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EL ESCONDITE DE IVÁN

ORDEN

ORDEN

Amigos, por fin puse orden en el ESCONDITE y ya están todos los artículos clasificados. Podéis ir encontrando escritos de mi primer libro de relatos cortos "El sendero de la oveja negra" (1997). Voy colgando también escritos de mi último libro de relatos cortos "Al final del arco iris", y como no, artículos de actualidad y nuevos escritos todos ellos ordenados a vuestra derecha en TEMAS. Ahí encontrareis además la crónica de mi viaje del año pasado a Hollywood y el escrito "Dieuwke", que como veis, va por capítulos. También hay alguna crítica de cine, mi biografía y más abajo, en LINKS, tenéis acceso directo al visionado de mis dos últimos cortometrajes en cine:
"El Sueño del Caracol" (2001) y "El laberinto de Simone" (2003)
Que disfrutéis y abrazos para todos.
Iván

EL NIÑO DE LAS CUATRO LUNAS

EL NIÑO DE LAS CUATRO LUNAS

En el mundo de las cuatro lunas hay una canción que habla del mar y se repite hasta transformarse en lágrimas, corazones y colores desteñidos.

Un niño con corazón, un niño desteñido por las lágrimas, vive aferrado a una canción que habla sobre el mar y escribe, solitario, dentro de un vientre de alquiler.
Sus ojos son irresponsables y evitan siempre guiarse por el sendero sabio de sus venas. En él hay caminos, hay sueños y aspiraciones, pero todo parecen ser falsas promesas, porque sus venas son únicamente tuberías de plomo intoxicando el licor de su sangre enferma.

Despierta envuelto en el mismo olor rancio y húmedo de cada mañana, y a veces, pueblan en su alma los tentáculos del miedo, como raíces y nervios que crecen precipitadamente.
El niño escribe dentro de un vientre muerto y no quiere salir fuera por si la vida solo fuese la extensa soledad de una madre muerta. Quiere evitar ese vacío que le acompaña cada vez que trata de emprender de nuevo la huida, esa devastadora soledad que el tiempo va incrustando en sus labios.
El niño tiene un corazón grande y el alma de un color desteñido. Su canción se repite, como eco imposible en sus entrañas, y se multiplica en lunas huérfanas de noche y en cascadas de tiempo.
Y hay un jardín de sombras allí afuera, donde la lluvia es pegajosa como la miel, y también un pequeño puente de hierro, manchado por la herrumbre, que da cobijo a las palomas.
Pero esta vez el niño es adulto y mama leche de un pezón rosado. Esta vez el niño es un bebé y mira extraño a través del espejo... Esta vez, el niño naufraga en misteriosas derrotas personales; llora, grita y se alimenta únicamente del eco de su propio llanto, trata de dormir secuestrado por el eclipse de sus cuatro lunas.

Alguien salta al vacío, alguien corre las calles, alguien regresa a casa, alguien sobrevuela nuestros paraísos astrales, alguien mendiga lo que nunca tuvimos, alguien muere sin demasiada prisa… y ... !Shhhh... el niño duerme!

Y es cuando despierta, cuando decide lanzarse a la calle y, por unos instantes, tiene miedo. Tiene miedo mientras atraviesa el puente oscuro y el jardín de las sombras. Las palomas, aún adormecidas, menstrúan su furia, sangre que llueve sobre su cabeza en tardes grises de ceniza.
Apretando los dientes, escribe con la sangre sobre el pergamino de los días, y camina sin descanso en busca de un mar que aún no conoce. Y aún sabiendo que no llegará más allá de donde alcance el sonido de su propia canción, en silencio, se promete así mismo no detener su paso hasta llegar a la costa.
Deja atrás el puente, y la oscuridad, y el jardín, y las sombras, y el miedo, y anda con decisión, estirando mucho el cuello, para mirar, desde lo más cerca posible, cara a cara al cielo, y retarlo una vez más.
De nuevo intentará huir muy lejos…

Quizá únicamente allí donde comience el mar, pueda vivir feliz, sin el triste influjo de sus cuatro lunas.

Iván Sáinz-Pardo (”El sendero de la oveja negra” P.A.L.M.@)

ROJO

ROJO

Rojo, y ya nada me separa demasiado de ti.
Amo esa canción, que llega para embriagar mis oídos, siempre a tiempo, milagrosa, salvadora, como el Séptimo de Caballería.
Esta quietud, y la ropa que va siempre de la cama al suelo.
Oscuridad. ¿Dónde estas? Huele a champán. Odio todos los desayunos del mundo. Todo está pringoso y te echo de menos.
Sigo bombardeando en primera persona, conspirando, preparando mi partida.
Me empacho cada día de delicioso veneno y lo comparto con chicas que no significan nada. Anoche, me gustó besarla, bajo su horizonte de paja. Era tan vulnerable…
Todos buscamos un pezón de leche adulta que tome las decisiones importantes por nosotros, y para dormir, la posición fetal es siempre la preferida.
Voy a hundirme lentamente. No cerraré los ojos. Evadirme, no coger aire y bucear hacia las profundidades. Acabar cuanto antes.
Voy a cambiar mi bronceado por el morado de los ahogados. Haré de mis pulmones un acuario municipal para vuestra absurda colección de peces.
Un rojo imposible.
Aprieta tus dientes y dime:

-¿Quién coño quiere ser náufrago?

Ya nada es igual que antes, y no quiero seguir mecanismos tan complicados. Existen muchos caminos de distintos colores y poco tiempo para recorrerlos. A veces, quisiera poder recorrer cada uno de ellos, pero las cosas parecen funcionar de otra manera.
Ella está bailando al final de su color, más triste y más hermosa que nunca. Frágil, oxidada, desgarrada en muchas de las formas, como luna apaleada, envejecida, cansada de provocar las olas. Puedo verla desde aquí. Yo no estoy seguro de querer buscarla, y a su vez, ella no esta segura de querer encontrarme. Nos deseamos, nos soñamos compartiendo las noches, el calor de nuestros cuerpos bajo las sábanas, prometiéndonos todas las noches que lleguen, como amantes ludópatas en un juego ajeno.

-¿Es acaso la vida únicamente el ingrato juego de una máquina tragaperras?

La felicidad sólo dura mientras dura el dinero.
Sabes que no es así, que de cualquier forma, para nadie el dinero tiene menos significado que para el ludópata.
Solo, encerrado en mi cuarto, sigo pensando en ella. Esperando un guiño de tres sietes que me devuelvan de nuevo a la superficie.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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LA SILLA VACIA

LA SILLA VACIA

Se crean imperios sin mover un ápice...
Y se derrumban por si solos con el torpe silencio que se apodera de los monólogos susurrantes de mentes como la mía.

¿Mamá?

Decidió abrir los ojos, después lavarse la cara y comenzar a caminar. No pensó en una dirección, no pensó en ninguna acción ni verbo. El trampolín de su propia realidad la catapultó todo lo alto que se puede llegar, y una vez allí, comenzó a caer.
Sintió una corriente súbita de aire frío, y cómo todas esas heridas invisibles de sangre invisible, se cerraban en su cuerpo como cremalleras de carne. No quiso cerrar los ojos, ni mirar hacia atrás en la caída. Sin importarle nada lo mas mínimo, se dejó caer. Y caía con el miedo en la garganta, con la boca seca, ligeramente salada y las manos frías y húmedas. Y caía, aturdida por el calor en las sienes y por un leve pero omnipresente pitido en los oídos.

-Me duelen la espalda y esta pegajosa tristeza. No seguiré cayendo.

Y es así como todo se detiene, y las lágrimas, como es costumbre, le dan los buenos días, mientras le besan y le lamen despacio las mejillas.

Sentada sobre la cama, con las piernas entrelazadas, y sin prácticamente mover un músculo, continúa llorando un rato en silencio.
El aire entra por la ventana medio abierta, sacudiendo levemente una cortina demasiado barata, acompañada por los diálogos frenéticos de la urbe y un cierto olor a hojarasca mojada.

Delante del espejo, una vez más, descubre a esa eterna desconocida con quien lleva tantos años conviviendo.

-Me he vuelto inofensiva, incapaz, ¿sabes? Aunque quizás ya lo fuera antes. Sigo siendo la misma y creo que tampoco esperaba otra cosa. ¿Me quieres? ¿Nos queremos?

