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EL ESCONDITE DE IVÁN

POST RESCATADO

BESO DE PAPEL (Rescatado)

BESO DE PAPEL (Rescatado)

Violeta eres, en cada beso de papel.
Esta es la semilla venenosa, la bendición mortal de cada una de tus balas perdidas.
Me cuesta odiar, pero lo hago a veces, siempre bajo la grotesca inercia de los días que se extinguen, quebrados de sentido.

Y tiene que haber algo así, en cada mañana rota, cúmulo infinito de caras aburridas tras nuestras puertas con llave. Cuelgan de un tendal universal nuestras almas sucias e impregnadas. Y tiene que haber algo así, para que por fin aprendas a sortear las zancadillas, aunque éstas sean de piernas como tanques. Y no me preguntes más que significa todo lo que no entiendes, porque parecemos dos caballitos de mar a la deriva y porque, simplemente, no quiero entender el significado de todo lo que preguntas.

Violeta imposible. Y ya nadie nos escucha.
Hay tantos agujeros sangrientos en nuestro corazón como días vacíos en el cargador. Pero yo nunca pretendí ser faro único en cada una de tus noches sin luna. Y tiene que haber algo así, hoy que me apetece trasnochar y sentirme inmortal e imprescindible, hoy que tu sonrisa más bien parece una fractura, y yo corro a esconderme en el subsuelo de mi cuarto, por si de nuevo lloviesen cuchillos del cielo de tu boca.

-¡Shss !... ¡Calla! ¡No hables! No digas nada. No preguntes más. Porque yo ya no estoy aquí, y en realidad, nadie nos ha preguntado.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

DIEUWKE (Rescatado)

DIEUWKE (Rescatado)

La noche estaba parcialmente cubierta. Desde la oscuridad, desde su escondite, la luna y las estrellas parecían querer espiarlo todo. Al salir del camping, nos agarramos de la mano para caminar en silencio por la carretera estrecha que lo bordea. Caminábamos con la respiración algo entrecortada y en silencio. A veces sobran las palabras, siempre y cuando, cómplice de los suspiros y de ese lenguaje de gestos nerviosos, es el amor el que habla.
En los comienzos, es así, nada importa más que la ceguera, la explosión de sentimientos, el ahora.
Ella era casi tan alta como yo, con su larga melena rubia y sus dieciséis años. Yo tenía tan solo un año más y el corazón abierto de par en par, como un gran ventanal, para recibir del exterior leves brisas o violentas tormentas.
Fue en una noche de intensa lluvia, curiosamente la única en todo aquel verano abrasador, cuando llegamos al camping.
Ése era el segundo verano en que mi familia y yo íbamos de vacaciones a Oyambre. El primer año conocimos a una familia de holandeses, y durante todo el curso, mi hermana y yo estuvimos carteándonos con ellos. Janet era de mi edad, una holandesa alta y muy guapa con una hermana, Ester, algo mayor que nosotros. Así es que quedamos en volver a veranear juntos en el mismo sitio, y allí estábamos, montando nuestras tiendas de campaña bajo la lluvia, con las luces del coche como único faro en el temporal. Las gotas me caían de la gorra a la nariz, mientras obedecía junto a los demás las ordenes de mi padre, que se revolvía entre más de una veintena de varillas metálicas. En semejantes condiciones, parecía un milagro llegar a hacer nada.
Observé entonces cómo unas sombras, murmurando alguna cosa en inglés, se acercaban a nosotros. Mi padre, algo perplejo, nos miró a mi hermana y a mí, como esperando algún tipo de reacción por nuestra parte. Me subí un poco la gorra y descubrí, delante de nosotros, a un señor alto y gordo, embutido en un chubasquero azul, gesticulando y haciendo ademán de querernos ayudar. Detrás venían tres chicas, también ocultas bajo sus chubasqueros. Una de ellas parecía saludarme con la mano, y cuando se acercó un poco más a nosotros, pude reconocerla. Era Janet que, acompañada de otras dos chicas, nos sonreía abiertamente mientras cuchicheaban en su idioma.
Ahora, mi padre nos dirigía a todos de nuevo, enérgico, con optimismo, ya tenía nuevos aliados para su guerra personal contra las varillas.
Terminamos de montar las tiendas, y los holandeses, muy gentilmente, nos invitaron a tomar algo en su parcela en son de bienvenida.

CONTINUA AQUÍ.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

TETE (Rescatado)

TETE (Rescatado)

Se me cierran los ojos. Producto quizás de ese licor mal destilado, herrumbre etílica de la tienda de techo amarillo. En el carnaval de mi vida las negras no sonríen, únicamente se mueven bajo la música del viento y el traqueteo plomizo de mis labios. Las negras mueven sus sexos como putas tristes. Sus ropas no son de calidad como en Río, aquí aprovechan los residuos y los hurtos. Un loco me dijo que la coreografía de nuestros días pertenecen a una vieja cultura extraterrestre. Las negras nativas exaltan estas tradiciones que las manejan y las controlan desde la pelvis como muñecas de madera. La respuesta no está en la Soca, ni en la tradición hispánica ni africana, sino en esa especie de centro de poder invisible y tenaz que las contorsiona calculadamente en un lenguaje corporal recio y extraño.
Se me cierran los ojos y ante mí pasan, una tras otra, las comparsas de Port of Spain, como un grotesco carrusel sin final. He vuelto después de tantos años hecho un viejo miserable y taciturno.
Yo era un niño flaco, un negro demasiado bajo como para poder ver el futuro desde una buena perspectiva. Mi madre era una mariposa de bonitos colores, una bonita negra que también recorría las calles de Trinidad. Mi padre era un gusano febril e intoxicado que la esperaba en casa con la mano cerrada. No me enseñaron nada útil. Ahora lo entiendo. Ahora se que para sobrevivir nos pagan por construir muros que nos alejan de nosotros mismos, de nuestra propia felicidad.
Aquel carnaval me calcé unos zancos altísimos y me puse el traje azul que me hizo mi abuela. Me quedaba pequeño pero no me importó. Desde allí arriba pude ver el puerto, la isla, el mundo. Entre la gente sentí la samba, la batucada, el ritmo feliz de los corazones de mi pueblo. Desde allí arriba bailé y bailé hasta caer exhausto. Aquel fue mi último día en Trinidad. Un barco mercante me llevó hasta España al día siguiente. Pero aquella noche, desde lo alto de mis zancos, bailé, canté y recé por mi madre muerta. Ella nunca había estado tan feliz, ni yo nunca tan cerca de ella.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

LA PARADA DEL ARBOL SIN SOMBRA (Rescatado)

LA PARADA DEL ARBOL SIN SOMBRA (Rescatado)

Fuego, tierra y universos de madera dentro de mí…
Despierto entre astillas y estrellas rotas, tumbado sobre el polvo rojizo.
La luna, esta noche, es una canción de Jazz en mi cabeza, derritiéndose lentamente en mi vendetta interna. La luna, esta noche, es un corazón de leche, cómplice y testigo de como mis amigos continúan escondidos en casas lejanas que no conozco… bajo las alfombras.
Mi país es un susurro de hojalata, es una sombra que respira extrañamente y me espera acurrucada. Mi hogar no bebe de mi mismo vaso y nunca se refleja en mi espejo.

-¡Vete al infierno y no me esperes, permaneceré un poco más en todo lo que soy y en todo lo que nos separa. Es demasiado tarde, ya quemamos todas nuestras naves.

El árbol sin sombra nos espera a todos en algún sitio, entre el rumor de la felicidad y el constante llanto del dolor. Sus raíces son como el manantial de nuestra existencia: nos retiene y es leche; nos aísla y es vino; nos sustenta y es sangre. Y mientras, paso mi vida besando instantes, transformando circunstancias, tentando destinos.

