
Viajo por mi cuarto en un coche conducido por alguien que no conozco. Mientras, por la ventanilla, desde el asiento de atrás, observo el transcurrir de los días.
-¿Donde estas?
Escucho el ruido del motor y me dejo llevar, consciente de que mi cuarto es un agujero negro que lo quiere engullir todo; ese todo que existe a mi alrededor y que se presenta como un cuerpo eternamente prostituido.
El conductor detiene el coche. Sin pronunciar una sola palabra, extrae unas alas falsas de plástico del portamaletas y desaparece volando.
Todo se ha detenido a mi alrededor. Yo permanezco allí atrás, sin moverme, en silencio.
Entonces salgo del coche y me siento en el asiento del conductor. Las llaves están puestas.
Desde el techo de mi cuarto, aleteando sin demasiada destreza, observo ahora como el coche arranca a trompicones cambiando de sentido y como se aleja hasta desaparecer.
Mi sonrisa abre la puerta de mi cuarto y por fin escapa al mundo exterior, como catapultada, serena e invencible.
Iván Sáinz-Pardo
"La ira dormida" ©2005