Sale al pequeño balcón, con un café sin demasiada leche, y mira hacia el cielo, como testigo casual bajo el techo azul e infinito de castilla.
Se sienta allí fuera, con su bata, en una silla de madera. Despacio y con cierto automatismo, enciende un cigarrillo negro y se lo lleva a los labios. Se apoya únicamente en el sabor incierto de una larga calada, mientras trata de gesticular una desarticulada sonrisa. Pero la sonrisa desaparece inmediatamente. Huye volando para, finalmente, desaparecer entre la blanca palidez de las nubes.

El tiempo juega en la silla llena. El tiempo juega en la botella vacia.

Y antes de morir la mañana, la sonrisa vuelve a ella, volando de nuevo. Esta vez, la sonrisa se instala perfectamente en su rostro y, suavemente, la susurra:

-Me fuí a hablar con las nubes.
No te preocupes mujer, todas las sonrisas del mundo estamos hechas de secretos. Y el mío, por esta vez, te pertenecerá a tí para siempre.
Continua esperando, porque con la llegada de las lluvias primaverales, todos y cada uno de vuestros miedos, acaban siempre por morir en el mar.

-¿En el mar?

-Si, los miedos son cobardes. Con la lluvia huyen siempre por las alcantarillas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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LO MAS TERRIBLE

LO MAS TERRIBLE

Lo más terrible, después de todo, es ser un cerdo, sonrosado y mofletudo, y cargar con esa sombra “Hitchcockniana” todo el día.
Lo más terrible es ser un cerdo y tener las narices con forma de enchufe, y que te miren y te vean siempre acompañado de patatas fritas o ensalada. Y caminar con esas patas apretadas y embutidas y esas torpes pezuñas. Aunque terrible es también llegar al supermercado y hacer la compra del mes para, al final, cargado hasta los topes, descubrir, una vez ya delante de la cajera, que te dejaste la cartera en el otro vaquero. Y las marujas se empiezan a impacientar, y te miran de reojo y cuchichean como gallinas. Y el individuo que va delante de ti, rompe a reír. Previamente le has estado observando, y es que resulta que un supermercado, es realmente como la sala de un psicoanalista. Los artículos, tan numerosos y variados, sirven como instrumento para el estudio de cada uno de nosotros. Por eso las cajeras nos conocen a la perfección, gracias a lo que compramos. La compra, como digo, es el más fiel reflejo de cada uno de nuestros hábitos, gustos, vicios y manías.
El señor de delante es delgado y pequeñajo, de rostro mal envejecido y con el pulso como el de un vibrador. La barba le crece cerrada y cana, y sus ojillos apenas se le ven detrás de esas gafotas de pasta gris. Torpemente deposita tres cartones de tabaco, dos de una misma marca y otro amarillo y blanco que parece ser el más barato. Y botellines de whisky, sí, muchos, muchos botellines, porque nada complace más al alcohólico que llenar los rincones de su pocilga con botellines vacíos. Y parece que ha olvidado algo, y vuelve al momento, nervioso, dando pasitos torpes, tambaleante, con otro cartón de tabaco, del barato, y dos botellines más de una ginebra que no conozco.
Y la gorda de atras, deposita chocolate, pudding, salami, productos prefabricados, caramelos, gominolas, helado en tarrinas, y eso sí, unos yogures "light", que coloca lo primero, orgullosa, lanzandome un guiño.

Y hay que volver a esperar a ese semáforo que nunca nos da el paso, y atravesar de nuevo toda la calle hacia arriba. Subir las escaleras a por el jodido dinero y repetir de nuevo toda la operación.

Ya estoy de vuelta y el semaforo no cambia a verde. Y es terrible también el descubrir que el amor verdadero no existe, que es un cuento chino, como el de la supuesta paliza que cada Navidad se meten los tres reyes de oriente para abastecer a todos los niños del mundo con regalos. El amor verdadero no existe, y nuestros padres nunca fueron ni serán perfectos, ni tampoco vivirán nunca lo suficiente. El amor verdadero no existe, ni la magia, ni los superhéroes, ni Santa Claus, y Dios, mientras, parece estar demasiado ocupado durante estos últimos dos mil años como para preocuparse un poco por nosotros.
El amor verdadero no existe y, desde luego, tiene muy poco que ver con lo que nos enseñan, y si no que se lo pregunten a todos los homosexuales del mundo, que nunca llegaron a entender demasiado bien los dibujos de Walt Disney, ni los inevitables finales con beso de película. Amamos lo que no tenemos, luchamos con pasión únicamente por lo que amenazan con arrebatarnos; como el niño que se cansa demasiado pronto del juguete y lo abandona exactamente hasta que otro niño se lo pide para jugar.
Son más fuertes el desamor, la ausencia y los celos. Los celos, sí señor, los celos sí que son algo cojonudo. Uno puede jugar al escondite con su polla en todos los agujeros oscuros del país y, sin embargo, seguir creyendo que ama a su pareja por igual. Pero si se le da la vuelta a la tortilla, todo el mundo parece venírsele abajo. La maté porque era mía, y yo mientras, desearía que toda esa pandilla de jodidos maltratadores se convirtieran en plastilina de colores.

Otra vez las escaleras.
Estoy sudando. !Mierda olvidé la leche! Esto es terrible, aunque lo cierto es que el te abran la tripa con un cuchillo de cocina no tiene perdón de Dios y no se puede ni comparar. Por eso, lo más terrible, después de todo, es ser un cerdo, y que te abran tu enorme barriga ante las estúpidas miradas de todo un pueblo, y que tus chillidos y tu incomprensión se vean ahogados por su bullicio; y no poder olvidarte la cartera en casa, ni esperar cada Navidad a los tres Reyes Magos, ni poder sentir celos, ni poder ir al cine, ni leer libros, ver la tele, escribir, o beber calimocho mientras juegas al parchís en un bar con los amigos.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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TETAS