Ya en el autobús, beso con inusitada ternura a dos jóvenes que no conozco. Su respiración, cercana, acaricia mi pecho en un escalofrío turbio y extraño. Acaricio sus mejillas suaves y me empapo de su fragancia, aroma aterciopelado y femenino que, gratamente, me acompaña hasta uno de los asientos traseros. El suspiro con el que me dejo caer, al estrellarse contra el cristal de la ventana, se trasforma en un vaho grisáceo, en un mar de esmeraldas y de vaporosos guiños.

-!Qué dulce eres!, exclama la muchacha más rubia, a la vez que se sienta junto con su amiga muy cerca de mi.

-!Odio ser dulce!, odio ser más para los demás que para mí mismo, la replico. Odio ser lo que soy más veces de las que puedo sentirme ser yo mismo, porque los días mientras tanto, vienen y se van vacíos…

Y la amiga, me mira y añade:

-¿Sabes?, no te marcharás sin darnos otro beso.

El autobús va haciendo paradas de vez en cuando, al tun tun, sin ningun orden ni sentido. Quisiera saber a donde nos conduce este maldito autobús, preguntarles a ellas, pero mi mirada errante lleva ya demasiados minutos en otro mundo, así que permanezco abstraído, dejándome llevar únicamente por ese manantial de luces y sombras al otro lado de la ventanilla...

En el escaparate de mi vida, echo de menos los consejos que fueron faros de luz perfecta en mi oscuridad infantil. Echo de menos la camaradería de aquellas amistades puras e inmaduras, amistades unidas por el quebrar sordo e intemporal de los días de colegio.

Y finalmente dirijo mi mirada a ellas de nuevo, que siguen allí, calladas, a mi lado, y las digo:

-Vosotras dos no os marchareis sin antes escuchar el cuento de “El herrero enamorado”:

“Érase una vez, un herrero muy trabajador que vivía en un pueblo precioso lleno de gente feliz. Trabajaba durante todo el día y también durante parte de la noche. Su misión era la de fabricar armas suficientes como para poder defenderse del otro pueblo vecino, también precioso y lleno de gente feliz.
Debido a la importancia de su misión y a la gran responsabilidad que suponía, el herrero siempre aprovechaba cualquier momento para seguir con su trabajo. Sin embargo, aquel día de verano se presentaba inundado por una especie de ira ciega e inaudita, y el herrero se sentía inquieto y algo excitado. Las notas del trovador sonaban por primera vez extrañas en el tintinear caprichoso de la tarde.”

Las dos jóvenes escuchan con atención como con mis palabras voy dando forma y vida al cuento. Mientras, con cada parada, la gente va abandonando paulatinamente el autobús. Se bajan a puñados para tumbarse delante de las ruedas y esperar de esa forma su muerte. Arrancamos de nuevo para atropellarles y continuar con nuestro disparatado viaje.
De esta forma, tan absurda como inamovible, y de forma progresiva, vamos quedando menos.

“Pero un ángel apoyó la cabeza en el yunque del herrero y todos sus destinos se desvanecieron en los límites de un horizonte embriagador y desconocido; lejos de su ámbito humano, imperfecto y limitado.
El herrero se había prometido a si mismo continuar para siempre con su trabajo para salvar así a su querido pueblo. Ellos contaban con él. Y él únicamente deseaba convivir con su destino y su misión, acompañado de tal responsabilidad. Sin embargo, aquella tarde, su propósito se había envenenado por una repentina demencia de amor. La atractiva hija del gran poeta de su pueblo, le rondaba en las cálidas tardes de aquel verano y él, indefenso, preso por su belleza, no podía evitar dejarse arrastrar por una pasión desmesurada y todopoderosa. El herrero, enamorado, desatendió por primera vez en toda su vida su importante labor para escaparse con la hija del poeta a la tierra de los lagos. Su vida, también por primera vez, tendría una finalidad y una dedicación distinta. Y fue así como juraron amarse para siempre y formaron una familia.
Y pasaron los años y aunque eran felices, la idea de haber sacrificado de aquella forma a su pueblo, seguía atormentando la cabeza del herrero, y cada mañana, observando a sus hijos y a su querida y bella esposa, se preguntaba si todo aquello realmente había merecido la pena.

Una tarde un campesino llego a la tierra de los lagos, arrastrado por motivos no demasiados concretos y por el viento racheado del Otoño.
Encontró la casa del herrero y fue recibido, como era costumbre, con gran hospitalidad, pues además las visitas por allí no eran demasiado frecuentes. Y fue gracias a la visita de aquel extraño por lo que lograron enterarse de que su antiguo pueblo seguía intacto; tan bonito, prospero y lleno de gente feliz como antaño.
Había ocurrido que, el herrero del otro pueblo precioso de otras gentes felices, se había enamorado igualmente de la hija del otro gran poeta del pueblo, y en esos momentos, vivían felices y formaban ya una familia en la tierra de las flores.
De esa forma, los dos pueblos vecinos, sin las armas suficientes como para poder guerrear, habían decidido continuar con la dichosa tarea de ser tan solo humanos a medias.”

Finalizo mi cuento a la vez que el conductor nos hace una señal. Ya solo quedamos nosotros y ésta es sin duda la última parada. Nos bajamos, y para cumplir con lo acordado, las beso con ternura.
Los tres nos tumbamos juntos en el suelo. Nos estiramos delante de las enormes ruedas de aquel autobús negro. Cerrando los ojos, saboreo sin ninguna tristeza este agradable y embriagador conformismo. Medio ensordecido por el ruido del motor, que ya arranca, puedo oír aun las voces de las dos muchachas, riendo felices, a carcajadas. Agarro entonces sus manos y río con ellas. Sé que llega el final, cuando vuelvo a abrir por última vez los ojos y descubro, ante nosotros, el árbol sin sombra. Entre las risas y el crujir de nuestros huesos, catapulto mi voz en busca de los limites de algún otro infinito… hacia algún lugar muy lejano, a años luz de la inaceptable realidad de estar muerto.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

TIC TAC (Rescatado)

TIC TAC  (Rescatado)

Ya sabes que puedo volar y habitar los árboles como los pájaros, pero no soy un pájaro y a veces me siento solo.

-Saluda a la gente, son tu familia.
Me insiste una voz en mi cabeza.

Todo resulta tan extraño... Y les persigo, son mi padre y mi hermana. Y hay una manifestación con muchos automóviles y motos y no sé por qué protestan. Nos mezclamos con la gente. Ellos huyen de mí deprisa y se van en un ascensor. Éste vuelve de arriba vacío, y como sólo hay un botón, lo aprieto y subo. Subo en ese ascensor tan estrecho como una cabina de teléfono. Salgo y estoy dentro de un coche, por eso de que los sueños carecen de sentido, y también es muy estrecho y encuentro allí a una mujer y la deseo. Ella me desea también y sin apenas sitio, nos besamos como amenazados por un fin del mundo inminente, para acabar haciendo el amor, aún medio vestidos.
No estamos solos. Ellos están ahí. No puedo ver sus caras, pero sí puedo sentirlos, oír sus susurros.

-Dónde están mi padre y mi hermana?
Pregunto en alto.

-Has caído en la trampa, eres pájaro muerto. Me dice una de las voces. Y la mujer, hermosa y triste, va transformándose lentamente en un maniquí. Primero sus manos y después sus brazos y sus piernas.

-¡No, no, espera! ¿Qué te ocurre?
Le pregunto y ella me grita:

-¡Para, para, me haces daño!

Me mira, le cae una lágrima de cristal y me explica que, de alguna forma que yo nunca llegaría a entender, siempre me ha querido, mientras su rostro se paraliza y las voces ríen a carcajadas.
Vencido por la rabia, lloro, grito y les maldigo. Entonces me seco mis lágrimas saladas con la manga de mi jersey, a la vez que descubro una especie de tictac debajo del asiento. Mascullo una tensa sonrisa y les digo:

-No podréis cogerme nunca con ninguno de vuestros absurdos trucos. Ya de muy pequeño aprendí a explorar mis propios sueños y sé cuáles son mis facultades aquí y cómo despertar a tiempo. Deberíais de saberlo después de tantos años y no seguir insistiendo cada una de las veces.

