurrir a partir del huracán Katrina.

¿Qué que tiene que ver el Katrina con todo esto?

Muy sencillo. Al parecer, el servidor principal de Blogia se encuentra en Houston.
En Houston azota ahora también el huracán Rita y el alcalde ha llamado a la evacuación inminente de la ciudad. No se sabe muy bien que es lo que va a ocurrir. Aunque con todo lo verdaderamente terrible que allí debe de estar ocurriendo, aqui estos problemas momentáneos con el servidor son sin duda una autentica minucia.

¿Serán normales estas super tormentas? ¿Se puede de algún modo prevenir o actuar contra estos fenómenos naturales? ¿Nos estamos realmente cargando tan rápido el planeta? ¿Se esconden intereses ocultos en esta no-previsión y posterior reconstrucción?

Al respecto hay opiniones para todos los gustos.
Por mi parte, desearía que los americanos se replanteen el votar a un gobierno que sea más sensato, más previsor y sobretodo mucho más sensible ante los temas medioambientales, y como es lógico también, desearía que todo se solvente ahora de la forma menos dolorosa y trágica posible. Y a vosotros, daros las gracias de corazón por vuestra paciencia y por seguir ahí.

ESTA PUTA HA PUESTO CACHONDO A SU TIO

ESTA PUTA HA PUESTO CACHONDO A SU TIO

Poster alemán para la lucha contra la pedofilia.

VOYAGER IX

VOYAGER IX

¿Gasolina?...
Cogemos fuerzas, nos aprovisionamos y preparamos nuestro siguiente paso. Las noches son más frías. El verano morirá en la carretera. Gijón nos espera.

EXTRAÑOS

EXTRAÑOS

Cuerpos, meteoritos y nuestras almas, en la inmensidad, sintiéndose tantas veces extraterrestres, entre ellas.