TETAS

Tengo un amigo que una vez tuvo una novia...
Bueno, realmente creo que ella no era su novia, aunque quizá sí, no lo sé, en fin, el caso es que follaban y bebían whisky juntos.
Él estaba orgulloso de sus tetas, y es que ella tenía realmente un par de tetas, tan magnas y sagradas, como las campanas del Vaticano. Bueno, lo cierto es que yo nunca se las he visto más allá de lo que premitían sus perturbadores escotes, pero creo que ella también se sentía orgullosa de sus enormes y maravillosas tetas. Mi amigo estaba orgulloso de aquellas tetas, siempre erguidas, amenazantes y dispuestas a desbaratar, con cada uno de sus movimientos, las leyes del pobre Newton. Mi amigo estaba orgulloso de aquellas tetas, yo también estaba orgulloso de aquellas tetas, en realidad, era difícil para cualquiera no estar orgulloso de aquellas tetas.
Ella, a cambio, disfrutaba de las miradas de la gente. Las miradas no acarician como dos manos, ni siquiera como una sola, pero proporcionan, según parece, otro tipo de placer. Y luego también estaba el placer que le brindaban aquellos dos ojos, los de mi amigo. Ella estaba orgullosa de sus tetas y, a la vez, de los ojos de mi amigo, aquellos ojos que la miraban sin complejos, siempre con dulzura y cierta picardía.
Él, en cambio, estaba orgulloso de las tetas de ella y con eso ya tenía bastante. Podría estar orgulloso también de sus propios ojos, profundos y verdes como el mar, pero mi amigo es demasiado vago como para estar orgulloso de demasiadas cosas al mismo tiempo. Además, es de los que opinan que los tíos que se miran demasiado a sí mismos, acaban por buscar una polla que alivie el insaciable picor de sus culos. Mi amigo es de los que creen que, si los hombres llegásemos a nuestros culos con nuestras pollas, seríamos todos maricas.
Mi amigo tiene unos ojos realmente bonitos. No sé si son herencia de su padre o de su madre, ni siquiera creo que él lo sepa con certeza, porque para eso están las estúpidas visitas de esas estúpidas señoras que, cuando vienen a casa, te dicen, indistintamente las unas de las otras, que tienes los ojos de tu padre o los de tu madre. Da igual lo que tú pienses, siempre está la gorda de turno en la pescadería para confundirte con su ignorancia y sus memeces. En fin, el caso es que los dos, como digo, quedaban de vez en cuando para follar y beber whisky.
Mi amigo nunca habla de amor, tampoco habla de muchas otras cosas, la verdad es que habla bastante poco.
Ella, sin embargo, hablaba por los codos, y por las rodillas, y por las orejas, y hablaba también por la boca cuando no la tenía llena de whisky, tabaco o alguna otra cosa.
Se debieron de conocer una noche de borrachera y decidieron que, como los dos tenían cosas de las que sentir admiración mutua, y los dos estaban borrachos, sería buena idea intercambiar y compartir el whisky de sus bocas, y el de sus copas, y el de los bares que aún les quedaban por visitar, y el de los bares que visitarían en un futuro. Mi amigo, en algún momento de la noche, debió de pensar también que sería buena idea meterle a ella en uno de los servicios de señoras su polla revoltosa por algún sitio, y a ella la idea no debió disgustarle, y de esta forma comenzaron a quedar una y otra vez para disfrutar de aquel ritual.
Sin embargo, después de algunas semanas, una tarde quedaron y ella no estaba borracha. Mi amigo sí que estaba borracho, pero, claro, uno no siempre puede nadar en aguas tranquilas y templadas como las de las piscinas. No siempre las cosas están equilibradas, y aquel día, la piscina era un mar frío y oscuro de aguas revueltas.
Él le pidió un whisky, y aunque ella solía beber siempre whisky, esa tarde decidió no beber otra cosa que no fuesen mariconadas. Mariconadas con cafeína, mariconadas sin cafeína, mariconadas rojas, amarillas y blancas. Mi amigo se bebió su whisky, y el de ella, y se pidió muchos más whiskys que se bebió él solo.
Mi amigo seguía tan orgulloso como siempre de lo de siempre, y bebía whisky como siempre, y seguía teniendo unos ojos profundos y verdes como el mar, que esa tarde, sin embargo, se agitaba en torno a él, rabioso.
Mi amigo estaba borracho y quería follar, también como siempre, pero ella, con una mirada absurda y pringosa, le dijo que no volverían a hacerlo nunca más. Y creo que esto nos lleva a pensar en que nunca podemos saber, con total certeza, de qué color es la bandera que las mujeres alzan, cada día, dentro de sus cabezas. Por esto, los hombres no hacemos más que meter la pata, y únicamente somos capaces de disgustarlas una y otra vez, sin darnos cuenta. Antes o después, por muy bonitas que sean a la vez sus olas y nuestras peripecias, nos ahogamos en su playa llena de turistas de plástico y de sentimientos complejos. Todo es cuestión de tiempo.
En Inglaterra, hace no mucho, conocí a un tipo al que se lo follaba una inglesa rubia con cara de inglesa. Él la llamaba la máquina de hacer sexo, pero claro, sólo la llamaba así cuando estaba a solas con sus amigos. Con ella delante, él la llamaba por algún otro extraño nombre inglés que no recuerdo. El asunto es que, de cara al resto de la gente, solo se trataban como conocidos y apenas se hablaban. Pero luego, a veces, ella, de alguna extraña forma, le hacía llegar una señal, con la que él sabía que le estaba permitido acudir esa noche, si le apetecía, a su habitación para llevar a cabo, con el cuerpo de inglesa de aquella inglesa rubia de nombre inglés que no recuerdo, todo lo que ambos habían visto alguna vez en esas películas de vídeo de poco presupuesto y aún menos ropa. Recuerdo, que a veces, él bajaba hasta su habitación a escondidas, en calzoncillos y camiseta, con un condón, una botella de Baileys y dos copas. Al poco rato, él volvía a subir de nuevo con su condón, su botella de Baileys y sus dos copas. Entonces, me miraba así, con cara como de haber perdido un avión, y con una media sonrisa, añadía en un susurro:

-Me ha dicho que esta noche está cansada.

Una noche de ésas en las que ella sí se encontraba con fuerzas, después de sudar un rato con él, le pidió, con su amabilidad de putón verbenero inglés, que se largara a su cuarto a dormir. Después de aquello, aquel chico decidió echarse una novia formal, con la que no follaba tanto, pero al menos, podía quedarse a dormir cada noche, tranquilamente, a su lado.
En cuanto a mi otro amigo, lo cierto es que desde aquella noche no volvió a quedar nunca más con aquella chica. Nosotros, de todas formas, seguimos saliendo todavía por ahí y bebemos whisky y tequilas y cerveza y calimocho y, después, también muchas mariconadas con alcohol o sin él, de muchos colores de nombres tan absurdos como los collares de perlas de un náufrago. Aún, de vez en cuando, recordamos juntos las tetas de aquella chica, y lo cierto, es que todavía seguimos sintiéndonos bastante orgulloso de ellas.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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GOMINOLAS

GOMINOLAS

Hoy desayuno gominolas y Coca cola y me agarro a la cola de los aviones que despegan con retraso. Vuelo por encima de vuestras cabezas. Puedo otear las avenidas, observar vuestras casas y vuestras familias. Así es, y nadie puede decirme lo que es y lo que no.
Hoy soñé con la banda de hip hop, y el cantante era más siniestro de lo que me hubiera podido imaginar. Su vida y la de su grupo eran las vidas de sus propias canciones. Sus vidas comenzaban con la canción número uno y terminaban con la numero trece.
Fumábamos hachís en una cama roja enorme. Yo estaba simplemente allí con ellos, y ellos lo aceptaban sin preguntar. También había una chica morena, bastante bonita, que tampoco era del grupo, pero no le quise preguntar qué es lo que hacía allí, a pesar de que aquél parecía ser sin duda alguna mi sueño.
Todo en aquel lugar se desarrollaba como una febril pantomima, sin verdadero sentido, algo parecido a un extraño y singular concierto. Siempre hubiera jurado que ese ruido bajo el ritmo en la canción número cinco eran disparos de metralleta, pero no, los chicos de la banda agujerean el suelo de la cocina con una taladradora enorme.

-La casa tiene un dueño. Exclama el líder de la banda.

-Sí, pero antes de que venga, habremos bebido ya el suficiente vino y fumado el suficiente hachís como para no resbalar con sus babas.

Les pregunto cuál es su canción favorita dentro del álbum, mientras la chica morena mira con curiosidad a través de los agujeros del suelo.

-No viviremos más para ti si sigues con esas preguntas tan estúpidas.
¿Sabes?, estos imbéciles me echaron del grupo una vez.

-Sí, pero caímos en picado, y por eso le pedimos casi de rodillas que volviera. Añade el de los teclados, un tipo lóbrego y escuálido como una viruta, mientras quema una piedra de costo con un mechero.
La chica morena echa el humo del porro hacia arriba, me mira a los ojos, me manda un beso y me arroja medio vaso de vino a la cara. Tengo los ojos cerrados y la cara goteándome vino. Creo que ya estamos viviendo la canción numero doce. Si, ahora llega la numero trece, la última. Abro los ojos, cojo el porro y lo doy una larga calada. Todos me miran y yo, muy tranquilamente, fumo mientras le arrojo a aquella chica mi vaso de vino empapándola de sangre de uva su blusa. En la transparencia de la blusa blanca, aparecen la forma de sus dos pechos. Ella nota cómo la observo, y con una media sonrisa, se cubre con sus brazos. Después, comenzamos a reír y a perseguirnos por la cocina.

-¡Llega el dueño! Grita alguien.

La cocina está llena de humo, agujereada como un queso gruyer y hay vino derramado por todo el suelo y las paredes, así que cerramos bien la puerta y le esperamos allí sentados.
La chica morena y yo nos miramos, y susurrando, le pregunto:

-Dime la verdad, ¿es éste tu sueño o es el mío?

El cantante gira la cabeza, alarga el brazo ofreciéndonos de otro porro, y con una sonrisa invencible dibujada en su rostro, nos dice:

-Chicos, esto no es el final de ningún sueño, éste es el final de nuestra canción favorita.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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TORMENTA DE VERANO

TORMENTA DE VERANO

La tarde gesticulaba el ensayo de una tormenta de verano.
Iba a llover, los dos lo sabíais, por lo indescifrable del cielo como llaga de luz, por la humedad como vestigio en la nublada tarde. Aquel pueblo no hablaba de vosotros ni de nadie, dormitaba en silencio, soñando misterios, pasados y sombras.