El tictac se detiene y el coche explota. Yo salgo volando tan deprisa como un cohete, y esa sensación al volar consigue una vez más ponerme la piel de gallina. Encuentro un árbol lo suficientemente alto y me poso sobre una de sus ramas. Comienzo a escuchar el eco de mi respiración. Sin duda alguna, ya me estoy despertando.
Aún tengo tiempo de observar, una vez más, el amanecer, el horizonte de la realidad, asomándose poco a poco, tiñéndolo todo en un mar infinito de colores. Me estoy despertando y, una vez más, me siento como el héroe de uno de esos dibujos animados japoneses. Como Mazinger Z, encerrado de por vida en su mundo de papel, teniendo que luchar irremediablemente cada capítulo, una y otra vez, contra los malvados planes del malo.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

AMOR DE VERDAD (Rescatado)

AMOR DE VERDAD (Rescatado)

Nada me indicó el camino a seguir, pisaba en falso.
El mundo estaba formado por montañas de sal y morfina; subir, subir, tenía que seguir escalando…
Pero yo siempre volvía a lo mismo, mientras la soledad y el hastío de verme estúpidamente ensimismado en mis propios pecados, convertía en ruinas mi vida. Adormilado en mi lago de frustración, sintiéndome como el monstruo del Lago Ness, invisible ante mi propia existencia, conocí a la chica rubia. Después entendería que ella solía relacionarse únicamente con tipos asiduos de la “Beauty”, pero esa noche fue el Jaco quién se presentó en mi apartamento con una sonrisa millonaria y con la chica rubia y una amiga suya colgadas del brazo.
Como era de esperar, aquella noche se escapó por la puerta habitual, la de atras: Alcohol, farlopa, whisky, unos porros y al final terminé bajandome en la parada equivocada y follandome a la amiga.

Pasaron dos años y las cosas parecían haber tomado un insólito rumbo. El Jaco había aparecido muerto meses atrás en Carabanchel de treinta y siete puñaladas. Treinta y siete días antes, le habían metido en la cárcel por degollar a un gitano en una reyerta. Del Jaco me quedaron muy pocas cosas. Entre ellas mi regalo de cumpleaños. Una pistola Taurus PT-100 de calibre 40.
Mientras, llevaba ya casi trescientos setenta días viviendo con la chica rubia. Su amiga follaba estupendamente, pero yo estaba idiotamente enamorado de aquella mujer rubia tan bella y perfectamente imperfecta. Su cariño, sus atenciones, su compañia, de alguna extraña forma que nunca llegaré a entender, conseguía mantenerme en una especie de paz negociada conmigo mismo. Ella era la protagonista de una Era floreciente en la historia de una civilización tan muerta como la mía.
Ya se sabe que quien se casa con la heroína no tiene amantes, pero yo la amaba de verdad, o al menos eso pensé siempre. Ella era una puta, una ramera, aunque eso sí, de las caras; esas putas de diseño a las que, primero, hay que emborracharlas de champán francés y llevarlas a un buen restaurante, para que, después, te hagan en un hotel de cuatro estrellas exactamente lo mismo que una vulgar fulana en un misero motel. Pero lo que también es cierto es que, de todas las putas, esta era la más hermosa, y lo que es aún mucho más importante, tenia estilo. Y claro, todo el mundo sabe que no hay nada más arrebatadoramente irresistible que una puta con mucho estilo.

Los meses a su lado transcurrían deprisa y los días se deslizaban entre el sabor salado y placentero del sexo, entre las conversaciones perezosas del hachís y el vértigo de la aguja. Pero aquellos meses de autodestrucción acumulaban montañas de sal, sal y soledad compartida supurando nuestras heridas. Cada noche discutíamos de nuevo. La droga deja de ser tu compañera cuando no la veneras. La droga te traiciona cuando dejas de creer en tus propias mentiras. La droga sabe a insatisfacción cuando te recuerdan quién eres realmente. La droga dirigia con rigidez impecable la orquesta de nuestros días y de nuestras noches y nuestras discusiones bailaban siempre al ritmo de una composición maldita.
Aquella noche, ella me llamó yonky de mierda, me dijo que era un muerto de hambre, escoria. La pateé en la cara y en el cuerpo, le fracturé dos costillas. Después me presenté en el hospital, la quería.
Sin embargo, una vez más, prometimos no volver a discutir, mientras ella olisqueaba esas flores que había traído conmigo. La besé despacio y ella me dijo que era un maldito cabrón, pero que me amaba y no podía evitarlo. Mientras encendía un cigarro, le pregunté si creía realmente que mi mundo era de verdad. Ella, con su cara morada me hizo abrir los ojos:

-Toda tu vida es una farsa, yo soy también de mentira, tu vida es únicamente un depósito de agua contaminada con enormes peces multicolores.

Pasamos otros seis meses juntos, chapoteando en nuestro charco de conformismo y mentiras.
Ella decía haber dejado la prostitución, pero yo sabía que se lo seguía haciendo con algunos de sus antiguos amiguitos de la “Beauty”. Mi polla de proletariado le sabía a poco, mi apartamento de alquiler, mis trabajillos temporales, mis manías, mis costumbres simples y primitivas, hasta mi droga era para ella la droga de los pobres. Yo lo dejaba pasar todo como si en realidad no supiera nada, pero cada vez que ella volvía a repetirlo, yo sentía un desgarro mayor, una mediocridad amarga y visceral, un extenso vacío.
Ella no podía renunciar al placer del lujo y del dinero, pero me amaba y por ello regresaba a casa cada una de las veces, transformándose para mi, fingiendo ser feliz con las cosas que a mi me hacían feliz. No sabía que nuestro amor nos destruía más que el veneno diario de la dosis.
Ella la coca y el éxtasis y yo el costo y la heroína, ella el champán y yo la cerveza, ella la televisión y yo los libros, ella el marisco y yo la carne… Prefería discutir a diario, los insultos, los puñetazos a aquel silencio en la cama, aquella mortal indiferencia.

Una mañana, al despertar, me la volví a encontrar una vez más sentada en el water, desnuda, con el cañón de mi regalo de cumpleaños metido en su boca; ella solía hacer cosas así a veces, para llamar mi atención y recibir mi consuelo. Estaba despeinada, ahogada en lágrimas, con el rímel corrido, fruto de toda una noche sin dormir, y me volvió a repetir que si me seguía acercando a ella, apretaría el gatillo.
Los años, las drogas y nuestra relación la habían deteriorado notablemente, pero seguía siendo una mujer increíblemente hermosa, una puta con estilo, la mujer que yo quería, aún así, en aquellas circunstancias.
Me acerqué a ella muy lentamente, como solía hacer otras veces.

-Tranquila, shsss… tranquila.

La miré a los ojos mientras ella, dócil e indefensa como una chiquilla, me devolvía una mirada destruida.

-¿Me quieres? Me preguntó entre sollozos.

-Sabes que sí, pero ahora devuélveme la pistola ¿vale?…

Agarré despacio la pistola con una mano, ella la sujetaba todavía con las dos manos y mantenía el cañón apuntando a su boca.

-Me quieres, lo sé, pero te pregunto si me quieres de verdad.

Y nos acorralaron los minutos de silencio y miseria más largos de nuestras vidas. De rodillas, en frente de ella, finalmente respondí:

-No llores más mi niña. Nuestro cielo es un vientre oscuro de estrellas rotas. Nuestros días y nuestras noches son sonrisas de seda tejiendo el velo que encubre la cara del gran impostor. Ese impostor, mi vida, soy yo, ese es mi jodido destino. Ese cabrón vacío de alma soy yo mismo. Pero te quiero, te quiero de verdad.

