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INVASIÓN

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La conjura siempre sonríe, seduce, invita. Se bambolea en destellos atractivos, flirtea con labios abiertos y ojos cerrados, con manos abiertas y botas de cuero.
No son ciudadanos, no son personas, son manada, una camada de malnacidos, de almas deformes, con rostros de conejo, extremidades reptiles y sonrisas petrificadas.

Llegaron guiados por el sol, nos visitaron por azar, ni siquiera existió nunca un plan para la invasión. Entraron por la puerta dimensional, se asomaron en un despiste en el espacio-tiempo, miraron con hastío por la mirilla a través del agujero de gusano. Allí estábamos nosotros, sujetos a un susurro cósmico, a universos mentales inexistentes, aletargados en la ignorancia de creer en la gran mentira de la humanidad, en la estupidez de creer que, la bombilla contra la que chocamos como polillas tristes, era una estrella dueña de todo un sistema solar. Allí estábamos inventando palabras, sueños, contenidos, jugando con cartas amañadas, creyendo saberlo todo sobre la nada.

Inventamos coronas, mitos, dioses y credos. Construíamos civilización a base de escupirnos en la cara una y otra vez adorando al viento, hipotecándonos al sonido de las trompetas del apocalípsis y para todo ello construíamos escaleras al cielo, enormes cristaleras de colores, escribíamos fábulas alrededor del fuego en el que quemábamos y destruíamos todos lo que nos acercaba a la verdad. 

Y ellos llegaron sin avisar, aunque no hubiera importado lo contrario pues ya eramos presa de la confusión mucho antes de aquel día. Y no hubiera importado si hubiese sido una noche, un minuto, un segundo o una fracción casi invisible. La conjura nos observó haciendo equilibrios confiados en una red inexistente, esperando ver que pasaba, no nos preguntaron, al fin y al cabo solo eramos una fugaz plaga, un experimento fallido, mala hierba, un manchón, una neblina espontánea en la claridad eterna.

Iván Sáinz-Pardo© 2014

"En la avioneta sobró un sitio" Iván Sáinz-Pardo
Estreno verano 2014 en Amazon

12/03/2014 01:27. Ivan Enlazarme. EN LA AVIONETA SOBRÓ UN SITIO No hay comentarios. Comentar.

LA ISLA

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Con el ojo derecho solo sabía mirar de reojo y había perdido el izquierdo en una guerra no declarada contra sus propios fantasmas. 
A veces aún soñaba con aquella isla salvaje, con aquella jungla hostil donde siempre creyó que acabarían sus días. Y es que aquellos días resultaban interminables, orbitando peligrosamente a su alrededor, disimulando el agotamiento y protagonizando la pose de una vigilancia a ratos inexistente, pues las noches allí nunca servían para dormir. 

En aquella isla su destino era una bandera al viento con una calavera y dos huesos, impredecible, siempre dispuesto para el abordaje de cada una de sus esperanzas por despertar de aquella pesadilla. 
Ahora, de nuevo en su casa, cada vez que despertaba, se levantaba bañado en sudor frío, le gritaba a la oscuridad del cuarto, lloraba impotente, agarrado a las sabanas empapadas.
En el pasillo creía escuchar los rugidos de alguna bestia, el miedo de ojos brillantes sobrevolando el techo de su apartamento. Y entonces las paredes desaparecían, la cama, los muebles y regresaban los sonidos que nunca le abandonarían y la luz plateada de la luna. 

Le daba miedo hablar solo, se había prometido no volver nunca más a hacerlo, temía escucharse dentro de su mente. Se rehuía, evitaba los espejos, luchaba por acatar la convivencia sin la bipolaridad acostumbrada tras tantos años de soledad absoluta. Intentaba sobrellevar un día a día sin compromisos, sin comentarios personales, solo mirando hacia delante con el rabillo del ojo derecho para abrir puertas sin preguntar y cruzar las autopistas de su regreso a la sociedad a ciegas, sin atreverse a mirar a los lados.

Un grito desgarrador le devuelve a su cama. Como un autómata se viste la primera ropa de abrigo que encuentra, aún con el pelo mojado por el sudor y ese gusto salado en los labios recordándole al mar embravecido. Cierra la puerta del apartamento de un portazo.

Llueve en la calle, el viento arroja las gotas sobre su cara, le saluda una tormenta de fin de verano que se le ofrece salvadora como un bautismo, que le espabila lo necesario como para verse capaz de encarrilar la avenida desierta. Los coches aparcados, los comercios cerrados, un par de taxis en busca de clientes y un gato que corre para refugiarse debajo de una camioneta de helados aparcada junto a un supermercado sin luces. 
Camina pisando charcos hasta desembocar en el parque central. Allí llega a su banco de madera y respira hondo. Bajo una lluvia que poco a poco amaina, ignorando el frío y casi a oscuras, decide como cada una de las veces, esperar allí sentado, pacientemente, a la primera luz del nuevo día. 

Una paz le inunda sedando su respiración. Una neblina gravita sin atreverse a tocar las aguas del lago. Al otro lado, bajo la luz anaranjada de una farola bailotean los murciélagos. 