Él te agarró de la mano, te estrechó contra su pecho, como guiándote, y besó tu mejilla joven, bronceada de sol y llanura. Paseasteis por las calles apretadas, bajo las miradas de los ancianos encogidos y arrugados de camisas blancas, bajo las fragancias estivales, el olor a meseta y a tierra seca. Mientras, a lo lejos, los perros ladraban nerviosos la faena de un tractor.
Llegasteis a la plaza y os sentasteis sobre la piedra musgosa de la fuente, buscando su frescor, mientras un perro flaco, tumbado a la sombra, se entretenía con los restos de un pescado.
Él te sedujo con bonitas palabras, se mojó los cabellos y te besó, confiado en su prebenda, y tú dejaste que él te refrescara los muslos con sus manos mojadas. Sacó un cigarrillo, lo encendió con seguridad y te lo ofreció, aun sabiendo que tú no fumabas. Y tú no quisiste contrariarle, y lo cogiste y te lo llevaste a la boca, sin saber muy bien cómo hacerlo, sintiéndote ridícula.
El cielo se oscureció y cayó un rayo cerca del castillo. Él te agarró entonces por el hombro y te besó la frente. El cielo, desgarrado tras aquel rayo, cayó como muerto, en un trueno sobrecogedor y comenzó a desangrarse.
Salisteis corriendo y él te llevó hasta su precioso coche. Te abrió la puerta y entrasteis en él. La lluvia intensa caía como un telón plateado, enmudeciendo el tocar de las campanas de la iglesia, sacudiendo la piedra desnuda, las aceras, los tejados y las hojas de los árboles. Parecía haber anochecido en una fugaz traición.
Él sonrió y se quitó los pantalones. Tú lo miraste, sin comprender, y él te pidió que te desnudaras. Por un momento tú te quedaste quieta, turbada, y después le obedeciste despacio. La lluvia sacudía el capó del coche con un ruido ensordecedor. Él te arrojó contra la puerta y se echó encima. Te besó entonces con violencia y te penetró torpemente, sin decir una sola palabra.
Él gemía como un jabalí herido mientras tus ojos de niña, confundidos, reprimían las lágrimas. Él sudaba y mostraba su dentadura perfecta, mientras tu cabeza se agitaba contra la ventanilla.
Petrificado, permanecí sentado en la plaza, bajo la lluvia, delante de su precioso coche, tratando de no imaginarme el resto, como testigo inerte del vaho de vuestros cuerpos en los cristales.
Y te llevó a la ciudad con él, para siempre, a pesar de que éramos como novios y tú no le amabas, y así se cumplió tu deseo de abandonar por fin nuestro pueblo.
Después, éste quedó insoportablemente vacío sin ti, como mi vida.
Te fuiste ya hace veinte años, y yo aún sigo dedicado al campo. Sin embargo, sentado en la plaza, aún te recuerdo, cada uno de mis días, porque tú, fuiste, desde mi infancia, la única mujer de mi vida.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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UNA HISTORIA

UNA HISTORIA

-Ja, hallo?

Y tardan algo en responder.

-¿Eres Víctor?

Y respondo que sí, aunque no es cierto. La voz femenina del otro lado del teléfono, como dudando, calla primero durante unos instantes. Y continua:

-Te tengo que contar una historia.
Mi abuelo ha muerto hoy que cumplía setenta años. Mi abuelo era un señor bastante extraño, supongo que un poco como la mayoría de todos los abuelos de este planeta. Aunque mi abuelo llevaba treinta y cinco años sin decir una sola palabra.
Sin embargo, un día, mi abuela me contó que mi abuelo de bebé ya era un verdadero charlatán, y que hablaba hasta por los codos, y como después, de niño, la cosa empeoró notablemente.
–Tu abuelo necesitaba beber litros de agua para no desertizar su boca. Decía.
Así, de joven, mi abuelo se metió en política para poder hablar aún mucho más, y para que muchos más fueran también los que le pudieran escuchar. Mi abuela suele contar como conoció a mi abuelo hace muchos años en el sindicato. Ella también era activista, pero menos apasionada y menos habladora que mi abuelo. Mi abuela me solía decir que ser menos hablador que mi abuelo por aquel entonces, era más fácil que engañar a un chino anormal. Mi abuela también me contó que mi abuelo, al cumplir los treinta y cinco años decidió dejar de hablar en público y dejar de hablar con los amigos, y con los hijos, y también con su mujer. Mi abuelo, el mismo día en el que cumplió los treinta y cinco, decidió no hablar absolutamente nada más y dedicar la otra mitad de su vida únicamente a escuchar.
Hoy, mi abuelo, se cansó de hablar media vida y de escuchar la otra media y decidió morirse. Mi abuela ahora llora y yo no sé qué pensar.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesto.

-¿No tienes nada qué decir al respecto? Me pregunta ella.

-No me llamo Víctor. Respondo.

-Lo sé, no importa, mi abuelo tampoco ha muerto. Añade ella y cuelga.

Sigo escribiendo y trato de volver a mi historia, concentrarme, recuperar la inspiración. No lo consigo, sólo pienso en aquel abuelo que hablaba media vida y callaba la otra media para después morir puntualmente.
El teléfono de la chica se ha grabado en la memoria de mi móvil y marco su número.

-Ja, hallo?
¿Eres Ana?

Pregunto.
Ella responde que sí. Después calla y yo hablo:

-Te tengo que contar una historia.
Desde que aparecieron los teléfonos móviles, hace ya unos años, los he odiado. Y es que están llenando y vaciando a la vez de lógica y originalidad las historias y guiones que narran las desventuras de una sociedad irremediablemente localizable allí donde esté. Es como darle de comer a un bebé con un cucharón. Nos presionan para empacharnos de presunta comunicación. Me dan arcadas de pensar en la cantidad de pajarracos oscuros y alimañas que estamos haciendo millonarios gracias al aniquilamiento de nuestros valiosos silencios. Y estar ahí para cualquiera, al otro lado del teléfono y para cualquier memez. Vernos interrumpidos cuando amamos, cuando esperamos en la intimidad, cuando comemos o charlamos, cuando pensamos o lloramos, cuando nos evadimos, cuando nos concentramos, cuando escribimos. Es igual qué estés haciendo, es igual dónde te encuentres en este mundo, ya que siempre podrán arrancarte con exactitud de donde estés con una llamada para decirte que tu madre ha muerto.
Tú, Ana, sin embargo, eres la excepción a mi historia. Hoy, por primera vez, me alegro de tener este móvil tan pequeño como una cucaracha y capaz de casi todo. Hoy por primera vez me alegro de tener este teléfono, porque tú eres la excepción más especial y más maravillosa de toda esta historia.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesta ella.

-¿No dices nada al respecto? Le pregunto.

-No me llamo Ana. Responde ella.

-Lo sé, no importa, mi madre tampoco ha muerto. Añado y cuelgo.

Una vez más vuelvo a mi escritura. Trato de concentrarme, trato de recuperar la inspiración, pero mi teléfono suena de nuevo.

-Ja, hallo?

Y tardan algo en responder.

-¿Eres Iván?

Y respondo que sí, sólo que esta vez es cierto. La voz femenina del otro lado del teléfono, como dudando, calla durante unos instantes para continuar entonces:

-Iván, soy tu tía Paloma.
Lo siento muchísimo. Tu madre ha muerto.
¿Sigues ahí?

-Sí. Contesto.

-¿Qué vas a hacer? ¿Te dará tiempo a coger un avión y estar aquí mañana para el entierro? Pregunta ella.