Me di una ducha para quitarme de encima aquel amasijo de vísceras sangrientas. Me metí un pico, y al tumbarme de nuevo sobre la cama, cerré los ojos y llorando en silencio, prometí no volver a preguntarme nunca más sobre lo ocurrido.

El mundo estaba formado por montañas de sal y morfina. Subir, subir, tenía que seguir escalando…

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

TETAS (Rescatado)

TETAS (Rescatado)

Tengo un amigo que una vez tuvo una novia...
Bueno, realmente creo que ella no era su novia, aunque quizá sí, no lo sé, en fin, el caso es que follaban y bebían whisky juntos.
Él estaba orgulloso de sus tetas, y es que ella tenía realmente un par de tetas, tan magnas y sagradas, como las campanas del Vaticano. Bueno, lo cierto es que yo nunca se las he visto más allá de lo que premitían sus perturbadores escotes, pero creo que ella también se sentía orgullosa de sus enormes y maravillosas tetas. Mi amigo estaba orgulloso de aquellas tetas, siempre erguidas, amenazantes y dispuestas a desbaratar, con cada uno de sus movimientos, las leyes del pobre Newton. Mi amigo estaba orgulloso de aquellas tetas, yo también estaba orgulloso de aquellas tetas, en realidad, era difícil para cualquiera no estar orgulloso de aquellas tetas.
Ella, a cambio, disfrutaba de las miradas de la gente. Las miradas no acarician como dos manos, ni siquiera como una sola, pero proporcionan, según parece, otro tipo de placer. Y luego también estaba el placer que le brindaban aquellos dos ojos, los de mi amigo. Ella estaba orgullosa de sus tetas y, a la vez, de los ojos de mi amigo, aquellos ojos que la miraban sin complejos, siempre con dulzura y cierta picardía.
Él, en cambio, estaba orgulloso de las tetas de ella y con eso ya tenía bastante. Podría estar orgulloso también de sus propios ojos, profundos y verdes como el mar, pero mi amigo es demasiado vago como para estar orgulloso de demasiadas cosas al mismo tiempo. Además, es de los que opinan que los tíos que se miran demasiado a sí mismos, acaban por buscar una polla que alivie el insaciable picor de sus culos. Mi amigo es de los que creen que, si los hombres llegásemos a nuestros culos con nuestras pollas, seríamos todos maricas.
Mi amigo tiene unos ojos realmente bonitos. No sé si son herencia de su padre o de su madre, ni siquiera creo que él lo sepa con certeza, porque para eso están las estúpidas visitas de esas estúpidas señoras que, cuando vienen a casa, te dicen, indistintamente las unas de las otras, que tienes los ojos de tu padre o los de tu madre. Da igual lo que tú pienses, siempre está la gorda de turno en la pescadería para confundirte con su ignorancia y sus memeces. En fin, el caso es que los dos, como digo, quedaban de vez en cuando para follar y beber whisky.
Mi amigo nunca habla de amor, tampoco habla de muchas otras cosas, la verdad es que habla bastante poco.
Ella, sin embargo, hablaba por los codos, y por las rodillas, y por las orejas, y hablaba también por la boca cuando no la tenía llena de whisky, tabaco o alguna otra cosa.
Se debieron de conocer una noche de borrachera y decidieron que, como los dos tenían cosas de las que sentir admiración mutua, y los dos estaban borrachos, sería buena idea intercambiar y compartir el whisky de sus bocas, y el de sus copas, y el de los bares que aún les quedaban por visitar, y el de los bares que visitarían en un futuro. Mi amigo, en algún momento de la noche, debió de pensar también que sería buena idea meterle a ella en uno de los servicios de señoras su polla revoltosa por algún sitio, y a ella la idea no debió disgustarle, y de esta forma comenzaron a quedar una y otra vez para disfrutar de aquel ritual.
Sin embargo, después de algunas semanas, una tarde quedaron y ella no estaba borracha. Mi amigo sí que estaba borracho, pero, claro, uno no siempre puede nadar en aguas tranquilas y templadas como las de las piscinas. No siempre las cosas están equilibradas, y aquel día, la piscina era un mar frío y oscuro de aguas revueltas.
Él le pidió un whisky, y aunque ella solía beber siempre whisky, esa tarde decidió no beber otra cosa que no fuesen mariconadas. Mariconadas con cafeína, mariconadas sin cafeína, mariconadas rojas, amarillas y blancas. Mi amigo se bebió su whisky, y el de ella, y se pidió muchos más whiskys que se bebió él solo.
Mi amigo seguía tan orgulloso como siempre de lo de siempre, y bebía whisky como siempre, y seguía teniendo unos ojos profundos y verdes como el mar, que esa tarde, sin embargo, se agitaba en torno a él, rabioso.
Mi amigo estaba borracho y quería follar, también como siempre, pero ella, con una mirada absurda y pringosa, le dijo que no volverían a hacerlo nunca más. Y creo que esto nos lleva a pensar en que nunca podemos saber, con total certeza, de qué color es la bandera que las mujeres alzan, cada día, dentro de sus cabezas. Por esto, los hombres no hacemos más que meter la pata, y únicamente somos capaces de disgustarlas una y otra vez, sin darnos cuenta. Antes o después, por muy bonitas que sean a la vez sus olas y nuestras peripecias, nos ahogamos en su playa llena de turistas de plástico y de sentimientos complejos. Todo es cuestión de tiempo.
En Inglaterra, hace no mucho, conocí a un tipo al que se lo follaba una inglesa rubia con cara de inglesa. Él la llamaba la máquina de hacer sexo, pero claro, sólo la llamaba así cuando estaba a solas con sus amigos. Con ella delante, él la llamaba por algún otro extraño nombre inglés que no recuerdo. El asunto es que, de cara al resto de la gente, solo se trataban como conocidos y apenas se hablaban. Pero luego, a veces, ella, de alguna extraña forma, le hacía llegar una señal, con la que él sabía que le estaba permitido acudir esa noche, si le apetecía, a su habitación para llevar a cabo, con el cuerpo de inglesa de aquella inglesa rubia de nombre inglés que no recuerdo, todo lo que ambos habían visto alguna vez en esas películas de vídeo de poco presupuesto y aún menos ropa. Recuerdo, que a veces, él bajaba hasta su habitación a escondidas, en calzoncillos y camiseta, con un condón, una botella de Baileys y dos copas. Al poco rato, él volvía a subir de nuevo con su condón, su botella de Baileys y sus dos copas. Entonces, me miraba así, con cara como de haber perdido un avión, y con una media sonrisa, añadía en un susurro:

-Me ha dicho que esta noche está cansada.

Una noche de ésas en las que ella sí se encontraba con fuerzas, después de sudar un rato con él, le pidió, con su amabilidad de putón verbenero inglés, que se largara a su cuarto a dormir. Después de aquello, aquel chico decidió echarse una novia formal, con la que no follaba tanto, pero al menos, podía quedarse a dormir cada noche, tranquilamente, a su lado.
En cuanto a mi otro amigo, lo cierto es que desde aquella noche no volvió a quedar nunca más con aquella chica. Nosotros, de todas formas, seguimos saliendo todavía por ahí y bebemos whisky y tequilas y cerveza y calimocho y, después, también muchas mariconadas con alcohol o sin él, de muchos colores de nombres tan absurdos como los collares de perlas de un náufrago. Aún, de vez en cuando, recordamos juntos las tetas de aquella chica, y lo cierto, es que todavía seguimos sintiéndonos bastante orgulloso de ellas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

EL NIÑO DE LAS CUATRO LUNAS (Rescatado)

EL NIÑO DE LAS CUATRO LUNAS (Rescatado)

En el mundo de las cuatro lunas hay una canción que habla del mar y se repite hasta transformarse en lágrimas, corazones y colores desteñidos.