Pasan los minutos. Sus párpados pesan como lápidas de mármol, sus ojos palpitan sin poder evitar el agotamiento. Se sacude en un no, da un resoplido. Es entonces cuando se percata del sonido de los grillos. ¿Estaban allí antes? Presta atención y ahora escucha el aleteo de un pájaro de gran tamaño sobre su cabeza. Una sombra se posa delante del banco. Se frota los ojos. Un pelícano se aproxima un par de pasos y lo observa curioso. 
Al incorporarse sorprendido, advierte como otro ave se posa junto al pelícano, es un pájaro tropical de pico rojo y una larga cola blanca. Se escucha a continuación un ruido sordo, una nube de aleteos y chasquidos sobrevolando su cabeza. Su respiración se acelera, su pecho parece menguar, le flaquean las rodillas a la vez que puede ver con estupor como docenas de piqueros, gaviotas de lava y petreles comienzan a posarse rodeándolo. El sol asoma en el horizonte, los reflejos sobre el agua se le clavan como flechas atravesándole el cerebro y las aves comienzan todas a cantar al unísono. El pequeño lago en frente suyo se transforma en un inmenso mar enfurecido y el sol termina de salir tras el horizonte para cegarle. Retrocede dos pasos. El banco ha desaparecido también. El aire a su alrededor se vuelve espeso y le resulta irrespirable, todo se oscurece de un golpe y desfallece. El suelo, al contacto con su cuerpo, cruje para terminar cediendo en una caída infinita. Silencio.

Al volver a abrir el ojo derecho descubre una iguana mirándole fijamente. Escucha el sonido del mar de fondo, observa la vegetación espesa, siente el calor húmedo insoportable. La iguana marcha, pero él permanece inmóvil sobre el suelo junto a un árbol centenario, llorando en silencio, acurrucado como un niño, exactamente como lo hace cada mañana, como ocurrirá todas y cada una de las mañanas que lo verán despertar en esa condenada isla.

Iván Sáinz-Pardo

"En la avioneta sobró un sitio" Iván Sáinz-Pardo©
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24/03/2014 01:03. Ivan Enlazarme. EN LA AVIONETA SOBRÓ UN SITIO No hay comentarios. Comentar.

COMO SI TODO

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No se paró a esperar a que se abriera la tarde. Ni siquiera se molestó en buscar el paraguas, sin embargo, abandonó aquel oscuro apartamento cargando con una pala de la mano. Salió disparado por la puerta, sin cerrarla a su paso, como un dardo en busca de su diana. No se sentía certero, pero en esa ocasión bien se conformaba con agujerear cualquier cosa que se pusiera a tiro.

Sin inmutarse observó fugazmente una cigüeña atravesar boca abajo aquel cielo nublado. Siguió andando como si nada y como si todo, que era una forma de levitar sobre los acontecimientos y observar su vida desde lejos.

En el parque se fijó en unos caballos bebiendo tranquilamente de una fuente. Hacían cola pacientemente y desfilaban dando saltitos como en una exhibición equina sin público. Ignoró tan singular espectáculo y comenzó a cavar junto a un árbol. Lanzaba la tierra a un lado, incansable, formando un montículo cada vez más alto.

Sintió el sudor calando su camisa. El corazón trotando al galope. Pensó en su madre muerta y se la imaginó con vida, después de todos estos años se la encontraba como si nada por la calle. Era una vagabunda demente que ni le reconocía. Se imaginó paseando con ella, en silencio, hasta que una explosión lo devolvió de un manotazo al parque. Tras aquel estruendo inaudito llegó un temblor que agitó todos los arboles de un golpe y que, por muy poco, no le hizo caer dentro del agujero que estaba cavando. En el horizonte, en completo silencio, un gigantesco hongo nuclear comenzó a alzarse, majestuoso y aterrador. Una brisa leve hizo murmurar las hojas. A varias manzanas despertaron distintas sirenas de alarmas de coches pero Andres, como si nada y como si todo, ajeno al resplandor y al bailoteo de las nubes en el cielo desangrándose a sus espaldas, volvió a agarrarse a la pala para continuar cavando.

Su madre continuaba muerta, el paseo con ella en su imaginación no regresó y pasaron los minutos al ritmo del sonido de la pala clavándose en la tierra.

Un niño vestido con pantalones cortos y camisa blanca de mangas cortas se le acercó por detrás, como aparecido de la nada. Le observó allí sin decir palabra alguna durante unos segundos mientras Andrés jadeaba con cada palada. El niño exclamó entonces:

 -Esto no es un sueño.

Pero Andrés no se giró, no respondió, no dejó de cavar, como si nada, como si todo y para cuando terminó de hacer aquel agujero enorme, el niño ya no estaba allí, tan solo había un poderoso rugido, grave y creciente acompañando aquella lengua de fuego que se aproximaba en el horizonte arrasándolo todo a su paso.

Andrés se quitó los zapatos despacio y los dejó con cuidado al lado de la tumba. Se introdujo dentro y se estiro boca arriba. Cerró los ojos, respiró hondo y sonrió, como si nada, como si todo, sintiéndose, por primera vez en toda su vida, en el centro mismo de la diana.

Iván Sáinz-Pardo

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31/03/2014 19:15. Ivan Enlazarme. EN LA AVIONETA SOBRÓ UN SITIO No hay comentarios. Comentar.




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