-No me llamo Iván. Respondo, y cuelgo.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
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NUESTRO TIEMPO

NUESTRO TIEMPO

Supongo que ninguno sabemos exactamente la razón de por qué hacemos todas las cosas. Y es que parece que hay que estar haciendo cosas sin parar, sembrando metas, finalidades y pequeñas misiones en nuestra pequeña huerta del destino y en la de los demás. Y supongo que eso es lo que más nos jode, que se coman nuestras manzanas y que se metan en la huerta de uno a husmear.
El tiempo es más valioso que las pesetas, los marcos, los euros y los dólares, y también que todo el dichoso petróleo de Irak y que todos los BMWs descapotables del mundo.
Pero traficamos con nuestro tiempo. Lo devaluamos y lo malvendemos a cambio de un puñado de monedas. Muchas veces invertimos más de ocho horas diarias en conseguir el maldito dinero, y el resto de nuestro tiempo, en mal gastarlo. Freímos patatas o servimos cafés, dormitamos en despachos que no nos pertenecen, limpiamos lugares lejanos y ajenos y colocamos cajas, documentos o muebles allí donde nos ordenan.
Pero lo cierto es que nuestro tiempo es nuestro flujo vital, es lo más importante que tenemos y no es infinito. Y por supuesto no es como un depósito de agua, que simplemente dura hasta el momento en que se agota. Nuestro tiempo nos pertenece de forma natural e innata. Nuestro tiempo posee vida propia y se nos presenta siempre distinto y especial en cada momento. Uno tiene veinticinco años y no los vuelve a tener nunca más; pasa el verano, y al siguiente, ya nada parece moverse ni transcurrir de la misma manera.
Y pienso que las empresas del mundo se nutren de la infancia robada de los niños asiáticos y de puertas en las narices a gitanos y negros, y de todo ese jodido tiempo que las mujeres no están con sus hombres y del jodido tiempo en que los hombres no están con sus mujeres. Y ahora piensa tú: ¿Sabes quien está educando a tus hijos?
Las empresas del mundo se nutren de los jóvenes que dejarán de serlo, devorando vidas a cambio de un puñado de monedas. Sabes que procurarán arrebatarnos los mejores años de nuestras vidas con amenazas y con hipotecas, con horarios y sueldos congelados, con contratos humillantes y puertas cerradas con llaves que nuestras manos amputadas no pueden agarrar. Día a día, se alimentan con gula de nuestros sueños y se empachan a nuestro gusto, después nos eructan tranquilamente en la cara, y con una sonrisa, nos dicen:

-Hijo, sólo queremos lo mejor para ti, pero has de concentrarte y trabajar aún un poco más deprisa.

Sin sueños somos como corderos en una camioneta, y no vayas a esperar para entonces, nada mejor que la miserable vida de tus vecinos de al lado.
Muchas veces no sabemos el porqué de las cosas que hacemos, simplemente nos levantamos una mañana, y nos encontramos de nuevo en una oficina con preciosas vistas a la cola de gente esperando en el frío para ocupar tu silla, toda esa gente desesperada, dispuesta a dejarse sodomizar por aún menos euros a la hora. Un día, después de unas semanas, al salir del metro, descubres que la gente que husmea en el pequeño huerto de tu destino, juega al golf en países exóticos que tu solo llegaras a conocer por la tele. Un día, te quedarás así, mirándolos, y entenderás que ni siquiera hablan tu mismo idioma, y que en realidad, muy poco de lo que te vaya a ocurrir, mientras todo siga igual, tendrá que ver con la persona que siempre quisiste ser.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

LA PARADA DEL ARBOL SIN SOMBRA

LA PARADA DEL ARBOL SIN SOMBRA

Fuego, tierra y universos de madera dentro de mí…
Despierto entre astillas y estrellas rotas, tumbado sobre el polvo rojizo.
La luna, esta noche, es una canción de Jazz en mi cabeza, derritiéndose lentamente en mi vendetta interna. La luna, esta noche, es un corazón de leche, cómplice y testigo de como mis amigos continúan escondidos en casas lejanas que no conozco… bajo las alfombras.
Mi país es un susurro de hojalata, es una sombra que respira extrañamente y me espera acurrucada. Mi hogar no bebe de mi mismo vaso y nunca se refleja en mi espejo.

-¡Vete al infierno y no me esperes, permaneceré un poco más en todo lo que soy y en todo lo que nos separa. Es demasiado tarde, ya quemamos todas nuestras naves.

El árbol sin sombra nos espera a todos en algún sitio, entre el rumor de la felicidad y el constante llanto del dolor. Sus raíces son como el manantial de nuestra existencia: nos retiene y es leche; nos aísla y es vino; nos sustenta y es sangre. Y mientras, paso mi vida besando instantes, transformando circunstancias, tentando destinos.

Ya en el autobús, beso con inusitada ternura a dos jóvenes que no conozco. Su respiración, cercana, acaricia mi pecho en un escalofrío turbio y extraño. Acaricio sus mejillas suaves y me empapo de su fragancia, aroma aterciopelado y femenino que, gratamente, me acompaña hasta uno de los asientos traseros. El suspiro con el que me dejo caer, al estrellarse contra el cristal de la ventana, se trasforma en un vaho grisáceo, en un mar de esmeraldas y de vaporosos guiños.

-!Qué dulce eres!, exclama la muchacha más rubia, a la vez que se sienta junto con su amiga muy cerca de mi.

-!Odio ser dulce!, odio ser más para los demás que para mí mismo, la replico. Odio ser lo que soy más veces de las que puedo sentirme ser yo mismo, porque los días mientras tanto, vienen y se van vacíos…

Y la amiga, me mira y añade:

-¿Sabes?, no te marcharás sin darnos otro beso.

El autobús va haciendo paradas de vez en cuando, al tun tun, sin ningun orden ni sentido. Quisiera saber a donde nos conduce este maldito autobús, preguntarles a ellas, pero mi mirada errante lleva ya demasiados minutos en otro mundo, así que permanezco abstraído, dejándome llevar únicamente por ese manantial de luces y sombras al otro lado de la ventanilla...

En el escaparate de mi vida, echo de menos los consejos que fueron faros de luz perfecta en mi oscuridad infantil. Echo de menos la camaradería de aquellas amistades puras e inmaduras, amistades unidas por el quebrar sordo e intemporal de los días de colegio.

Y finalmente dirijo mi mirada a ellas de nuevo, que siguen allí, calladas, a mi lado, y las digo:

-Vosotras dos no os marchareis sin antes escuchar el cuento de “El herrero enamorado”:

“Érase una vez, un herrero muy trabajador que vivía en un pueblo precioso lleno de gente feliz. Trabajaba durante todo el día y también durante parte de la noche. Su misión era la de fabricar armas suficientes como para poder defenderse del otro pueblo vecino, también precioso y lleno de gente feliz.
Debido a la importancia de su misión y a la gran responsabilidad que suponía, el herrero siempre aprovechaba cualquier momento para seguir con su trabajo. Sin embargo, aquel día de verano se presentaba inundado por una especie de ira ciega e inaudita, y el herrero se sentía inquieto y algo excitado. Las notas del trovador sonaban por primera vez extrañas en el tintinear caprichoso de la tarde.”

Las dos jóvenes escuchan con atención como con mis palabras voy dando forma y vida al cuento. Mientras, con cada parada, la gente va abandonando paulatinamente el autobús. Se bajan a puñados para tumbarse delante de las ruedas y esperar de esa forma su muerte. Arrancamos de nuevo para atropellarles y continuar con nuestro disparatado viaje.
De esta forma, tan absurda como inamovible, y de forma progresiva, vamos quedando menos.

“Pero un ángel apoyó la cabeza en el yunque del herrero y todos sus destinos se desvanecieron en los límites de un horizonte embriagador y desconocido; lejos de su ámbito humano, imperfecto y limitado.
El herrero se había prometido a si mismo continuar para siempre con su trabajo para salvar así a su querido pueblo. Ellos contaban con él. Y él únicamente deseaba convivir con su destino y su misión, acompañado de tal responsabilidad. Sin embargo, aquella tarde, su propósito se había envenenado por una repentina demencia de amor. La atractiva hija del gran poeta de su pueblo, le rondaba en las cálidas tardes de aquel verano y él, indefenso, preso por su belleza, no podía evitar dejarse arrastrar por una pasión desmesurada y todopoderosa. El herrero, enamorado, desatendió por primera vez en toda su vida su importante labor para escaparse con la hija del poeta a la tierra de los lagos. Su vida, también por primera vez, tendría una finalidad y una dedicación distinta. Y fue así como juraron amarse para siempre y formaron una familia.
Y pasaron los años y aunque eran felices, la idea de haber sacrificado de aquella forma a su pueblo, seguía atormentando la cabeza del herrero, y cada mañana, observando a sus hijos y a su querida y bella esposa, se preguntaba si todo aquello realmente había merecido la pena.