Un niño con corazón, un niño desteñido por las lágrimas, vive aferrado a una canción que habla sobre el mar y escribe, solitario, dentro de un vientre de alquiler.
Sus ojos son irresponsables y evitan siempre guiarse por el sendero sabio de sus venas. En él hay caminos, hay sueños y aspiraciones, pero todo parecen ser falsas promesas, porque sus venas son únicamente tuberías de plomo intoxicando el licor de su sangre enferma.

Despierta envuelto en el mismo olor rancio y húmedo de cada mañana, y a veces, pueblan en su alma los tentáculos del miedo, como raíces y nervios que crecen precipitadamente.
El niño escribe dentro de un vientre muerto y no quiere salir fuera por si la vida solo fuese la extensa soledad de una madre muerta. Quiere evitar ese vacío que le acompaña cada vez que trata de emprender de nuevo la huida, esa devastadora soledad que el tiempo va incrustando en sus labios.
El niño tiene un corazón grande y el alma de un color desteñido. Su canción se repite, como eco imposible en sus entrañas, y se multiplica en lunas huérfanas de noche y en cascadas de tiempo.
Y hay un jardín de sombras allí afuera, donde la lluvia es pegajosa como la miel, y también un pequeño puente de hierro, manchado por la herrumbre, que da cobijo a las palomas.
Pero esta vez el niño es adulto y mama leche de un pezón rosado. Esta vez el niño es un bebé y mira extraño a través del espejo... Esta vez, el niño naufraga en misteriosas derrotas personales; llora, grita y se alimenta únicamente del eco de su propio llanto, trata de dormir secuestrado por el eclipse de sus cuatro lunas.

Alguien salta al vacío, alguien corre las calles, alguien regresa a casa, alguien sobrevuela nuestros paraísos astrales, alguien mendiga lo que nunca tuvimos, alguien muere sin demasiada prisa… y ... !Shhhh... el niño duerme!

Y es cuando despierta, cuando decide lanzarse a la calle y, por unos instantes, tiene miedo. Tiene miedo mientras atraviesa el puente oscuro y el jardín de las sombras. Las palomas, aún adormecidas, menstrúan su furia, sangre que llueve sobre su cabeza en tardes grises de ceniza.
Apretando los dientes, escribe con la sangre sobre el pergamino de los días, y camina sin descanso en busca de un mar que aún no conoce. Y aún sabiendo que no llegará más allá de donde alcance el sonido de su propia canción, en silencio, se promete así mismo no detener su paso hasta llegar a la costa.
Deja atrás el puente, y la oscuridad, y el jardín, y las sombras, y el miedo, y anda con decisión. De nuevo intentará huir muy lejos…

Quizá únicamente allí donde comience el mar, pueda reencarnarse y ser feliz, sin el triste influjo de sus cuatro lunas.

"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

LO MÁS TERRIBLE (Rescatado)

LO MÁS TERRIBLE (Rescatado)

Lo más terrible, después de todo, es ser un cerdo, sonrosado y mofletudo, y cargar con esa sombra “Hitchcockniana” todo el día.
Lo más terrible es ser un cerdo y tener las narices con forma de enchufe, y que te miren y te vean siempre acompañado de patatas fritas o ensalada. Y caminar con esas patas apretadas y embutidas y esas torpes pezuñas. Aunque terrible es también llegar al supermercado y hacer la compra del mes para, al final, cargado hasta los topes, descubrir, una vez ya delante de la cajera, que te dejaste la cartera en el otro vaquero. Y las marujas se empiezan a impacientar, y te miran de reojo y cuchichean como gallinas. Y el individuo que va delante de ti, rompe a reír. Previamente le has estado observando, y es que resulta que un supermercado, es realmente como la sala de un psicoanalista. Los artículos, tan numerosos y variados, sirven como instrumento para el estudio de cada uno de nosotros. Por eso las cajeras nos conocen a la perfección, gracias a lo que compramos. La compra, como digo, es el más fiel reflejo de cada uno de nuestros hábitos, gustos, vicios y manías.
El señor de delante es delgado y pequeñajo, de rostro mal envejecido y con el pulso como el de un vibrador. La barba le crece cerrada y cana, y sus ojillos apenas se le ven detrás de esas gafotas de pasta gris. Torpemente deposita tres cartones de tabaco, dos de una misma marca y otro amarillo y blanco que parece ser el más barato. Y botellines de whisky, sí, muchos, muchos botellines, porque nada complace más al alcohólico que llenar los rincones de su pocilga con botellines vacíos. Y parece que ha olvidado algo, y vuelve al momento, nervioso, dando pasitos torpes, tambaleante, con otro cartón de tabaco, del barato, y dos botellines más de una ginebra que no conozco.
Y la gorda de atrás, deposita chocolate, pudding, salami, productos prefabricados, caramelos, gominolas, helado en tarrinas, y eso sí, unos yogures "light", que coloca lo primero, orgullosa, lanzándome un guiño.

Y hay que volver a esperar a ese semáforo que nunca nos da el paso, y atravesar de nuevo toda la calle hacia arriba. Subir las escaleras a por el jodido dinero y repetir de nuevo toda la operación.

Ya estoy de vuelta y el semáforo no cambia a verde. Y es terrible también el descubrir que el amor verdadero no existe, que es un cuento chino, como el de la supuesta paliza que cada Navidad se meten los tres reyes de oriente para abastecer a todos los niños del mundo con regalos. El amor verdadero no existe, y nuestros padres nunca fueron ni serán perfectos, ni tampoco vivirán nunca lo suficiente. El amor verdadero no existe, ni la magia, ni los superhéroes, ni Santa Claus, y Dios, mientras, parece estar demasiado ocupado durante estos últimos dos mil años como para preocuparse un poco por nosotros.
El amor verdadero no existe y, desde luego, tiene muy poco que ver con lo que nos enseñan, y si no que se lo pregunten a todos los homosexuales del mundo, que nunca llegaron a entender demasiado bien los dibujos de Walt Disney, ni los inevitables finales con beso de película. Amamos lo que no tenemos, luchamos con pasión únicamente por lo que amenazan con arrebatarnos; como el niño que se cansa demasiado pronto del juguete y lo abandona exactamente hasta que otro niño se lo pide para jugar.
Son más fuertes el desamor, la ausencia y los celos. Los celos, sí señor, los celos sí que son algo cojonudo. Uno puede jugar al escondite con su polla en todos los agujeros oscuros del país y, sin embargo, seguir creyendo que ama a su pareja por igual. Pero si se le da la vuelta a la tortilla, todo el mundo parece venírsele abajo. La maté porque era mía, y yo mientras, desearía que toda esa pandilla de jodidos maltratadores se convirtieran en plastilina de colores.

Otra vez las escaleras. Estoy sudando.

-!Mierda olvidé la leche!

Esto es terrible, aunque lo cierto es que, el te abran la tripa con un cuchillo de cocina no tiene perdón de Dios y no se puede ni comparar. Por eso, lo más terrible, después de todo, es ser un cerdo, y que te abran tu enorme barriga ante las estúpidas miradas de todo un pueblo, y que tus chillidos y tu incomprensión se vean ahogados por su bullicio; y no poder olvidarte la cartera en casa, ni esperar cada Navidad a los tres Reyes Magos, ni poder sentir celos, ni poder ir al cine, ni leer libros, ver la tele, escribir, o beber calimocho mientras juegas al parchís en un bar con los amigos.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

NUESTRO TIEMPO (Rescatado)

NUESTRO TIEMPO (Rescatado)

