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MEDUSA

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La mujer más hermosa que conocí nunca. Los tatuajes te lamían el alma, como mascotas hambrientas y perdidas en el bosque. Tú amamantabas nubes y desterrabas en tus paseos las mareas que no te traían mensajes en botellas. Ahora cada nuevo día termina sembrando la fosa común donde yacen los recuerdos.

Por teléfono me explicas que el arcoíris que se ve desde tu ventana es de plástico y que la vida puede ser triste como el vuelo en caída libre de un pájaro muerto. Que estás harta de los días transgénicos, de las semanas radiactivas, de los meses tóxicos y de los años deformes. Pero que tiene que existir a la fuerza otro lugar en el que tus días lucen en bonito papel de regalo. Qué tiene que haber otra realidad, otro mundo en algún sitio en el que alguien está protagonizando la vida feliz con la que ahora solo puedes soñar.

Oigo a alguien llorar de fondo, ruido de pasos, algo de jaleo. Tú continúas tu discurso. Cada nuevo día es una oportunidad, replicas ahora, aunque las oportunidades desnudas son detenidas a golpe de porra por el toque de queda de tu dictadura interna. Y mientras, los delfines sortean las redes para celebrar tus eclipses y las iglesias de tu reinado arden con todos sus paganos dentro.

Me aseguras que la luna es en realidad una celda esférica en la que vive un prisionero y que quisieras conocerlo y observarlo mientras duerme. Porque cuando el prisionero sueña, lo hace contigo y es él quien en sus sueños te visita a ti para observarte dormir. Y sabes que él mecería tu cabello de serpientes y tú incubarías sus huevos para formar una familia de reptiles.

Me dices que te gustaría observar la estrella que guiará vuestro camino con una lupa y contar con un telescopio para examinar las escamas de su piel aceitunada. Te gustaría hibernar a su lado los inviernos. Te gustaría beber de los charcos y poder emigrar como las aves para abandonar el laberinto juntos.

Te escucho hablar sin parar y me froto la frente con amargura. La última vez que nos vimos la piscina estaba vacía, las serpientes se escondían bajo los escombros de tu mirada y como ahora, seseaban y mudaban su piel enferma al ritmo de tus palabras sin sentido. La última vez que te ví, fue en la sala de visitas de aquella clínica gris, tú peinada de forma distinta y sin rastro de maquillaje, yo aterrado, aferrándome con desesperación a la silla se plástico y al recuerdo imborrable de la tiritona de aquel primer beso que me cambió la vida para siempre.

El saldo se acaba antes que las palabras pero yo me quedo un rato de pie, paralizado, con la mirada perdida, en silencio, pegado al teléfono, como quien observa el resultado en la ecografía de una relación muerta.

Iván Sáinz-Pardo
"En la avioneta sobró un sitio" ©2013





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