Una tarde un campesino llego a la tierra de los lagos, arrastrado por motivos no demasiados concretos y por el viento racheado del Otoño.
Encontró la casa del herrero y fue recibido, como era costumbre, con gran hospitalidad, pues además las visitas por allí no eran demasiado frecuentes. Y fue gracias a la visita de aquel extraño por lo que lograron enterarse de que su antiguo pueblo seguía intacto; tan bonito, prospero y lleno de gente feliz como antaño.
Había ocurrido que, el herrero del otro pueblo precioso de otras gentes felices, se había enamorado igualmente de la hija del otro gran poeta del pueblo, y en esos momentos, vivían felices y formaban ya una familia en la tierra de las flores.
De esa forma, los dos pueblos vecinos, sin las armas suficientes como para poder guerrear, habían decidido continuar con la dichosa tarea de ser tan solo humanos a medias.”

Finalizo mi cuento a la vez que el conductor nos hace una señal. Ya solo quedamos nosotros y ésta es sin duda la última parada. Nos bajamos, y para cumplir con lo acordado, las beso con ternura.
Los tres nos tumbamos juntos en el suelo. Nos estiramos delante de las enormes ruedas de aquel autobús negro. Cerrando los ojos, saboreo sin ninguna tristeza este agradable y embriagador conformismo. Medio ensordecido por el ruido del motor, que ya arranca, puedo oír aun las voces de las dos muchachas, riendo felices, a carcajadas. Agarro entonces sus manos y río con ellas. Sé que llega el final, cuando vuelvo a abrir por última vez los ojos y descubro, ante nosotros, el árbol sin sombra. Entre las risas y el crujir de nuestros huesos, catapulto mi voz en busca de los limites de algún otro infinito… hacia algún lugar muy lejano, a años luz de la inaceptable realidad de estar muerto.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

PINCELADA

PINCELADA

Una vaca de madera atravesada por una servilleta de papel. Una casa de chocolate y gente de juguete. Candelabros, plantas por todas partes y cuadros robados del museo del terror… abnegación camuflada en paredes de diseño.
Tejados afilados como los niñatos que escuchan “Rave”. Madres atolondradas con pies de plomo y maridos con su cordón umbilical conectado a la cortadora de césped.
Críos que ya nacen con un casco fosforito soldado a la cabeza y una bicicleta bajo del culo. Señoras mayores con gafas, sombrero y bicicleta; bicicletas con señora mayor, sombrero y gafas; sombreros con gafas, bicicleta y señora mayor.
Hoy paseo bajo un cielo gris perenne, y me pregunto, antojadizo, si de verdad toda esta gente de rostros arrugados y sandalias con calcetines blancos, fueron jóvenes alguna vez. A mi no me engañan, sé que siempre fueron así, infinitamente aletargados en el tiempo que no transcurre para ellos en Alemania.
La ansiedad como un virus sin catalogar, molinillos de viento en el jardín y alfombras repartidas por el suelo como islotes en un verdoso pantano. Cerveza, cocodrilos y enanos insensatos. Lluvia de agua con gas, pan negro con mantequilla y una vaca que me mira siempre complaciente… una vaca de madera atravesada por una servilleta de papel

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

DEAD SANTA

DEAD SANTA

Dicen que si se introduce un pedazo de carne en un recipiente lleno de Coca Cola, éste se desintegra en poco tiempo. Yo no lo he comprobado personalmente porque me parece una marranada, pero aseguran que es cierto. También dicen que algunos mecánicos lo usan para limpiar de oxido e impurezas las piezas más roñosas y estropeadas. Bueno, pues yo tengo un amigo que se bebe más de dos litros de Coca Cola al día y todavía no tiene ni una miserable úlcera. Aunque, claro, también es cierto que una úlcera es lo único que no tiene el pobre. Hace un par de años se destrozó una rodilla y todos los ligamentos de una pierna. Antes de eso, algunos años antes, un cristal le rajó media cara y le seccionó por la mitad el canal de salivación, y entre las dos cosas, está a punto de entrar en el Libro Guinness de los records por superar en número de operaciones a Cher y a Michael Jackson juntos.
A lo largo de sus veinte y pocos años ha sufrido fracturas en todas las partes posibles y ha incubado todo tipo de enfermedades hoy por hoy conocidas y registradas en los libros de medicina. Ahora creo que, al parecer, la última operación de rodilla va a tener que esperar porque, el otro día, estando en un bar de marcha con los amigos, al ir a mover el brazo derecho, se le quedó tieso y no hubo manera en un buen rato de que volviera a su posición normal. De alguna extraña forma, su brazo perdió de forma repentina el juego habitual y se quedó rígido y estancado casi a la altura de pedir un taxi. Con esa curiosa postura tuvo que marcharse a casa porque, aunque el brazo no le dolía, no hacía más que mosquear al camarero, que, al verle, se acercaba para preguntarle, una y otra vez, si quería otro calimocho. Ahora no sabe si le van a operar antes lo del brazo o de lo de la rodilla.
Mi amigo es una buena persona, un tío de esos bonachones y simpáticos. Te enseña orgulloso sus cicatrices, como si fueran medallas ganadas en alguna guerra, y siempre tiene alguna historia de hospitales cojonuda con la que robarte una carcajada y matar el hastío de los domingos.
A su lado, uno se siente seguro. Uno sabe que nada malo le va a ocurrir, porque todas las desgracias, día o noche, sólo quieren bailar con él.
La semana pasada me llamó por teléfono y estuvimos charlando un rato. Me contó lo del brazo, me puso al día sobre la liga de fútbol y algunas otras cosas. También me contó que a fin de mes le van operar una vez más de lo de la rodilla, pero esta vez en León. Le deseé suerte y nos despedimos porque llevábamos más de veinte minutos, y bueno, ya se sabe que las conferencias al extranjero cuestan siempre un huevo. Al colgar el teléfono, pensé que lo de haberle deseado suerte había sido algo así como darle unas palmaditas en la espalda a Papa Noel y desearle suerte con los toros en los Sanfermines.

Iván Sáinz-Pardo

"Al final del arco iris"
©-N333042/00

AMOR DE VERDAD

AMOR DE VERDAD

Nada me indicó el camino a seguir, pisaba en falso.
El mundo estaba formado por montañas de sal y morfina; subir, subir, tenía que seguir escalando…
Pero yo siempre volvía a lo mismo, mientras la soledad y el hastío de verme estúpidamente ensimismado en mis propios pecados, convertía en ruinas mi vida. Adormilado en mi lago de frustración, sintiéndome como el monstruo del Lago Ness, invisible ante mi propia existencia, conocí a la chica rubia. Después entendería que ella solía relacionarse únicamente con tipos asiduos de la “Beauty”, pero esa noche fue el Jaco quién se presentó en mi apartamento con una sonrisa millonaria y con la chica rubia y una amiga suya colgadas del brazo.
Como era de esperar, aquella noche se escapó por la puerta habitual, la de atras: Alcohol, farlopa, whisky, unos porros y al final terminé bajandome en la parada equivocada y follandome a la amiga.

Pasaron dos años y las cosas parecían haber tomado un insólito rumbo. El Jaco había aparecido muerto meses atrás en Carabanchel de treinta y siete puñaladas. Treinta y siete días antes, le habían metido en la cárcel por degollar a un gitano en una reyerta. Del Jaco me quedaron muy pocas cosas. Entre ellas mi regalo de cumpleaños. Una pistola Taurus PT-100 de calibre 40.
Mientras, llevaba ya casi trescientos setenta días viviendo con la chica rubia. Su amiga follaba estupendamente, pero yo estaba idiotamente enamorado de aquella mujer rubia tan bella y perfectamente imperfecta. Su cariño, sus atenciones, su compañia, de alguna extraña forma que nunca llegaré a entender, conseguía mantenerme en una especie de paz negociada conmigo mismo. Ella era la protagonista de una Era floreciente en la historia de una civilización tan muerta como la mía.
Ya se sabe que quien se casa con la heroína no tiene amantes, pero yo la amaba de verdad, o al menos eso pensé siempre. Ella era una puta, una ramera, aunque eso sí, de las caras; esas putas de diseño a las que, primero, hay que emborracharlas de champán francés y llevarlas a un buen restaurante, para que, después, te hagan en un hotel de cuatro estrellas exactamente lo mismo que una vulgar fulana en un misero motel. Pero lo que también es cierto es que, de todas las putas, esta era la más hermosa, y lo que es aún mucho más importante, tenia estilo. Y claro, todo el mundo sabe que no hay nada más arrebatadoramente irresistible que una puta con mucho estilo.