Supongo que ninguno sabemos exactamente la razón del porqué hacemos todas las cosas. Y es que parece que hay que estar haciendo cosas sin parar, sembrando metas, finalidades y pequeñas misiones en nuestra pequeña huerta del destino y en la de los demás. Y supongo que eso es lo que más nos jode, que se coman nuestras manzanas y que se metan en la huerta de uno a husmear.
El tiempo es más valioso que las pesetas, los marcos, los euros y los dólares, y también que todo el dichoso petróleo de Irak y que todos los BMWs descapotables del mundo.
Pero traficamos con nuestro tiempo. Lo devaluamos y lo malvendemos a cambio de un puñado de monedas. Muchas veces invertimos más de ocho horas diarias en conseguir el maldito dinero, y el resto de nuestro tiempo, en mal gastarlo. Freímos patatas o servimos cafés, dormitamos en despachos que no nos pertenecen, limpiamos lugares lejanos y ajenos y colocamos cajas, documentos o muebles allí donde nos ordenan.
Pero lo cierto es que nuestro tiempo es nuestro flujo vital, es lo más importante que tenemos y no es infinito. Y por supuesto no es como un depósito de agua, que simplemente dura hasta el momento en que se agota. Nuestro tiempo nos pertenece de forma natural e innata. Nuestro tiempo posee vida propia y se nos presenta siempre distinto y especial en cada momento. Uno tiene veinticinco años y no los vuelve a tener nunca más; pasa el verano, y al siguiente, ya nada parece moverse ni transcurrir de la misma manera.
Y pienso que las empresas del mundo se nutren de la infancia robada de los niños asiáticos y de puertas en las narices a gitanos y negros, y de todo ese jodido tiempo que las mujeres no están con sus hombres y del jodido tiempo en que los hombres no están con sus mujeres. Y ahora piensa tú: ¿Sabes quien está educando a tus hijos?
Las empresas del mundo se nutren de los jóvenes que dejarán de serlo, devorando vidas a cambio de un puñado de monedas. Sabes que procurarán arrebatarnos los mejores años de nuestras vidas con amenazas y con hipotecas, con horarios y sueldos congelados, con contratos humillantes y puertas cerradas con llaves que nuestras manos amputadas no pueden agarrar. Día a día, se alimentan con gula de nuestros sueños y se empachan a nuestro gusto, después nos eructan tranquilamente en la cara, y con una sonrisa, nos dicen:

-Hijo, sólo queremos lo mejor para ti, pero has de concentrarte y trabajar aún un poco más deprisa.

Sin sueños somos como corderos en una camioneta, y no vayas a esperar para entonces, nada mejor que la miserable vida de tus vecinos de al lado.
Muchas veces no sabemos el porqué de las cosas que hacemos, simplemente nos levantamos una mañana, y nos encontramos de nuevo en una oficina con preciosas vistas a la cola de gente que espera en el frío para ocupar tu silla, toda esa gente desesperada, dispuesta a dejarse sodomizar con una sonrisa como la tuya, pero por menos euros a la hora.
Un día, después de unas semanas, al salir del metro, descubres que la gente que husmea en el pequeño huerto de tu destino, juega al golf en países exóticos que tu solo llegaras a conocer por la tele. Un día, te quedarás así, mirándolos, y entenderás que ni siquiera hablan tu mismo idioma, y que en realidad, muy poco de lo que te vaya a ocurrir, mientras todo siga igual, tendrá que ver con la persona que siempre quisiste ser.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

TORMENTA DE VERANO (Rescatado)

TORMENTA DE VERANO (Rescatado)

La tarde gesticulaba el ensayo de una tormenta de verano.
Iba a llover, los dos lo sabíais, por lo indescifrable del cielo como llaga de luz, por la humedad como vestigio en la nublada tarde. Aquel pueblo no hablaba de vosotros ni de nadie, dormitaba en silencio, soñando misterios, pasados y sombras.

Él te agarró de la mano, te estrechó contra su pecho, como guiándote, y besó tu mejilla joven, bronceada de sol y llanura. Paseasteis por las calles apretadas, bajo las miradas de los ancianos encogidos y arrugados de camisas blancas, bajo las fragancias estivales, el olor a meseta y a tierra seca. Mientras, a lo lejos, los perros ladraban nerviosos la faena de un tractor.
Llegasteis a la plaza y os sentasteis sobre la piedra musgosa de la fuente, buscando su frescor, mientras un perro flaco, tumbado a la sombra, se entretenía con los restos de un pescado.
Él te sedujo con bonitas palabras, se mojó los cabellos y te besó, confiado en su prebenda, y tú dejaste que él te refrescara los muslos con sus manos mojadas. Sacó un cigarrillo, lo encendió con seguridad y te lo ofreció, aun sabiendo que tú no fumabas. Y tú no quisiste contrariarle, y lo cogiste y te lo llevaste a la boca, sin saber muy bien cómo hacerlo, sintiéndote ridícula.
El cielo se oscureció y cayó un rayo cerca del castillo. Él te agarró entonces por el hombro y te besó la frente. El cielo, desgarrado tras aquel rayo, cayó como muerto, en un trueno sobrecogedor y comenzó a desangrarse.
Salisteis corriendo y él te llevó hasta su precioso coche. Te abrió la puerta y entrasteis en él. La lluvia intensa caía como un telón plateado, enmudeciendo el tocar de las campanas de la iglesia, sacudiendo la piedra desnuda, las aceras, los tejados y las hojas de los árboles. Parecía haber anochecido en una fugaz traición.
Él sonrió y se quitó los pantalones. Tú lo miraste, sin comprender, y él te pidió que te desnudaras. Por un momento tú te quedaste quieta, turbada, y después le obedeciste despacio. La lluvia sacudía el capó del coche con un ruido ensordecedor. Él te arrojó contra la puerta y se echó encima. Te besó entonces con violencia y te penetró torpemente, sin decir una sola palabra.
Él gemía como un jabalí herido, mientras tus ojos de niña, confundidos, reprimían las lágrimas. Él sudaba y mostraba su dentadura perfecta, mientras tu cabeza se agitaba contra la ventanilla.
Petrificado, permanecí sentado en la plaza, bajo la lluvia, delante de su precioso coche, tratando de no imaginarme el resto, como testigo inerte del vaho de vuestros cuerpos en los cristales.
Y te llevó a la ciudad con él, para siempre, a pesar de que éramos como novios y tú no le amabas, y así se cumplió tu deseo de abandonar por fin nuestro pueblo. Después, éste quedó insoportablemente vacío sin ti, como mi vida.
Te fuiste ya hace veinte años, y yo aún sigo dedicado al campo. Sin embargo, sentado en la plaza, aún te recuerdo, cada uno de mis días, porque tú, fuiste, desde mi infancia, la única mujer de mi vida.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

HOY ES VIERNES (Rescatado)

HOY ES VIERNES (Rescatado)

Hoy es viernes.
Los viernes tienen algo de especial. Los viernes brillan como unos zapatos nuevos en una cuadra. Si tuviera que morirme esperaría hasta el lunes.
Antes los viernes eran fantásticos. En el colegio o en el instituto los viernes siempre fueron el mejor día de la semana. Talleres, teatro, gimnasia, ética, industrias de la alimentación, horas libres, excursiones y los cumpleaños.
En el colegio los cumpleaños siempre se celebraban los viernes. Tarde en la ciudad, desmadre y fiesta en casa de algún amigo o en cualquier hamburguesería.
La excitación de los viernes casi ha desaparecido y, sin embargo, todos los lunes continúan siendo una mierda.
Hoy es viernes y estoy sentado en un banco. Ha salido el sol después de seis meses y creo que realmente la sangre me circula de otra manera.
En Munich, cuando sale el sol, aparecen niños hasta por las alcantarillas. Hay cochecitos de niños y madres tristes por todos los lados. Y los viejos, que a pesar del buen tiempo, embutidos en sus abrigos y bajo sus gorros, desconfiados, vuelven a hacerse los dueños de las calles y las plazas. Se sientan estoicos, con sus rostros arrugados y se estiran al sol con gran vehemencia. Aquí muchos viejos están locos. Aquí muchos locos se hacen viejos, impotentes, viendo pasar el tiempo. Y todos ellos se reúnen alrededor de los bancos los viernes y beben toda la cerveza barata que pueden comprar y alborotan.
Yo los observo a ellos y a las madres con sus niños, mientras hago tiempo hasta entrar a trabajar. Observo el mundo de los que no trabajan y me siento tan feliz y excitado como un niño que ha burlado el colegio.
Hoy es viernes. Me pregunto si todos los viernes calzan el mismo número. Porque no tengo nada que ver con los días que se despegan de vuestros calendarios de oficina. Seguiré comiendo lo que yo quiera y no aceptaré vuestros purés aunque no me devolváis nunca más mis dientes.
A los dieciséis, un viernes por la tarde, entre lágrimas y sollozos, le revelé un secreto a mi madre:

-Mamá, creo que no soy como los demás. No puedo dejar de sentirme distinto, de hacerme preguntas imposibles y de pensar en cosas extrañas. Creo que, a pesar de lo que tú creas, no soy de este planeta.