Los meses a su lado transcurrían deprisa y los días se deslizaban entre el sabor salado y placentero del sexo, entre las conversaciones perezosas del hachís y el vértigo de la aguja. Pero aquellos meses de autodestrucción acumulaban montañas de sal, sal y soledad compartida supurando nuestras heridas. Cada noche discutíamos de nuevo. La droga deja de ser tu compañera cuando no la veneras. La droga te traiciona cuando dejas de creer en tus propias mentiras. La droga sabe a insatisfacción cuando te recuerdan quién eres realmente. La droga dirigia con rigidez impecable la orquesta de nuestros días y de nuestras noches y nuestras discusiones bailaban siempre al ritmo de una composición maldita.
Aquella noche, ella me llamó yonky de mierda, me dijo que era un muerto de hambre, escoria. La pateé en la cara y en el cuerpo, le fracturé dos costillas. Después me presenté en el hospital, la quería.
Sin embargo, una vez más, prometimos no volver a discutir, mientras ella olisqueaba esas flores que había traído conmigo. La besé despacio y ella me dijo que era un maldito cabrón, pero que me amaba y no podía evitarlo. Mientras encendía un cigarro, le pregunté si creía realmente que mi mundo era de verdad. Ella, con su cara morada me hizo abrir los ojos:

-Toda tu vida es una farsa, yo soy también de mentira, tu vida es únicamente un depósito de agua contaminada con enormes peces multicolores.

Pasamos otros seis meses juntos, chapoteando en nuestro charco de conformismo y mentiras.
Ella decía haber dejado la prostitución, pero yo sabía que se lo seguía haciendo con algunos de sus antiguos amiguitos de la “Beauty”. Mi polla de proletariado le sabía a poco, mi apartamento de alquiler, mis trabajillos temporales, mis manías, mis costumbres simples y primitivas, hasta mi droga era para ella la droga de los pobres. Yo lo dejaba pasar todo como si en realidad no supiera nada, pero cada vez que ella volvía a repetirlo, yo sentía un desgarro mayor, una mediocridad amarga y visceral, un extenso vacío.
Ella no podía renunciar al placer del lujo y del dinero, pero me amaba y por ello regresaba a casa cada una de las veces, transformándose para mi, fingiendo ser feliz con las cosas que a mi me hacían feliz. No sabía que nuestro amor nos destruía más que el veneno diario de la dosis.
Ella la coca y el éxtasis y yo el costo y la heroína, ella el champán y yo la cerveza, ella la televisión y yo los libros, ella el marisco y yo la carne… Prefería discutir a diario, los insultos, los puñetazos a aquel silencio en la cama, aquella mortal indiferencia.

Una mañana, al despertar, me la volví a encontrar una vez más sentada en el water, desnuda, con el cañón de mi regalo de cumpleaños metido en su boca; ella solía hacer cosas así a veces, para llamar mi atención y recibir mi consuelo. Estaba despeinada, ahogada en lágrimas, con el rímel corrido, fruto de toda una noche sin dormir, y me volvió a repetir que si me seguía acercando a ella, apretaría el gatillo.
Los años, las drogas y nuestra relación la habían deteriorado notablemente, pero seguía siendo una mujer increíblemente hermosa, una puta con estilo, la mujer que yo quería, aún así, en aquellas circunstancias.
Me acerqué a ella muy lentamente, como solía hacer otras veces.

-Tranquila, shsss… tranquila.

La miré a los ojos mientras ella, dócil e indefensa como una chiquilla, me devolvía una mirada destruida.

-¿Me quieres? Me preguntó entre sollozos.

-Sabes que sí, pero ahora devuélveme la pistola ¿vale?…

Agarré despacio la pistola con una mano, ella la sujetaba todavía con las dos manos y mantenía el cañón apuntando a su boca.

-Me quieres, lo sé, pero te pregunto si me quieres de verdad.

Y nos acorralaron los minutos de silencio y miseria más largos de nuestras vidas. De rodillas, en frente de ella, finalmente respondí:

-No llores más mi niña. Nuestro cielo es un vientre oscuro de estrellas rotas. Nuestros días y nuestras noches son sonrisas de seda tejiendo el velo que encubre la cara del gran impostor. Ese impostor, mi vida, soy yo, ese es mi jodido destino. Ese cabrón vacío de alma soy yo mismo. Pero te quiero, te quiero de verdad.

Me di una ducha para quitarme de encima aquel amasijo de vísceras sangrientas. Me metí un pico, y al tumbarme de nuevo sobre la cama, cerré los ojos y llorando en silencio, prometí no volver a preguntarme nunca más sobre lo ocurrido.

El mundo estaba formado por montañas de sal y morfina. Subir, subir, tenía que seguir escalando…

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

TIC TAC

TIC TAC

Ya sabes que puedo volar y habitar los árboles como los pájaros, pero no soy un pájaro y a veces me siento solo.

-Saluda a la gente, son tu familia. Me insiste una voz en mi cabeza.

Todo resulta tan extraño...
Y les persigo, son mi padre y mi hermana, y hay una manifestación con muchos automóviles y motos y no sé por qué protestan. Nos mezclamos con la gente. Ellos huyen de mí deprisa y se van en un ascensor. Éste vuelve de arriba vacío, y como sólo hay un botón, lo aprieto y subo. Subo en ese ascensor tan estrecho como una cabina de teléfono.
Llego a un coche, por eso de que los sueños carecen de sentido, y también es muy estrecho y encuentro a una mujer y la deseo y ella me desea también y sin apenas sitio nos besamos como amenazados por el fin del mundo para acabar haciendo el amor aún medio vestidos.
No estamos solos. Ellos están ahí. No puedo ver sus caras, pero sí sentirlos y oírlos.

-Dónde están mi padre y mi hermana? Pregunto en alto.

-Has caído en la trampa, eres pájaro muerto. Me dice una de las voces. Y la mujer, hermosa y triste, va transformándose lentamente en un maniquí. Primero sus manos y después sus brazos y sus piernas.

-¡No, no, espera! ¿Qué te ocurre? Le pregunto y ella me grita:

-¡Para, para, me haces daño!

Me mira y le cae una lágrima y me explica que, de alguna forma que yo nunca llegaría a entender, siempre me ha querido, mientras su rostro se paraliza y las voces ríen a carcajadas.
Vencido por la rabia, lloro, grito y les maldigo. Entonces me seco las lágrimas con la manga de mi jersey, a la vez que descubro una especie de tictac debajo del asiento y les digo:

-No podréis cogerme nunca con ninguno de vuestros trucos. Ya de pequeño aprendí a explorar mis sueños y sé cuáles son mis facultades aquí y cómo despertar a tiempo. Deberíais de saberlo después de tantos años y no seguir insistiendo cada una de las veces.