Han pasado más de quinientos viernes desde entonces y aún me sigo sintiendo como un extraterrestre.
Me gustan los viernes, o lo que queda de ellos.
Hoy es viernes, hace sol, y a pesar del peso de todas las cosas, me siento estupendamente.
Nadie debería estar solo los viernes, porque es el día en el que todos los trenes de la felicidad y de la tristeza descarrilan, y después uno, lo quiera o no, ha de seguir cualquiera de los caminos a pie.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

LA SILLA VACIA (Rescatado)

LA SILLA VACIA (Rescatado) Se crean imperios sin mover un ápice...
Y se derrumban por si solos con el torpe silencio que se apodera de los monólogos susurrantes de mentes como la mía.

¿Mamá?

Decidió abrir los ojos, después lavarse la cara y comenzar a caminar. No pensó en una dirección, no pensó en ninguna acción ni verbo. El trampolín de su propia realidad la catapultó todo lo alto que se puede llegar, y una vez allí, comenzó a caer.
Sintió una corriente súbita de aire frío, y cómo todas esas heridas invisibles de sangre invisible, se cerraban en su cuerpo como cremalleras de carne. No quiso cerrar los ojos, ni mirar hacia atrás en la caída. Sin importarle nada lo mas mínimo, se dejó caer. Y caía con el miedo en la garganta, con la boca seca, ligeramente salada y las manos frías y húmedas. Y caía, aturdida por el calor en las sienes y por un leve pero omnipresente pitido en los oídos.

-Me duelen la espalda y esta pegajosa tristeza. No seguiré cayendo.

Y es así como todo se detiene, y las lágrimas, como es costumbre, le dan los buenos días, mientras le besan y le lamen despacio las mejillas.

Sentada sobre la cama, con las piernas entrelazadas, y sin prácticamente mover un músculo, continúa llorando un rato en silencio.
El aire entra por la ventana medio abierta, sacudiendo levemente una cortina demasiado barata, acompañada por los diálogos frenéticos de la urbe y un cierto olor a hojarasca mojada.

Delante del espejo, una vez más, descubre a esa eterna desconocida con quien lleva tantos años conviviendo.

-Me he vuelto inofensiva, incapaz, ¿sabes? Aunque quizás ya lo fuera antes. Sigo siendo la misma y creo que tampoco esperaba otra cosa. ¿Me quieres? ¿Nos queremos?

Sale al pequeño balcón, con un café sin demasiada leche, y mira hacia el cielo, como testigo casual bajo el techo azul e infinito de castilla.
Se sienta allí fuera, con su bata, en una silla de madera. Despacio y con cierto automatismo, enciende un cigarrillo negro y se lo lleva a los labios. Se apoya únicamente en el sabor incierto de una larga calada, mientras trata de gesticular una desarticulada sonrisa. Pero la sonrisa desaparece inmediatamente. Huye volando para, finalmente, desaparecer entre la blanca palidez de las nubes.

El tiempo juega en la silla llena. El tiempo juega en la botella vacia.

Y antes de morir la mañana, la sonrisa vuelve a ella, volando de nuevo. Esta vez, la sonrisa se instala perfectamente en su rostro y, suavemente, la susurra:

-Me fuí a hablar con las nubes.
No te preocupes mujer, todas las sonrisas del mundo estamos hechas de secretos. Y el mío, por esta vez, te pertenecerá a tí para siempre.
Continua esperando, porque con la llegada de las lluvias primaverales, todos y cada uno de vuestros miedos, acaban siempre por morir en el mar.

-¿En el mar?

-Si, los miedos son cobardes. Con la lluvia huyen siempre por las alcantarillas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

LA SILLA VACIA (Rescatado)

LA SILLA VACIA (Rescatado) Se crean imperios sin mover un ápice...
Y se derrumban por si solos con el torpe silencio que se apodera de los monólogos susurrantes de mentes como la mía.

¿Mamá?

Decidió abrir los ojos, después lavarse la cara y comenzar a caminar. No pensó en una dirección, no pensó en ninguna acción ni verbo. El trampolín de su propia realidad la catapultó todo lo alto que se puede llegar, y una vez allí, comenzó a caer.
Sintió una corriente súbita de aire frío, y cómo todas esas heridas invisibles de sangre invisible, se cerraban en su cuerpo como cremalleras de carne. No quiso cerrar los ojos, ni mirar hacia atrás en la caída. Sin importarle nada lo mas mínimo, se dejó caer. Y caía con el miedo en la garganta, con la boca seca, ligeramente salada y las manos frías y húmedas. Y caía, aturdida por el calor en las sienes y por un leve pero omnipresente pitido en los oídos.

-Me duelen la espalda y esta pegajosa tristeza. No seguiré cayendo.

Y es así como todo se detiene, y las lágrimas, como es costumbre, le dan los buenos días, mientras le besan y le lamen despacio las mejillas.

Sentada sobre la cama, con las piernas entrelazadas, y sin prácticamente mover un músculo, continúa llorando un rato en silencio.
El aire entra por la ventana medio abierta, sacudiendo levemente una cortina demasiado barata, acompañada por los diálogos frenéticos de la urbe y un cierto olor a hojarasca mojada.

Delante del espejo, una vez más, descubre a esa eterna desconocida con quien lleva tantos años conviviendo.

-Me he vuelto inofensiva, incapaz, ¿sabes? Aunque quizás ya lo fuera antes. Sigo siendo la misma y creo que tampoco esperaba otra cosa. ¿Me quieres? ¿Nos queremos?

Sale al pequeño balcón, con un café sin demasiada leche, y mira hacia el cielo, como testigo casual bajo el techo azul e infinito de castilla.
Se sienta allí fuera, con su bata, en una silla de madera. Despacio y con cierto automatismo, enciende un cigarrillo negro y se lo lleva a los labios. Se apoya únicamente en el sabor incierto de una larga calada, mientras trata de gesticular una desarticulada sonrisa. Pero la sonrisa desaparece inmediatamente. Huye volando para, finalmente, desaparecer entre la blanca palidez de las nubes.

El tiempo juega en la silla llena. El tiempo juega en la botella vacia.

Y antes de morir la mañana, la sonrisa vuelve a ella, volando de nuevo. Esta vez, la sonrisa se instala perfectamente en su rostro y, suavemente, la susurra:

-Me fuí a hablar con las nubes.
No te preocupes mujer, todas las sonrisas del mundo estamos hechas de secretos. Y el mío, por esta vez, te pertenecerá a tí para siempre.
Continua esperando, porque con la llegada de las lluvias primaverales, todos y cada uno de vuestros miedos, acaban siempre por morir en el mar.

-¿En el mar?

-Si, los miedos son cobardes. Con la lluvia huyen siempre por las alcantarillas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

UNA HISTORIA (Rescatado)

UNA HISTORIA (Rescatado) Ja, hallo?

Y tardan algo en responder.

-¿Eres Víctor?

Y respondo que sí, aunque no es cierto. La voz femenina del otro lado del teléfono, como dudando, calla primero durante unos instantes. Y continua:

-Te tengo que contar una historia.
Mi abuelo ha muerto hoy que cumplía setenta años. Mi abuelo era un señor bastante extraño, supongo que un poco como la mayoría de todos los abuelos de este planeta. Aunque mi abuelo llevaba treinta y cinco años sin decir una sola palabra.
Sin embargo, un día, mi abuela me contó que mi abuelo de bebé ya era un verdadero charlatán, y que hablaba hasta por los codos, y como después, de niño, la cosa empeoró notablemente.
–Tu abuelo necesitaba beber litros de agua para no desertizar su boca. Decía.
Así, de joven, mi abuelo se metió en política para poder hablar aún mucho más, y para que muchos más fueran también los que le pudieran escuchar. Mi abuela suele contar como conoció a mi abuelo hace muchos años en el sindicato. Ella también era activista, pero menos apasionada y menos habladora que mi abuelo. Mi abuela me solía decir que ser menos hablador que mi abuelo por aquel entonces, era más fácil que engañar a un chino anormal. Mi abuela también me contó que mi abuelo, al cumplir los treinta y cinco años decidió dejar de hablar en público y dejar de hablar con los amigos, y con los hijos, y también con su mujer. Mi abuelo, el mismo día en el que cumplió los treinta y cinco, decidió no hablar absolutamente nada más y dedicar la otra mitad de su vida únicamente a escuchar.
Hoy, mi abuelo, se cansó de hablar media vida y de escuchar la otra media y decidió morirse. Mi abuela ahora llora y yo no sé qué pensar.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesto.

-¿No tienes nada qué decir al respecto? Me pregunta ella.

-No me llamo Víctor. Respondo.

-Lo sé, no importa, mi abuelo tampoco ha muerto. Añade ella y cuelga.

Sigo escribiendo y trato de volver a mi historia, concentrarme, recuperar la inspiración. No lo consigo, sólo pienso en aquel abuelo que hablaba media vida y callaba la otra media para después morir puntualmente.
El teléfono de la chica se ha grabado en la memoria de mi móvil y marco su número.

-Ja, hallo?
¿Eres Ana?

Pregunto.
Ella responde que sí. Después calla y yo hablo:

-Te tengo que contar una historia.
Desde que aparecieron los teléfonos móviles, hace ya unos años, los he odiado. Y es que están llenando y vaciando a la vez de lógica y originalidad las historias y guiones que narran las desventuras de una sociedad irremediablemente localizable allí donde esté. Es como darle de comer a un bebé con un cucharón. Nos presionan para empacharnos de presunta comunicación. Me dan arcadas de pensar en la cantidad de pajarracos oscuros y alimañas que estamos haciendo millonarios gracias al aniquilamiento de nuestros valiosos silencios. Y estar ahí para cualquiera, al otro lado del teléfono y para cualquier memez. Vernos interrumpidos cuando amamos, cuando esperamos en la intimidad, cuando comemos o charlamos, cuando pensamos o lloramos, cuando nos evadimos, cuando nos concentramos, cuando escribimos. Es igual qué estés haciendo, es igual dónde te encuentres en este mundo, ya que siempre podrán arrancarte con exactitud de donde estés con una llamada para decirte que tu madre ha muerto.
Tú, Ana, sin embargo, eres la excepción a mi historia. Hoy, por primera vez, me alegro de tener este móvil tan pequeño como una cucaracha y capaz de casi todo. Hoy por primera vez me alegro de tener este teléfono, porque tú eres la excepción más especial y más maravillosa de toda esta historia.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesta ella.

-¿No dices nada al respecto? Le pregunto.

-No me llamo Ana. Responde ella.

-Lo sé, no importa, mi madre tampoco ha muerto. Añado y cuelgo.

Una vez más vuelvo a mi escritura. Trato de concentrarme, trato de recuperar la inspiración, pero mi teléfono suena de nuevo.

-Ja, hallo?

Y tardan algo en responder.

-¿Eres Iván?

Y respondo que sí, sólo que esta vez es cierto. La voz femenina del otro lado del teléfono, como dudando, calla durante unos instantes para continuar entonces:

-Iván, soy tu tía Paloma.
Lo siento muchísimo. Tu madre ha muerto.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesto.

-¿Qué vas a hacer? ¿Te dará tiempo a coger un avión y estar aquí mañana para el entierro? Pregunta ella.

-No me llamo Iván. Respondo y cuelgo.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

VIAJE POR MI CUARTO

VIAJE POR MI CUARTO Viajo por mi cuarto en un coche conducido por alguien que no conozco. Mientras, por la ventanilla, desde el asiento de atrás, observo el transcurrir de los días.

-¿Donde estas?

Escucho el ruido del motor y me dejo llevar, consciente de que mi cuarto es un agujero negro que lo quiere engullir todo; ese todo que existe a mi alrededor y que se presenta como un cuerpo eternamente prostituido.
El conductor detiene el coche. Sin pronunciar una sola palabra, extrae unas alas falsas de plástico del portamaletas y desaparece volando.
Todo se ha detenido a mi alrededor. Yo permanezco allí atrás, sin moverme, en silencio.
Entonces salgo del coche y me siento en el asiento del conductor. Las llaves están puestas.
Desde el techo, aleteando sin demasiada destreza, observo como el coche arranca cambiando de sentido, a trompicones, y como se aleja hasta desaparecer.
Mi sonrisa abre la puerta de mi cuarto y sale por fin al mundo exterior, como catapultada, invencible.

Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005

ANGELES Y DEMONIOS (Rescatado)

ANGELES Y DEMONIOS (Rescatado)

Mueren más de 25.000 personas al día de hambre. Más de 8.200 personas al día lo hacen por el Sida, una gran cantidad de estos, son niños. Existe como contraste una Iglesia enriquecida y todopoderosa, susurrando desde siempre a los gobiernos y estamentos más influyentes. Una Iglesia corrupta y podrida por un historial de represión, matanzas santas, injusticias, ejecuciones, Inquisición, pedofilia y abusos. Una Iglesia que apoya dictaduras, calla ante holocaustos y predica y fomenta, engañosa, para su propio lucro y la miseria de este mundo.
Y hay un Papa que escribe libros y promulga desde su poder atrocidades inconmensurables. Arremete contra los homosexuales y se atreve a llorar por los niños de los abortos, mientras una gran cantidad de los siervos de su doctrina, y de los seguidores y dirigentes de los partidos políticos que le apoyan, son homosexuales. Mientras una gran parte de los casos de abusos sexuales y vejaciones a niños en este mundo, se han realizado y se siguen realizando por curas de todo el mundo. Mientras la iglesia apoya las mismas dictaduras que oprimen y matan de pobreza y desesperación a los pueblos. Mientras, estúpidamente, boicotea al preservativo como única esperanza ante el Sida en muchos de estos países.
Y este Papa es el primero que habla del demonio, aunque sea para compararlo con los homosexuales, y también nos recuerda el Holocausto nazi, que ellos mismos permitieron con su podrido silencio, aunque sea para compararlo con el aborto.
Este individuo, antes de morir, debería de pedir perdón a la humanidad por todo el daño y el dolor que han generado la iglesia a la que representa y sus propias palabras.
Si existe un cielo y algo parecido a la justicia divina, estoy completamente seguro de que no habrá sitio para Juan Pablo II ni ninguno de los que le apoyan. Y si existe el demonio, como este señor cree, estoy seguro que estará muy cerca de donde esté el poder. Y como el demonio es listo y traicionero, seguro que se le ha ocurrido disfrazarse de su mayor enemigo para adoctrinarnos.
Aunque para mí, todo esto es en realidad una idea absurda, por que yo, ni creo en ese cielo, ni creo en ese Dios, ni tampoco en ese demonio. Únicamente creo en la igualdad, el amor y el respeto.

Iván Sáinz-Pardo

(Escrito recuperado del 26-02-2005 con el título ANGELES Y DEMONIOS)