El tictac se detiene y el coche explota. Yo salgo volando tan deprisa como un cohete, y esa sensación al volar consigue una vez más ponerme la piel de gallina.
Encuentro un árbol lo suficientemente alto y me poso sobre una de sus ramas. Comienzo a escuchar el eco de mi respiración. Sin duda alguna, ya me estoy despertando.
Aún tengo tiempo de observar, una vez más, el amanecer, el horizonte de la realidad, asomándose poco a poco, tiñéndolo todo en un mar infinito de colores. Me estoy despertando, sin duda y, una vez más, me siento como el héroe de uno de esos dibujos animados japoneses. Como Mazinger Z, encerrado de por vida en su mundo de papel, teniendo que luchar irremediablemente cada capítulo, una y otra vez, contra los malvados planes del malo.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

POESIA

POESIA

Ya que hoy es el día mundial de la poesía:

“Aturdido por el hastío de la tarde,
camino entre helechos, plantas y matorrales.
Inundado de soledad, desfilo a través de la humedad del bosque y sus hojas,
entre el tiritar de la hierba a mi paso por los senderos verdes.
Ando despacio, oculto entre adormecida penumbra,
entre el fresco musgo y las frías rocas.
Lentamente la tarde huye de mí, cálida, somnolienta,
y la noche, bajo la acostumbrada pereza de lo eterno,
me saluda con el guiño de las primeras estrellas…”

Aunque para hacer un mal poema y encima sin rima, pasemos mejor de nuevo a la prosa:

Demasiadas noches calurosas, noches dulces como besos, noches que se derraman sin sentido. A veces los ideales y las costumbres que siempre antes me acompañaron, me traicionan, se ríen de mí y luego lloran para acabar jugando entre gemidos al escondite, a verdadero o falso, a morir y volver a nacer. Es entonces cuando comienzo a dar vueltas y giro sobre mí mismo, cuando caigo rodando por el jardín y mi cabeza va golpeándose contra la tierra y las piedras. Voy rodando calle abajo, mi cabeza gira por el asfalto con rápidos golpes que no siento. Mientras, la gente pasea tranquila…
Girando como un torbellino, escucho el traqueteo de mi cabeza como truenos lejanos. Sintiendo la tormenta cerca, una vez más, dentro de mí. Puedo notar la vida en la hierba, sentir como sufre el viento a la deriva y observar como el día llora, lentamente, sobre calles, árboles y plantas.
A veces, cuando la estrella madre cae en picado y todo se perpetua en un mal acontecer, nuestras buenas intenciones parecen no servir para nada.
Llegará la noche, y murmurará algo sobre mi amarga estupidez.
Podré sentir de nuevo las palpitaciones reales de la vida y disfrutar entonces, de unos instantes de necesaria cordura.
Me acerco al borde de mi respiración y miro hacia abajo. Puedo ver todo mi cuerpo transformado en abismo infinito. Demasiado tiempo para observar el significado de mis manos, para sufrir en ansiedad el régimen caótico de mis sentimientos. Toda una eternidad gestada para pensar, para cerrar los ojos y escuchar, en silencio, el sonido del tiempo que se nos escapa.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

SUSURROS

SUSURROS

¿Vamos al cine?
No. Hoy no, mejor que no. Hoy no vamos al cine.
¿Sabes? No sé ni por donde empezar. Parezco una ruina, un solar inedificable. Parezco una parcela vacía, silenciosa, con pocos días de luz y las cortinas del mundo mutilando aposta la dignidad de todas las mañanas.

Todas las caídas son buenas durante un rato. Sonríe, después ya no son tan buenas. No dejes de sacudir el árbol de la caída por si fueran a llover de él soluciones de colores oportunos y esperanzas.
Todas las subidas son buenas durante un rato. Sonríe, después ya no son tan buenas. No dejes de sacudir el árbol de la subida por si fueran a llover de él manzanas sin gusano.

Esperanzas y gusanos que reniegan de su metamorfosis y no pueden volar.
No te olvides de sacudir el árbol.

Me gusta enterrar mis pensamientos más valiosos bajo la tierra, como un perro con su hueso. Me gusta enviar mensajes en botellas de cristal y jugar a ser el dueño de todos los perros del mundo. Nadie encontrará mis botellas en el mar, las até todas a una piedra. Querré y cuidaré a todos los perros. ¿Puedes oírme? Sigo siendo un niño susurrando escalofríos.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

EL SOTANO DE MI ABUELA

EL SOTANO DE MI ABUELA

La casa de mi abuela tenía una cocina y mi familia entera comía en ella.
La cocina tenía grietas por la humedad y los años y estaba inclinada hacia un lado porque era vieja.
-Algún día el suelo se abrirá y caeremos todos al sótano.
Decía mi abuela, pero al final todos comíamos la fruta en la cocina inclinada y terminábamos la limonada.
Un día, el vaticinio de mi abuela se santiguó en la iglesia de la realidad, el suelo se abrió bajo nuestros pies y las grietas se hicieron por fin adultas. Creo recordar que conseguimos salir todos a tiempo, aunque siempre se habló de la posibilidad de que, en aquel fatídico día de verano, alguien cayera al sótano.
La gente corría y gritaba, mientras la mesa, las sillas y los platos se hundían para desaparecer junto con el suelo desquebrajado. Yo, mientras, sentado en el jardín, lo observaba todo atentamente.
-Esto no pasa todos los días, así que hoy debe ser un día muy especial.
Pensé, sintiéndome con suerte de poder presenciar algo semejante. Sin embargo, creo que mi abuela no pensaba ni sentía lo mismo, porque pude ver como ella, en silencio, lloraba sin cesar, a moco tendido. A mi abuela le llamamos siempre abuela pero es en realidad mi bisabuela, la llamamos así, porque sin querer, nació en el mil novecientos y ya está un poco vieja la pobre.
A pesar de las lagrimas de mi abuela, todos seguíamos observando aquel fabuloso espectáculo. Aquel enorme agujero estaba hambriento y se tragaba en su estruendo los muebles, los cuadros y hasta aquel calendario que cambiaba de Virgen cada mes.
Primero comenzaron a llegar las vecinas y luego los turistas del hotel, al final, prácticamente era media Cantabria quien aplaudía y vitoreaba disfrutando del espectáculo. Mientras, yo me comía un bocadillo de atún y mi abuela continuaba llorando lagrimas de cocodrilo. Nunca he sabido realmente cuando mi abuela lloraba de tristeza o de felicidad.
El ruido se detuvo con el sonar de las campanas de la iglesia y todo terminó. La gente marchó satisfecha a misa y yo también me fui, pero a comprar un helado donde Petri y a jugar con Ainoa y las mellizas. De esta forma fue como pude presenciar personalmente la manera en la que la casa de mi abuela se quedó irremediablemente sin cocina y también, muy probablemente, sin algún invitado despistado, que creyendo que terminaría cayendo en el sótano, acabó, ni más ni menos, que en el puto infierno. Pobre desdichado, no saber como todos nosotros que en la casa de mi abuela nunca existió ningún sótano.

Iván Sáinz-Pardo
"El sendero de la oveja negra"
N 33042/1997
R.P.I: VA-1329

DIEUWKE (II)

DIEUWKE (II)

Los árboles se abrazaban por encima de nosotros, en la oscuridad.
Caminábamos demasiado deprisa, como fustigados por la tensión y los nervios.
Recuerdo aquel calor en las sienes, el temblor en las piernas, el hormigueo de la excitación. Por un momento cerré mis ojos y los volví a abrir con el fin de comprobar y demostrarme que aquello no se trataba únicamente de un sueño. Me hubiera pellizcado, hubiera gritado de entusiasmo. Deseaba congelar aquella sensación de algún modo, pero sin entorpecer la magia del momento.
Ya llevaba un año saliéndo con Esther, estrechando sus pequeñas manos, descubriendo su voz, sus gestos, mirando a través de sus ojos, jugueteando con su rizado pelo. Ahora, sin embargo, me dejaba arrastrar por una mirada distinta. Me dejaba camelar por la curiosidad, el deseo, la naturaleza de aquellos nuevos gestos, me dejaba guiar por una voz extranjera.
Nada parecía estar ocurriendo sin ningún motivo concreto. Me estaba engañando a mí mismo al pensar que sería capaz de controlar todo aquello. Me sentía como el protagonista de una película que aún no había visto. Paseábamos en silencio, como dos personajes impotentemente abocados a un destino común, a un rumbo inamovible y concreto. Todo ocurría como ya estaba escrito, como tenía que ocurrir. La miré de reojo, ella estaba tan nerviosa como yo, preciosa con su chubasquero rojo. Y entonces lo entendí todo. Ahora yo debía frenar nuestra marcha, situarme delante de ella, mirarla a los ojos y besarla por primera vez.

Iván Sáinz-Pardo
"Al final del arco iris"
©-N333042/00

LA CONFESIÓN

LA CONFESIÓN

Hoy voy a decir toda la verdad.
Cuando aprobaba por los pelos y ocupaba mi tiempo en clases particulares, cuando callaba como si no supiese de que hablabais, cuando hacia ver que perdía el tiempo con bobadas irrelevantes, cuando me paseaba con supuestas novias todas ellas guapísimas, cuando escuchabais mis comentarios de machote, era todo simulado.
EN REALIDAD SOY UN EMPOLLÓN GAFOTAS Y ADEMÁS SOY GAY.
Puedo demostrarlo. PULSA AQUI
Solo era cuestión de tiempo.